El huevo de Colón lo encontré en un libro de la ya mencionada educadora Elisabeth Dessai, quien a su vez se inspiró en las enseñanzas de una madre campesina. Relata su encuentro así: Su hijita, de un año, andaba por la casa sin bragas ni pañales, poniendo su montoncito de caca en el suelo sin alfrombrar. Tranquilamente, la madre cogió un trozo de papel, lo quitó y pasó una bayeta por el lugar en cuestión. Acostumbrada a la mística de la limpieza me llevé un pequeño shock y le pregunté si no enseñaba a sus hijos a usar el orinal. “Pues sí contestó la mujer pero no tan aprisa”. Me señaló el orinal que estaba en un rincón de la habitación: “Hay que esperar a que los niños quieran usarlo. ¿Para qué enseñarles a los doce meses algo que a los veinte lo hacen por sí solos? ¿No comprende? A mí no me gusta ponerme nerviosa sin motivo”. El comentario de la autora: Esta señora no había leído nunca un libro sobre psicología infantil. Simplemente se había formulado la pregunta “¿Por qué…?”. Esta pregunta no sólo denota inteligencia sino también una enorme creatividad. La mujer no conocía la palabra creatividad. Decía usar sencillamente su sentido común. El hecho de que para ella no era “común” el sentido convencional sino el sentido crítico, ya era en sí altamente creativo».
