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Las situaciones de riesgo más frecuentes

Las caídas desde los cambiadores son muy peligrosas. No nos descuidemos ni un segundo; podría hacer un movimiento inesperado y caerse.
Al igual que el cambiador, la sillita también debe tener una estructura estable y ofrecernos total garantía. Si es plegable, comprobemos que el sistema de bloqueo que impide que se cierre de improviso sigue siendo eficaz. Cada vez que el chico se siente a la mesa, no olvidemos ajusfarle el cinturón de seguridad y la correa entre las piernas para que no se deslice por debajo.

A medida que se va haciendo más grande, hay que colocar el somier y los laterales de la cuna en posiciones más bajas.
Existen dos reglas fundamentales para evitar accidentes en el hogar: estar pendientes de nuestro hijo sin descuidarnos ni un instante y educar con el ejemplo. Si atravesamos una calle corriendo sin apenas reparar en el semáforo, no nos extrañemos después de que no distinga entre cruzar rapidito la calle, cuando el muñequito está en verde, y corretear alegremente.
A veces automatizamos tanto nuestra conducta que no somos conscientes de que vamos con un chico al lado. Pensemos en su seguridad futura. Nada de decirle: “Siempre hay que esperar que esté en verde, pero como vienes conmigo y tenemos mucho apuro…”. Nuestro hijo debe ver que por sistema usamos los pasos de peatones, esperamos la luz verde y esperamos después unos segundos para cerciorarnos de que los autos se detienen. La mejor forma de enseñarles educación vial desde chiquititos no es decirles lo que debemos hacer, sino hacerlo. Así asumirán las normas de tránsito en forma natural, con respuestas espontáneas.

Si el chico va por la calle de nuestra mano, llevémoslo siempre por el lado interno de la vereda. En una ruta, circulemos por la izquierda.
En la plaza tampoco podemos bajar la guardia. Hay que elegir una limpia, con estructuras de juego seguras y adecuadas a su edad, aunque nos quede un poco más lejos de casa. Vigilemos que la arena o el césped no alojen cristales, jeringas o cualquier objeto punzante. Apartémoslo de arbustos con pinchos, ya que en caso de caída puede dañarse.
¿Y si después de todas estas recomendaciones se da un coscorrón o un porrazo? Cuando venga llorando a nosotros, siempre hay que escucharlo y consolarlo. No conviene decir: “Eso no es nada”; no sólo no conseguiremos que cesen sus lamentos, también se sentirá incomprendi-do por papá o mamá, las personas que más quiere. Lo mejor es tomarlo en nuestro regazo, preguntarle dónde le duele y, algo imprescindible, asegurarle que se le va a pasar enseguida. Nada como el Sana, sana, colita de rana… Este tipo de rimas y nuestra comprensión y afecto son la mejor terapia.