Te digo que en todos los casos fueron buenas experiencias; la última probablemente fue la mejor, porque uno ya sabe lo que tiene que hacer.
Sé que la cesárea tiene mala prensa y las mujeres a’ frustran mucho cuando tienen que ir a una, pero no fue mi caso. Porque yo sabía que si no iba a cesárea -en los tres nacimientos-, corría ciertos riesgos, y no quise arriesgar. Pen-sá que ya había perdido otros embarazos. Pero además esta vez tuve más conciencia de todo lo que pasaba y lo pude disfrutar con total serenidad: vi salir el bebé, vi cuando le cortaron el cordón… Incluso me lo trajeron antes de bañarlo y lo pude amamantar -prácticamente- a la salida del quirófano.
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Por lo tanto, el padre puede y debería ser el elemento estabilizador de esa pequeña familia que acaba de formarse. Si es un poco machista y dice no entender nada de los trabajos de la casa… pues que lo olvide, al menos por una temporada. Si ama a su mujer y quiere ayudarla, seguro que aprenderá a manejar una escoba.
Si para nosotras, las madres, las primeras semanas son un período difícil, para el niño lo son mucho más; por muy mal que nos sintamos, es él quien está en inferioridad de condiciones. Ya se habrá ganado mucho si el padre se toma quince días de vacaciones y se queda en casa. Porque si el bebé está en inferioridad de condiciones frente a la madre, la madre lo está frente al marido. El no ha pasado por el parto, no tiene su sistema hormonal revuelto y tampoco se siente tan confuso en cuanto a sus sentimientos hacia el niño, pues él no ha esperado tanto como ella experimentar ese torrente de amor que a veces tarda en llegar.
Mi primer hijo nació en un noviembre lluvioso, y mientras yo estaba en la clínica había entrado agua por las ventanas, mojando el papel pintado de las paredes debajo de ellas. Cuando ya llevaba unos días en casa me di cuenta de que en estas partes mojadas se había formado un poco de moho. Lloré una tarde entera. ¡Mi hijo recién nacido viviendo en una casa llena de moho! Pero, ¿no funcionaba nada en ese hogar si yo personalmente no me ocupaba de ello? Hasta la siguiente tetada me pasé secando las partes mojadas con el secador de pelo, llorando y llorando, sabiendo al mismo tiempo que eso no era bueno para la leche, lo que me hizo llorar aún más…
No todas las madres sienten desde el principio ese amor exuberante que se habían imaginado que sentirían por su hijo. Después del parto, su producción hormonal está aún trastornada, todo su organismo necesita un tiempo más o menos largo para volver a la normalidad. Esta famosa depresión post-parto puede prolongarse bastante tiempo si las circunstancias exteriores corroboran a ello: si no se tiene una ayuda en casa, si el niño llora más de lo normal, si no todo funciona según lo aprendido en el curso de puericultura. No son tanto los problemas grandes que deprimen a la mujer que acaba de ser madre sino, sobre todo, las pequeñas adversidades. En un momento puede sentirse llena de optimismo y en el siguiente, una cocina sin recoger o una cama deshecha le hacen derrumbarse.
Si este período de adaptación es difícil para los padres, lo es aún mucho más para el bebé. De un medio ambiente ideal ha sido lanzado a un mundo lleno de sensaciones extrañas, de luz y oscuridad, de calor y frío, de cercanía (cuando está en nuestros brazos) y abandono (cuando le dejamos solo en su cuna). Además tiene que respirar por sí mismo, comer por sí mismo, digerir por sí mismo.
Un bebé en casa.
Tener hambre cada tres horas.
De repente tenemos un bebé en casa. Si el embarazo ya ha sido una época llena de cambios, ahora nos damos cuenta de que este nuevo estado transforma nuestra vida aún mucho más. En vez de dos somos tres, y este tercero, a decir verdad, es un extraño por mucho que antes nos hayamos imaginado tenerlo en nuestros brazos. Tenemos que acostumbrarnos a él, tenemos que acondicionar nuestras costumbres a las exigencias de este diminuto intruso que ni siquiera sabe decirnos qué es lo que espera de nosotros.









