Pensemos si nosotros mismos no estamos alimentando la regresión. Hay mamas que están a punto de llorar al dejar a su hijo en la guardería, con lo que le están dificultando la separación. Otros padres hablan a sus hijos en el mismo lenguaje inmaduro de éstos o incluso en un lenguaje que el propio chico ya ha dejado atrás (“¿Nene tere calle? ¡Nene apo!”) y después se extrañan de que el lenguaje del pequeño no progrese. Quizás nos resistimos a que nuestro hijo abandone una edad que nos parecía encantadora o quizás nos duele que crezca porque somos nosotros mismos los que tenemos problemas para “independizarnos” de él. En estos casos, no viene mal hacer examen de conciencia.
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Como bajar la fiebre: conviene recurrir en primer lugar a las medidas físicas: baños, compresas húmedas… Cuando éstas no han sido eficaces, se puede recurrir a los medicamentos. Los paños mojados en agua tibia, aplicados sobre la frente, axilas, cuello e ingles, también son eficaces. El agua debe estar templada (ni fría, ni caliente), como la que se usa para el baño habitual, y no es necesario ir enfriándola. Si el niño tiembla mucho, se la puede calentar un poquito hasta que su organismo se adapte al cambio de temperatura. Si el niño tiene más de 38°, además del baño, es aconsejable acudir a los medicamentos. Hay varios tipos: ibuprofeno, paracetamol y dipirona (de este último se ha hablado mucho, pero aún sigue en vigencia). Para evitar sobredosis se pueden intercalar cada tres horas, y de esta manera la temperatura se mantiene en valores que le permiten al niño estar bien. La dosis la ajustará el pediatra de acuerdo con el peso del paciente.
Infección por virus: la causa de este trastorno es una inmadurez fisiológica, absolutamente normal. El organismo de los chicos que presentan esta inmadurez reacciona como si la fiebre fuera un enemigo. ¿De qué modo debemos actuar ante una convulsión? Los especialistas aconsejan la siguiente pauta: primero, y sobre todo, no perder la calma. Recordar que desaparecerá en poco tiempo. A continuación, intentar bajarle la temperatura con baños para luego llamar al pediatra o acudir a un centro médico. Lo habitual es que ya antes de llegar, la convulsión remita. Cuando no sucede así, el médico inyectará una sustancia en la vena o en el recto (mediante una cánula), que la eliminará rápidamente.
Cuando un médico atiende a un pequeño con una convulsión, suele recomendar a los padres que soliciten una consulta con un neurólogo. Este especialista puede determinar si la fiebre ha sido la única causa que la ha desencadenado o si, por el contrario, han podido intervenir otros factores. Pedirá un electroencefalograma al chico, una prueba que no causa molestias y que permite conocer la actividad del cerebro. Entre el 80 y el 85 por ciento de los pequeños que sufren una convulsión febril, no vuelven a tener otra. Esta se produce el primer día de fiebre (no cuando el chico ya lleva dos o más días con temperatura alta) y no dura más de diez minutos. Los médicos suelen calificar a las convulsiones que presentan estas características como benignas.
Como usar el termómetro
La temperatura varía de acuerdo con el lugar donde se mida, el momento e, incluso, del termómetro empleado. La digestión y el ejercicio físico contribuyen a elevar la temperatura; por lo tanto, para obtener datos confiables, conviene dejar transcurrir una hora después de la última comida del chico para ponerle el termómetro (tras un esfuerzo físico, hay que esperar unos 20 minutos). SI se coloca en la axila o la ingle, debe mantenerse entre cinco y diez minutos en contacto con el cuerpo, mientras que, si se pone en el recto, bastan tres minutos. En este lugar, marca 0,5 grados más, que deben restarse al leer la temperatura (por ejemplo, si indica 37,5°, hay que interpretar que son sólo 37°). El clásico termómetro de mercurio y el electrónico son los más confiables. Antes de utilizar el primero se debe hacer descender la columna de mercurio.
Tabaco y alcohol: fumar disminuye la capacidad respiratoria y la resistencia a los ejercicios físicos. Los fumadores siempre rendirán menos de lo que podrían si no fumaran. El tabaco afecta la oxigenación de la sangre, lo que repercutiría en el rendimiento intelectual, sobre todo en la velocidad del cálculo y la incorporación de datos a la memoria. La nicotina impregna todos los tejidos que entran en contacto con ella, perjudicando muy especialmente el esmalte dentario, facilitaría además las infecciones y caries, el mal aliento y la pérdida de brillo. El hábito de fumar conlleva gestos y tics difíciles de eliminar que marcan, a veces en forma definitiva, la personalidad de los adolescentes.
El costo de los cigarrillos conspira contra la posibilidad de otros usos más interesantes, como por ejemplo comidas con los amigos, entradas al cine, boletos para un concierto de rock… Cuanto más se fume, habrá menos dinero disponible para esos usos, así como para la compra de libros, revistas, ropa, vacaciones. El alcohol deteriora los tejidos nobles perecederos, no reemplazables, como el sistema nervioso, el aparato renal y el hígado. En la adolescencia aún no se alcanzó el desarrollo final de los mismos y el daño es por lo general irreversible, aunque sus efectos se hagan presentes en la quinta o sexta décadas de la vida.
Problemas con hijos: el día de la primera cita me sentía nerviosa, hoy confieso que hasta con miedo. Estaba por entrar en un mundo que no conocía y que sentía tenía que conquistar. Ustedes eran los hijos de mi futuro marido. Dos varones lindos de ocho y cuatro años que no dejaban de atraer la atención de su papá. Siempre supe que iba a ser complicado y hoy, después de mucho tiempo, puedo decir que pasamos por situaciones más difíciles de lo que pensaba, pero infinitamente mejores de lo temido. Al principio sentía que tenía que quererlos por ser del hombre que amaba, entre otras cosas me había enamorado de él por ser buen padre, por oírlo hablar de sus chiquitos con tanto amor. Hoy los conozco a fondo y los quiero mucho más allá de seguir adorando a su padre.
Aunque mis hijos hayan jugado tanto con muñecas como con coches de carrera, ha sido el padre quien les ha arreglado sus bicicletas y la madre quien les ha enseñado a hacer un bizcocho. Ha sido el padre quien les ha mostrado cómo es una locomotora por dentro, y la madre quien les ha llevado a su primera función de teatro.
La amplitud de miras, en cambio, el constante cuestionarse las cosas, es como vivir en un campo abierto, con un maravilloso horizonte, pero también expuestos a todas las inclemencias del tiempo.
Hoy por hoy, los padres todavía desempeñan roles bien definidos frente a sus hijos, aunque es de esperar que con el tiempo, éstos emanen cada vez más de la personalidad de cada uno y cada vez menos de su condición de nombre o mujer.
O sea, el contacto de la madre se establecía más a través del tacto, y el del padre, más a través de la vista. Por lo demás, nada indicaba que existieran diferentes «estilos» de educación. Ni los padres eran más severos ni las madres más incondicionalmente amorosas. Por lo tanto, ambas posturas parecen no tener nada que ver con el sexo; no son algo innato ni en los hombres ni en las mujeres.
El amor paterno es condicional. Su principio es “te amo porque llenas mis aspiraciones, porque cumples con tu deber, porque eres como yo”….
Según Fromm, ambas clases de amor tienen su lado positivo y negativo, y sólo si se combinan en la justa medida y el niño recibe de cada padre lo suyo, puede llegar a ser un individuo psíquicamente sano.









