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Limites para niños

Cuando hablamos de límites, también tenemos que hablar de obediencia. Por mucho que nos esforcemos en prohibir lo menos posible y ofrecer alternativas a nuestro hijo, quedan muchas ocasiones en que tiene que hacer (o dejar de hacer) lo que decimos, sencillamente porque sabemos mejor lo que le conviene o dónde le amenaza un peligro. No me gusta nada la palabra obediencia: me despierta asociaciones de esclavos, de seres aniquilados que obedecen ciegamente a voluntades ajenas. Quizá esta alergia estriba en la Historia de las guerras, en las que se cometieron los crímenes más atroces, todo en nombre de la obediencia. Más tarde nadie quería asumir responsabilidades, todos sólo habían «obedecido órdenes». Por esta razón, en la educación de los niños prefiero la expresión «hacer caso» que, aunque el matiz sea mínimo, implica más un estar de acuerdo, un confluir de ambas voluntades.

Limites para nuestros hijos

Además, hay una gran diferencia entre ser autoritario y ser una autoridad. A una persona que es una autoridad se le respeta por su sabiduría o sus méritos. Pero si a mí me merece mucho respeto y admiración, pongamos por caso, Severo Ochoa, por sus conocimientos y calidad humana, esto no implica que le tenga miedo ni que él pueda mandar en mi vida. A una persona autoritaria, sin embargo, le tengo miedo o me es muy molesta, según el poder que ejerza sobre mí.
Para el niño pequeño, los padres son una autoridad: saben más que él, conocen todo lo que él desconoce y le sirven de ejemplo.
Sería un abuso tremendo aprovechar esta «superioridad» (que por lo demás es sólo pasajera) para mandar totalmente sobre él o de inspirarle miedo con un comportamiento autoritario. En todo lo que sea posible, le dejamos obrar según su propia voluntad, aún si sabemos de antemano que se va a equivocar. Ya conocemos eso de «sólo se aprende de los propios errores, nunca de los ajenos». ¡Pero sin olvidar el sentido común! No vamos a dejar que nuestro hijo se queme para que aprenda que el fuego es caliente. Tampoco le dejamos correr libremente por una calle muy transitada para enseñarle que los coches pueden pillarle a uno. Pero si quiere ponerse algo que. según nuestro gusto, combina mal o no es lo adecuado para cierta ocasión, lo más que podemos hacer es comunicarle nuestra opinión: «En el cumpleaños de Pepito todos los niños van a ponerse guapos; creo que es mejor que te quites el niky viejo y te pongas una camisa». Pero si el niño insiste en el niky, no tenemos derecho a obligarle que se ponga la camisa.