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El segundo hijo lo cambia todo

Es cierto que la mayoría de los padres viven la llegada del segundo hijo como una mezcla de gran satisfacción y de pesada carga, pero eso es sólo al principio. En poco tiempo, la familia se reestructura y pasa a ver al pequeño como una bendición.
En nuestra revista no queremos hacer campaña por el aumento de la natalidad (creemos que en el mundo hay suficientes niños en busca de padres), pero quienes han vivido la experiencia coinciden en encontrar aspectos positivos en la llegada de un segundo hijo al hogar. Aunque existen algunos problemillas que resolver…

¿Y si ya hubiera ocurrido algo?

La prevención es vital, pero una protección absoluta contra los abusos sexuales no existe. Frente a un adulto o un adolescente, el menor se encuentra siempre en inferioridad de condiciones. Por ello debe quedar muy claro que la niña o el niño nunca tienen la culpa de nada.
Dado que los agresores sexuales obligan a sus víctimas a guardar silencio, es sumamente importante que nuestros hijos sepan distinguir entre buenos y malos secretos. Un buen secreto sería, por ejemplo, un regalo primorosamente envuelto que se guarda para el cumpleaños del abuelo. Tiene suspenso, da alegría y, tarde o temprano, se revela su contenido. Los malos secretos pesan como una losa, dan miedo y producen vergüenza. Sólo contárselo a alguien procura alivio. El pequeño o la pequeña deben saber que esto no significa traicionar, y que tampoco va a tener las terribles consecuencias anunciadas.
En la mayoría de los casos, la persona de más confianza será la madre, aunque algunos menores pueden preferir hablar con un profesor o con una profesora.

Jugar a los médicos

Ciertamente, la posibilidad de un abuso sexual asusta a los padres, pero esto no debe llevarnos a mirar con desconfianza cualquier manifestación de la sexualidad infantil. Los niños sienten curiosidad tanto sobre la sexualidad de los adultos como acerca de su propio cuerpo. Ni la pregunta de cómo ha entrado el hermanito en la panza de mamá, ni el interés por el cuerpo de un niño del sexo contrario indican que nuestro hijo muestre un interés malsano por la sexualidad ni que sea precoz. Los niños juegan a los médicos para explorar su anatomía y hacen de mamas y papas para imitar la conducta de los adultos. Cuando se tocan sus propios genitales es porque han descubierto que esto produce placer. Y todo ello es normal, siempre que los pequeños sean de la misma edad, no se hagan daño y no fuercen a otro a prestarse a algo que no quiere.

¿Qué entendemos por abuso sexual?

Muchas personas piensan que la agresión sexual implica siempre una violación. Esto no es así. Un abuso sexual se da siempre que un adulto (o un adolescente) utiliza su situación de poder para estimularse o satisfacerse sexualmente con la ayuda de un niño o una niña. Esto significa que el adulto, con el fin de excitarse, persigue al menor con miradas lúbricas, lo toca, le enseña sus órganos genitales, se masturba delante de él o le exige que lo masturbe a él.

También significa abuso sexual obligar (o convencer) al menor para mirar revistas o películas pornográficas o utilizarlo en fotografías o filmaciones de actos pornográficos. Las agresiones de este tipo no son nunca un desliz casual sino que se planifican cuidadosamente. El adulto siempre es consciente de la perversidad de sus actos con los menores y, por lo tanto, es el único responsable.

Deben ser dueños de su propio cuerpo

Los adultos somos a menudo tremendamente invasores, aunque con la mejor de las intenciones. Nos abalanzamos sobre los niños para besarlos y apapacharlos sin asegurarnos antes de si nuestras manifestaciones de cariño son bien recibidas o no. Y si el pequeño da muestras de que no lo son, muchos adultos se sienten ofendidos. Pero si al niño en este momento no se le antojan los besuqueos, tiene todo el derecho del mundo a rechazarlos. Los adultos que no respetan su protesta le transmiten la sensación de que su cuerpo es un bien común que todo el mundo puede tocar. Por lo tanto, desde muy pequeño, los padres deben apoyar a su hijo frente a los abuelos, tíos o vecinos demasiado efusivos: «Es que hoy no desea los besitos».

La mejor defensa, una sana autoestima

La prevención de los abusos sexuales comienza con la transmisión de valores que, aparentemente, no tienen na-da que ver con el tema. Nos referimos a una educación encaminada a convertir a nuestros hijos en seres fuertes, autónomos y con una clara conciencia de su propio valor. La autoestima ha de ser estimulada desde la cuna.

