A menudo, para que se olvide del chupete o deje finalmente de chuparse el dedo, es necesario el esfuerzo de toda la familia. Un pequeño acostumbrado a dormirse con el chupete en la boca prescindirá más fácilmente de él si sus padres le dedican unos minutos para acunarlo y ayudarlo a conciliar el sueño. Y el niño que durante el día succiona su pulgar con avidez, interrumpirá feliz esa actividad si su hermano mayor se ofrece a jugar con él.
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Lo ideal sería esperar a que él mismo tomara la iniciativa de abandonar el hábito. Sin embargo, a veces éste se prolonga tanto, con el consiguiente riesgo para sus dientes, que hace aconsejable la intervención de los padres. que papá y mamá se limiten a animarlo y proponerle juegos para lograrlo, y se abstengan de presionarlo u obligarlo a hacerlo. Entre otras cosas porque para que el proceso de deshabituación funcione de verdad, es imprescindible que el pequeño coopere en forma voluntaria. Por este motivo, no suelen surtir efecto los métodos tajantes y extremos, como tirar repentinamente a la basura todos sus chupetes o ponerle guantes durante la noche. Los bebes siempre encuentran la forma de seguir chupando, o bien, para suplir esa necesidad, desarrollan otros hábitos, como comerse las uñas y, en el peor de los casos, pueden tener reacciones inesperadas; por ejemplo, volver a hacerse pis en la cama.
Para los odontólogos, el uso del chupete es sólo un mal menor, comparado con la costumbre de chuparse el pulgar. En primer lugar, porque el dedo es mucho más duro que una tetina, de manera que la presión ejercida sobre el paladar y los dientes suele ser mucho mayor (si bien todo depende de cómo y cuánto chupetee el chico). Además, este hábito es más difícil de modificar y suele prolongarse durante más tiempo. Y esto por razones obvias: mientras que el chupete desaparece tarde o temprano, el dedo acompaña al pequeño de por vida y está siempre “a mano”.
Dentadura del niño: en cualquier caso, es importante que los mayores de dos años que aún sigan chupeteando acudan al odontólogo para que éste examine su dentadura y determine si su evolución es la correcta. Así es posible detectar a tiempo cualquier defecto incipiente. En estas visitas de control, el especialista suele dar a los padres normas de carácter preventivo, así como consejos para deshabituarlo.
Chuparse el dedo: para evitarlo, se recomienda que los chicos dejen de chupar cuanto antes, de ser posible entre los 18 meses y los dos años, antes de que se complete la primera dentición y, por lo tanto, cuando aumenta el riesgo de que se deformen los dientes. No obstante, si todavía continúan con esa costumbre algún tiempo, no hay que alarmarse. En caso de producirse alguna anomalía, suele corregirse en forma espontánea, siempre que abandonen el hábito antes de los tres años. Por el contrario, si éste persiste, pueden necesitar tratamiento de ortodoncia.
La salud dental del pequeño es otra buena razón para no pasar por alto una afición desmesurada al chupete o al pulgar. Según los especialistas, cuando el hábito de chupar se prolonga, la dentadura puede verse seriamente afectada, produciéndose un desplazamiento del maxilar superior hacia adelante y lo que se conoce como mordida abierta, esto es, al cerrar la boca, queda un espacio vacío entre los incisivos superiores e inferiores, que no llegan a juntarse. Y esto no sólo supone un problema estético sino que. además, puede repercutir de forma negativa en la masticación y también en la pronunciación.
Las estadísticas también sugieren que fumar está asociado con niveles pobres de higiene bucal y, en consecuencia, los fumadores tienen mayor acumulación de placa y cálculo dental, lo que favorece el desarrollo de esta enfermedad. Por otra parte, el hábito de fumar incrementa la secreción salival, lo que determina un aumento de concentración de calcio en la saliva. Si esto ocurre, se genera un potencial de mineralización. Por eso, los grandes fumadores presentan un alto índice de cálculos (piedras) en la boca.
Si bien se sabe que el cigarrillo contribuye a la iniciación y progresión de la enfermedad periodontal, los mecanismos por los que produce esta acción no son bien conocidos. La nicotina, el componente más activo del cigarrillo, se absorbe rápidamente en el torrente sanguíneo y lentamente en la mucosa oral. La nicotina tiene doble efecto sobre los tejidos periodontales. La primera acción es dilatar la luz de los vasos sanguíneos de la mucosa oral. La segunda, contraria a la anterior, disminuye marcadamente la luz de esos vasos. La vasoconstricción generada por la nicotina enmascara las primeras manifestaciones de la enfermedad ya que, al disminuir la inflamación gingival, inhibe el sangrado y la tumefacción y coloración de la encía enferma.
La enfermedad periodontal (paradentosis o piorrea) ataca a los tejidos de sostén del diente. A medida que la afección avanza, éste adquiere mayor movilidad dentro de su lecho óseo hasta que la lesión se hace envolvente y lo expulsa de su lugar en la boca. Los primeros trabajos que relacionaron el cigarrillo con la enfermedad periodontal se remontan a 1859, y los estudios epidemiológicos de varias partes del mundo señalan que entre un 7 a un 15 por ciento de la población adulta presenta destrucción periodontal severa. La mayoría de los afectados son fumadores. Asimismo, se publicó que los adultos jóvenes de entre 19 y 30 años (fumadores) son 3,9 por ciento más propensos a tener periodontitis que los jóvenes de igual edad que no fuman.
Conducta del niño: es cierto que a veces el comportamiento de un chico que regresa a conductas anteriores (y no digamos si hay otro hermanito que atender y poco tiempo disponible) puede poner nuestra paciencia a prueba. Evitemos perder los estribos. En esos casos, repartir la carga con el cónyuge u otras personas puede ser de mucha ayuda. A veces, además, los pequeños reservan sus regresiones para con una persona en concreto. Y, en lo posible, no le digamos aquello de “ya eres grandecito para hacer estas tonterías”. Nuestro estímulo y nuestra comprensión funcionarán mucho mejor. Poco a poco nuestro hijo se dará cuenta de que puede captar nuestra atención y nuestro afecto sin necesidad de volver a ser un bebé.









