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¿Y si ya hubiera ocurrido algo?

La prevención es vital, pero una protección absoluta contra los abusos sexuales no existe. Frente a un adulto o un adolescente, el menor se encuentra siempre en inferioridad de condiciones. Por ello debe quedar muy claro que la niña o el niño nunca tienen la culpa de nada.
Dado que los agresores sexuales obligan a sus víctimas a guardar silencio, es sumamente importante que nuestros hijos sepan distinguir entre buenos y malos secretos. Un buen secreto sería, por ejemplo, un regalo primorosamente envuelto que se guarda para el cumpleaños del abuelo. Tiene suspenso, da alegría y, tarde o temprano, se revela su contenido. Los malos secretos pesan como una losa, dan miedo y producen vergüenza. Sólo contárselo a alguien procura alivio. El pequeño o la pequeña deben saber que esto no significa traicionar, y que tampoco va a tener las terribles consecuencias anunciadas.
En la mayoría de los casos, la persona de más confianza será la madre, aunque algunos menores pueden preferir hablar con un profesor o con una profesora.

Deben ser dueños de su propio cuerpo

Los adultos somos a menudo tremendamente invasores, aunque con la mejor de las intenciones. Nos abalanzamos sobre los niños para besarlos y apapacharlos sin asegurarnos antes de si nuestras manifestaciones de cariño son bien recibidas o no. Y si el pequeño da muestras de que no lo son, muchos adultos se sienten ofendidos. Pero si al niño en este momento no se le antojan los besuqueos, tiene todo el derecho del mundo a rechazarlos. Los adultos que no respetan su protesta le transmiten la sensación de que su cuerpo es un bien común que todo el mundo puede tocar. Por lo tanto, desde muy pequeño, los padres deben apoyar a su hijo frente a los abuelos, tíos o vecinos demasiado efusivos: «Es que hoy no desea los besitos».