Pero aún así, más vale cortar por lo sano. Porque las otras, las más sacrificadas todavía, se quedan en el resentimiento. Como han dado todo, esperan alguna recompensa. Así surgen estas madres que no quieren soltar al hijo aunque éste ya tenga hijos a su vez.
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Queremos que nos quieran y nos estimen, y con nuestra dedicación plena y abnegada a la familia y los hijos lo conseguimos. Nos gustamos en nuestra bondad. Pero a la larga nos invade un descontento que lleva a las más conscientes, primero a los resentimientos, luego a la rebelión, y finalmente a la revolución abierta.
Desde luego que las mujeres no somos ese mito de la madre que da todo y no pide nada, hoy más que ayer y mañana más que hoy. La madre cuyo cometido es parir hijos, criarlos y morir. Y los hombres no son sementales para asegurar la continuidad de la especie ni pacientes proveedores de b¡enes materiales.
Los hombres parecen ser más realistas, pero también ellos tienen sus sueños en cuanto a sus hijos. Sólo que no son tan inmediatos, sino que se ven más con unos hijos ya mayores, haciendo construcciones con el mecano o ayudándoles en los estudios, con la esperanza de que salgan ingenieros de caminos a los veinte años.
Muchos padres conocen al gran educador A. S. Neill, creador de la escuela libre de Summerhill. Una vez, una madre le preguntó: «Si censuro a mi hijita por nimiedades quizás diga usted que la odio, pero en realidad no la odio». Neill contestó: «Pero puede usted odiarse a sí misma. Las nimiedades son símbolos de cosas grandes. Si censura usted por nimiedades, es usted una mujer desgraciada».









