Cuando hablamos de límites, también tenemos que hablar de obediencia. Por mucho que nos esforcemos en prohibir lo menos posible y ofrecer alternativas a nuestro hijo, quedan muchas ocasiones en que tiene que hacer (o dejar de hacer) lo que decimos, sencillamente porque sabemos mejor lo que le conviene o dónde le amenaza un peligro. No me gusta nada la palabra obediencia: me despierta asociaciones de esclavos, de seres aniquilados que obedecen ciegamente a voluntades ajenas. Quizá esta alergia estriba en la Historia de las guerras, en las que se cometieron los crímenes más atroces, todo en nombre de la obediencia. Más tarde nadie quería asumir responsabilidades, todos sólo habían «obedecido órdenes». Por esta razón, en la educación de los niños prefiero la expresión «hacer caso» que, aunque el matiz sea mínimo, implica más un estar de acuerdo, un confluir de ambas voluntades.
