¿Cómo podemos conseguir que la voluntad de nuestro hijo confluya con la nuestra? En parte, a través de explicaciones razonables. Ningún niño es demasiado pequeño para explicarle el porqué de una orden, una prohibición o simplemente una medida o costumbre. La psicoanalista francesa Francoise Dolto * no se cansa de repetir que a los niños hay que hablarles desde pequeños, desde el mismo momento en que nacen. «En el inconsciente, el ser humano lo sabe todo desde pequeño… Puedo asegurarles que hay niños que recuerdan las primeras cosas que se dijeron alrededor de ellos. Un niño es como una cinta magnetofónica que registra todo y uno puede dirigirse a él desde el momento de su nacimiento…».
Un niño de dos o tres años ya comprende la mayoría de las cosas de forma consciente. Y si no entiende todas las palabras, siempre entenderá el tono y la intención. Hay mucha diferencia entre una explicación amable y un rudo «hazlo porque yo te lo digo».
Pero las explicaciones no han de ser sólo amables, sino también razonables. La educadora Elisabeth Plattner en su ya mencionado libro cuenta el siguiente ejemplo: «Una madre estaba jugando con su hija en la playa. La niña tendría unos tres años. En algún momento, la madre quería ir a nadar en la parte más honda. Antes de marcharse le dijo a su hija: “Juega con la arena. No te vayas al agua, si no. te muerde el pez”. Después daba unos pasos hacia el agua, pero la niña le seguía. “Quédate aquí, que te va a morder el pez”.
“¿Y a ti no te muerde?” fue la respuesta lógica de la pequeña. El tira y afloja duró unos diez minutos, hasta que la madre pidió a otra señora que le cuidara a la niña mientras ella iba a nadar».
Los hijos de la autora, en cambio, se quedaban en la orilla sin problema. La confianza en la madre y sus explicaciones razonables les protegían tanto como los cuidados de otra persona.


