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Compartir con la familia

Son apenas dos semanas, nada más. Sin embargo, en octubre, el ritmo habitual de la casa se altera por completo. No a las madrugones y a la modorra matinal. No a los deberes a último momento. No a la leche a las corridas porque viene el micro… Un montón de noes nos dicen sí en estos días. Los chicos están de vacaciones.
El tiempo parece estirarse y resulta raro verlos ir de acá para allá en la casa, o planear con ellos una salida especial durante la semana. Si hasta las mañanas y las tardes adquieren otra tonalidad… Es como si, a esta altura, al año le hicieran una marquita para dividirlo en dos y le colocaran el cartel de STOP. Por eso, aunque sigamos trabajando, también hay algo que se modifica en nuestra rutina (a veces para hacerla más intensa). Este recreo de invierno nos da la posibilidad de acercamos más a nuestros hijos, de observarlos sin apuro y constatar ciertos cambios. Es un paréntesis sin cuadernos ni libros de lectura que resulta ideal para compartir con ellos ratos más largos. Para detenemos un poco y ver cómo les creció el pelo o qué estirón dieron en los últimos meses. Para escucharlos con atención y comprobar que ya tienen opinión formada sobre algunos temas. Para descubrir los gestos que estrenaron no hace mucho o las expresiones de moda que incorporaron a su vocabulario sin que nos diéramos cuenta. Para reconocer que, poco a poco, van conquistando su autonomía y empiezan a ensayar su propio vuelo-Aprovechemos estos días para damos el gusto de verlos crecer. Vale la pena.

Criar un hijo

Lo más difícil es saber escuchar. También entre los adultos es un arte que no todos dominan. Mi madre, que ahora tiene 77 años, toda la vida ha sido una maravillosa «escuchadora». Familiares, amigos, vecinos, los clientes de su pequeña mercería y hasta extraños le contaban sus problemas, aunque la mayoría de las veces ella no decía mucho más que «ah sí», «ya comprendo», «¿de verdad?» o «mmm».
Thomas Cordón llama estas sencillas muestras de atención «abrepuertas». Dan al que habla la sensación de que se está atento a sus palabras, de que se encuentra interesante lo que dice, de que se le toma en serio. Con ellas, ni se expresan juicios ni se dan consejos.
Cuando nuestros hijos nos cuentan algo, por lo general solemos ser demasiado rápidos con nuestras respuestas. Criticamos, mandamos, regañamos, consolamos, explicamos, interpretamos, pero no les damos la oportunidad de decir todo lo que quieren contarnos. Nuestra impaciencia no nos permite captar el mensaje que hay detrás de sus palabras. Gordon, a pesar de referirse en su libro a niños más mayores, cita el siguiente ejemplo de un niño de cinco años:
«Juan: Tomás no quiere jugar conmigo. Siempre quiere hacer otra cosa que yo.
Madre: ¿Por qué no haces tú lo que dice él? Los niños no deben regañar (aconsejar, moralizar). Juan: No quiero jugar a sus juegos aburridos. Y además, es tonto.
Madre: Entonces vete a jugar con otros niños si no sabes hacerlo con tus amigos (mandar, criticar).
Juan: El que no sabe jugar es ese tonto, no yo.
Madre: Tienes mal humor porque estás cansado. Mañana ya jugarás otra vez (interpretar, tranquilizar).
Juan: No estoy cansado y no quiero jugar mañana. Tomás es un imbécil.
Madre: Bueno, ya está bien. Si te oigo hablar otra vez así de tus amigos… (mandar, regañar).
Juan, alejándose enfadado: Bah, no quiero hablar más contigo».
Si esta madre hubiera conocido el secreto de los «abre-puertas», habría sabido escuchar mejor el mensaje de su hijo, ayudándode a encontrar una solución.