Un regulador implacable de nuestras vacaciones es el dinero; tenerlo o no es un hecho que las define. Pero nuestra capacidad económica para las vacaciones no forzosamente debe convertirse en un impedimento para pasarla bien.
Que unas vacaciones sean más caras o que en ellas se disponga de más dinero no es garantía de que la pasaremos bien. A veces recordamos unas vacaciones bárbaras en las que no teníamos un peso y otras pésimas en las que contábamos con mejor presupuesto. Lo importante a tener en cuenta cuando la plata es poca es no querer que “alcance para más”. Si tenemos dinero para pasarla regularmente bien en Córdoba no nos esforcemos por llegar a San Martín de los Andes en plena temporada de esquí porque, con seguridad, vamos a querer y no vamos a poder.
Es mejor pensar dónde vamos a estar mejor con el dinero que tenemos. Esta no es una invitación a la resignación. Por el contrario, es una manera de no estropear el tiempo de descanso. Y si el dinero no da para salir, la cuestión es poder imaginar y planear vacaciones sin efectivo. Fantasear desde el límite real de nuestras posibilidades es poder armar una ilusión.
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Pensar en vacaciones casi siempre es agradable. Ilusionarse es una posibilidad que nos ubica en el futuro y que nos impulsa a seguir hacia adelante. Las vacaciones son una ilusión privilegiada en tanto nos invitan a pensar en tener más tiempo, vivir más relajadamente, realizar tareas alejadas de la rutina, reencontrarse con afectos, proponer formas de encuentro distintas con nuestros seres queridos.
Si todo esto llegase a cumplirse en una sola de nuestras vacaciones, éstas serían únicas, maravillosas e irrepetibles. Casi sería preferible que no existiese ninguna tan perfecta para que las siguientes no quedaran anuladas. Lo mejor es que quede algo pendiente para alimentar una nueva ilusión y depositarla en las próximas.
Trabajo y maternidad
Estamos ante uno de los problemas más difíciles para una madre y también para su compañero si lo es verdaderamente. El derecho de la mujer a un trabajo remunerado es tan inalienable como el del niño a recibir amor, protección, educación y un hogar. El dilema es doble, porque la madre no sólo siente el deber de proporcionarle todo ello, sino que también le hace feliz estar con él y guiar sus primeros pasos.
Para algunas madres la presencia de los hijos ha sido a veces una molestia y hasta una carga y tampoco se han dedicado varias horas al día a fomentar la inteligencia de cada uno de los ellos. Han tratado de ser comprensivas, animadoras, indulgentes… hasta que ya no podían más y se volvían más autoritarias de lo que son en realidad.
Con toda nuestra buena voluntad oscilamos entre una y otra postura, con la consiguiente confusión para los chicos. Porque ellos, cuando adoptamos una actitud que teóricamente consideramos buena pero que no toma en cuenta nuestras flaquezas humanas, se dan perfecta cuenta de lo que en realidad sentimos.








