Casi todas nuestras reacciones negativas con nuestros hijos son fruto de un estado negativo en nosotros mismos. Todas las regañinas, arrebatos y castigos que los padres infligen a los hijos son menos una medida educativa que la expresión de un estado de ánimo.
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En realidad a veces pasa que cuando los hijos son pequeños, uno se siente feliz. Feliz en el matrimonio, feliz en la observación de su crecimiento y feliz poniendo poco a poco una casa propia. Pero más tarde, cuando los mayores ya van al colegio y los pequeños al jardín de infancia, la felicidad se esfuma.
Si nos va mal en el trabajo, nos queda la felicidad de la relación amorosa; si tenemos problemas con nuestra pareja, podemos encontrar alivio (y consejo) en la amistad; si un amigo nos falla, la música puede ofrecernos un mundo de belleza… o los libros, el cuidar un jardín, el pasear por un bosque, el estudiar algo nuevo, el pintar un cuadro.
Está claro que la felicidad no es un estado que se produce con sólo desearlo. Y menos si entendemos por felicidad esos instantes de éxtasis que se producen muy pocas veces en nuestra vida, esas horas estelares o esas chispas divinas que necesitan la confluencia de muchos factores favorables que deben incidir todos a la vez para que se produzca La Felicidad con mayúscula.





