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Castigos para niños desobedientes

En los castigos «naturales» también pueden incluirse las muestras de enfado por parte de los padres. No es lo mismo mandar a un niño, desde nuestra altura de omnipotentes autoridades, a su cuarto porque «ya no queremos verle» que ponerle mala cara porque nos está fastidiando o decirle que nos molesta el que coja siempre nuestros bolígrafos. ¿No haríamos lo mismo con un amigo o con nuestro compañero? Hasta un ocasional cachete puede darse de forma amistosa y no autoritaria, como muestra el ejemplo del totalmente antiautoritario A. S. Neill, quien en una ocasión que él mismo relata corrió tras unos chavales para zarandearlos cuando éstos habían bombardeado su sombrero con unas durísimas bolas de nieve. Hizo exactamente lo mismo que hubiera hecho un chico de la misma edad de sus atacantes. No obró desde su altura de educador sino como un igual.
También los premios pueden emanar tanto de una posición de autoridad como de otra de amistad. Los premios autoritarios siempre están acoplados a una condición: si haces esto, te daré lo otro. Dinero para la hucha, un regalo, una salida especial, un caramelo… Uno de los peligros que encierran los premios y recompensas es que con el tiempo los niños ya no quieran hacer nada sin ellos, y la inicial promesa de «si haces esto, te compro…» se convierta en el chantaje de «¿si hago esto, me compras…?».
También pueden ser injustos, sobre todo si hay varios hermanos. Cada uno tiene sus virtudes y defectos, pero para los padres, una virtud puede ser más útil que otra, o un defecto menos molesto que otro. Pongamos que quieren reforzar con premios el sentido del orden en sus hijos. Quien recoge todas las tardes sus juguetes recibirá un duro para la hucha. Sería una medida totalmente injusta si uno de sus hijos fuese un pequeño metódico a quien le guste ver todos sus coches puestos en fila, mientras que la virtud del otro consistiese en dibujar maravillosos paisajes. Al primero le costaría muy poco esfuerzo ser ordenado, y su hucha se llenaría rápidamente. El saber dibujar, en cambio, no proporciona ningún beneficio inmediato a los padres, con lo que el segundo hijo se quedaría siempre corto. Siendo una característica tan buena como la otra, una sería premiada y la otra no.
Por otra parte, utilizar los premios como refuerzo para fijar determinada conducta o fomentar determinado aprendizaje constituye un sistema que a menudo no llega al quid de la -cuestión.