Pocos recurren a la violencia

Habitualmente, los abusadores de menores utilizan estrategias más sutiles que la fuerza bruta, como el engaño o las promesas. Tratan de ganarse la confianza de sus víctimas, juegan con ellas, les ofrecen cosas y se hacen sus amigos, aprovechándose tanto de su ignorancia como de su curiosidad natural. En un principio, la niña o el niño pueden sentirse incluso halagados por la atención que reciben, sobre todo si el abusador es una persona de confianza a quien quieren o admiran.

Un gran papel juega también el factor sorpresa. El menor no espera un comportamiento de este tipo en un adulto, por lo que queda desarmado, incapaz de reaccionar. Una vez consumado el primer contacto sexual, ya resulta fácil hacer callar al pequeño o a la pequeña con todo tipo de amenazas, diciéndoles, por ejemplo, que sus padres no les van a creer, que los castigarán o que, por su culpa, se destruirá la familia. En algunos casos basta con que digan a su víctima: «Si dices algo, ya no te querré».

Alrededor de un 90 por ciento de los agresores sexuales son hombres. A menudo cometen su primer abuso ya en la adolescencia y prácticamente siempre son reincidentes. A pesar de parecer normales, tienen graves problemas emocionales y de socialización. Frecuentemente, son incapaces de seducir a un adulto. Quien tiene que recurrir a un menor para poder vivir su sexualidad necesita sentirse poderoso. Puesto que no se atreve con un igual, se busca a alguien más débil.

Resulta claro que las niñas dulces, tímidas y obedientes son las víctimas ideales para este tipo de delincuentes, mientras que las niñas y los niños con un nivel elevado de confianza en sí mismos son menos propensos a caer en sus garras.

El lugar del papá

En el curso se trabaja también con la pareja. Todos los padres que asisten a los grupos ingresan a sala de partos siempre que quieran. Para que el padre pueda ingresar a la sala de partos, tiene como condición haber concurrido por lo menos a 4 clases del curso de pre-parto y contar con la aprobación de las psi-cólogas.

En este hospital está permitido el ingreso a sala de partos por parte del futuro papá, desde el año 1981, pero siempre se pidió como requisito la asistencia al curso. Las charlas a las que concurren los papas les brindan herramientas para colaborar con la mujer en el trabajo de parto (antes del ingreso al hospital) y en el parto. Allí también les informan acerca del puerperio, la lactancia y la anticoncepción, insistiendo en el compromiso que debe asumir la pareja con relación a esta última.

También pueden acompañar a la mujer durante el trabajo corporal realizado con las kinesiólogas, con lo cual podrán ayudarlas a controlar las contracciones, la respiración, permitiéndoles vi-venciar juntos algo más de la experiencia del embarazo. Solamente es permitido el ingreso del padre -y no de otras personas- a la sala de partos (última etapa del trabajo de parto, que es el nacimiento del bebé), ya que es un momento muy íntimo de la pareja en el que no sólo está presente la maternidad, sino también la sexualidad.

Las enfermedades hereditarias

En cuanto a las enfermedades, las parejas que se anotan para adoptar legalmente son informadas de cualquier tipo de problema detectado en el orden médico así como de posibilidades hereditarias, pero nunca puede preverse todo. Lo mismo sucede con un hijo biológico. Además, a las parejas en trámite de adopción, se les pregunta si están dispuestos o no a recibir un niño con algún tipo de problema orgánico, y su decisión es respetada (esto ocurre en las entrevistas que se llevan a cabo con vistas a su inclusión en la lisia de espera de un niño).

Lo heredado y lo adquirido

Algunos futuros padres adoptivos y aún más sus familiares suelen preocuparse por la herencia, que el niño pudiera traer consigo, en cuanto a la transmisión genética se refiere. Este fenómeno tiene una característica esencial: en él interviene el azar. Nadie puede asegurar cuáles características serán heredadas por un niño aun conociendo a la pareja que lo concibió. Sólo se puede hablar de predisposiciones. Éstas pueden ser, por ejemplo, de temperamento, de habilidades, de características físicas o
de ciertas enfermedades. Todos conocemos familias que tienen hijos biológicos con diferencias notables de temperamento, de aptitudes, o físicas.

Es que a veces se heredan rasgos que sólo se han manifestado en familiares lejanos que ni siquiera se han conocido. Es un error pensar, además, que los factores genéticos heredados todo lo determinan. El ambiente en el que el niño crece, el afecto de su familia, los cuidados recibidos y la educación son, entre muchos otros, importantes factores para que un chico se desarrolle sanamente. Hay aspectos fundamentales para la vida de todo ser humano que no se heredan, como nuestros valores o la forma que tenemos de relacionarnos con los otros; éstos se cimientan en la primera infancia en el constante intercambio con los seres queridos.