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Castigos para niños

Sin embargo, aún siguen estando muy en boga castigos como «quedarse sin televisión», «quedarse sin postre», «no salir con los amigos», «ahora te vas a la cama» o «vete porque ya no te quiero». Todos estos castigos salen de la superioridad física o psíquica de los padres. Sería imposible que los impusiera un igual a otro igual. Pero, además de ser autoritarios, su eficacia es más que dudosa. Efectivamente, aplicándolos consecuentemente siempre en la misma situación, se podría lograr que el niño dejase determinada conducta. ¡Pero a qué precio! En primer lugar, no refuerzan precisamente los sentimientos cariñosos de los chicos hacia sus padres. Y además: si un programa televisivo de por sí es malo para el niño, no dejárselo ver no sería un castigo sino una medida de protección. Si es bueno para él, el prohibírselo le dejaría sin un entretenimiento positivo o una enseñanza útil. La prohibición de jugar con los amigos puede hacer que prescinda de pisar los charcos y ensuciarse, pero hasta que el «reflejo condicionado» empiece a funcionar, se habrá quedado tantas veces sin jugar con sus amigos que al final se queda sin ninguno y se convierte en un solitario. El quedarse sin postre o ser recompensado con un dulce da una importancia desmesurada a las golosinas, hasta tal punto que, de adulto, el individuo podría llegar a encontrar en ellas su principal consuelo ante las adversidades de la vida, con todos los problemas psíquicos y de obesidad que esto llevaría consigo.
Pero también existen «castigos» contra los que no hay nada que objetar, porque en realidad no lo son. Me refiero a las consecuencias naturales que tienen determinados actos y a los que también los adultos estamos sometidos. Si el niño no quiere comer, pues que no coma, pero naturalmente no habrá golosinas ni ningún otro «extra» hasta la comida siguiente. Si llega tarde a la mesa, tomará la comida fría o terminará el plato solo, cuando los demás yñ se han levantado. Si se empeña en salir sin anorak, aun después de haberle prevenido de que seguramente va a llover, se mojará, igual que un adulto que ha olvidado su paraguas. No son los padres sino la vida misma la que imparte estos castigos. Naturalmente hay que tomar en cuenta la edad del chico. Un niño de dos años no prevé las consecuencias de sus actos igual que otro de cinco. Tampoco se debe llevar la filosofía de los castigos naturales tan lejos como para dejar a un niño remolón siempre sin comer, o como para permitir a un pequeño fanático de su independencia personal que salga desnudo a la nieve. De todas formas, en un niño cuyas relaciones afectivas con los padres no están trastornadas, estos extremos no ocurren. Para ello es demasiado fuerte su instinto de supervivencia. Ya comerá cuando tenga hambre y ya vendrá a cobijarse cuando tenga frío o esté mojado. Sólo a un niño perturbado en su afecto hacia los padres se le podría ocurrir salir desnudo al frío, para «castigar» a los padres («Ya verán si cojo una pulmonía y me muero. Entonces se arrepentirán de todo lo que me han hecho»). Pero estos son casos especiales, fuertes señales de alarma que en cualquier caso necesitan ser tratados por un profesional.