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Peleas hermanos

Para evitar sembrar cizaña entre los hermanos, algunos padres tratan de ser siempre totalmente justos. Se proponen que nunca ninguno de sus hijos recibirá algo de ellos que no reciban también los hermanos en la misma medida. La ya mencionada Elizabeth Plattner describe una de estas madres: «Cuando había cerezas, cada una de las tres hijas recibía exactamente el mismo número. Pero una vez repartidas, las niñas empezaban a quejarse: “Yo tengo sólo pequeñas”. Y otra: “Yo no tengo gemelas para colgármelas en las orejas”. Y la madre corría solícita para remediar las desigualdades, porque quería que todas recibieran lo mismo».
Esta señora había logrado exactamente lo que quería evitar: entre las niñas reinaba un espíritu de envidia y competencia mucho mayor que en otras familiar menos «justas».
Nada que está vivo se deja apresar en normas rígidas. La misma naturaleza no es «justa», y la suerte que tenemos en la vida tampoco lo es. Los niños son distintos y necesitan ser tratados según sus particularidades individuales. Al pequeño tímido a veces hay que darle un empujoncito, mientras que el «rompe y rasga» requiere algún freno. Puede ocurrir que en la misma situación, los padres tengan que animar a uno y frenar al otro.

Problemas con hermanos

Especialmente difícil es la posición de los hermanos medianos, los «niños bocadillo», que entre las ventajas del hermano mayor y el encanto del benjamín, tienen que desarrollar unas cualidades especiales para captar la atención de los padres. Si el mediano es de otro sexo que los otros dos, obtiene su «especialidad» a través de esta condición, pero si todos son chicos o todas chicas, el mediano pasa a menudo un poco desapercibido. Lo mismo ocurre con un niño especialmente tranquilo que apenas plantea problemas.
El favoritismo manifiesto de los padres por uno de sus hijos siempre es muy grave, tanto para el más favorecido como para el relegado a un segundo lugar. A menudo arrastran sus rivalidades durante toda la vida.

Como educar a nuestros hijos

En el amor de los padres, cada hijo debería ser único. Sin embargo, nunca tratan al segundo igual que al primero, porque la situación es diferente. Ya se han ensayado en la tarea de ser padres, están mucho menos ansiosos, le cuidan con más tranquilidad y cometen menos faltas en la educación. Pero también le prestan menos atención. Si cada gesto, cada sonrisa, cada gorgorito del primero había sido observado con alegría —o con preocupación, según el caso— en el segundo todo les resulta ya más familiar. Generalmente, los segundos se aprovechan de la mayor tranquilidad de los padres, pero más tarde, también ellos empezarán a luchar por su atención y amor.
Cuando en un curso de psicología social al que asistí se hablaba sobre este tema del orden que ocupaba cada uno en el grupo de hermanos, todos menos otro estudiante y yo que éramos primogénitos se quejaban amargamente de que en el álbum familiar apenas había fotos de ellos. Al hermano o la hermana mayor, los padres habían sacado instantáneas en todas las posturas y todas las situaciones, pero de los hijos segundo y tercero sólo existían unas cuantas fotos del bautizo, para pasar enseguida al primer cumpleaños, a lo sumo con unas cuantas fotografías de las vacaciones en medio.

Regresiones a la primera infancia

Un comportamiento muy común son las regresiones a la primera infancia. Para obtener la misma atención que el bebé vuelven a las conducta típicas de los bebés. Algunos niños quieren tomar también ellos el biberón; otros dejan temporalmente de hablar o vuelven a mojar la cama. Pero también pueden optar por lo contrario, pasándose al bando de los adultos y adoptando un comportamiento especialmente «bueno». La madre de una niña de tres años y medio me contó que no había observado en su hija señal alguna de celos. La había preparado muy bien durante el embarazo, contándole a menudo cosas del nuevo bebé. Después del nacimiento de la hermanita, lo único que preocupaba a la madre era el hecho de que la mayor se mostrase casi demasiado cariñosa con la pequeña. Se desvivía por ella y la cubría a todas horas con besos y caricias.
Era su forma de sentirse celosa. Había notado la preocupación de la madre por los posibles futuros celos y luchaba ahora por su amor tal como la madre lo esperaba de ella. Hasta se pasaba en mostrar lo «buena» que era.

Ser el primogénito

No todos los niños ni todas las situaciones son iguales; hay que observar bien y luego obrar en consecuencia. Lo que siempre se debe evitar en la época alrededor del nacimiento de un hermanito es añadir otros cambios adicionales a la vida del mayor: enviarle por primera vez al jardín de infancia, cambiarle de habitación, quitarle su cuna o mandarle a casa de los abuelos. El tener que compartir el amor de los padres significa un cambio tan grande que el niño no puede soportar al mismo tiempo otra alteración de su vida. Sin embargo, por muy bien “que preparemos a nuestro primogénito, no debemos pensar que con esto ya haya mos resuelto el problema de los celos. Los celos son inevitables; todos los niños lucharán siempre por conservar (o conquistar) el primer lugar en el corazón de sus padres. Pero no siempre se manifiestan de forma tan clara como en el caso de una amiga, cuya hija, de dos años y medio, después del nacimiento de su hermano dijo sencillamente: «No quiero un hermanito. Tíralo». Con las cosas tan claras resulta fácil ayudar al mayor a superar su malestar. Otros niños expresan sus celos dando furtivos puntapiés a la cuna, pellizcando al bebé o empujando el cochecito cuesta abajo.
En esta época, los padres necesitan mil ojos para proteger al pequeño, sin dar al mayor la impresión de que sólo velan por el intruso. Nunca se le debe llamar «malo» al niño celoso. No lo es, sólo se siente desgraciado. Una gran ayuda puede ser el padre, porque la madre está realmente mucho tiempo ocupada con el pequeño y no puede, por ayudar al mayor, dejar de darle el pecho y prestarle todos los demás cuidados. El padre aprovechará cada ocasión para hacer cosas de mayores» con su primogénito: Tú ya eres grande, puedes venir conmigo.

Hijos primogenitos

Cuando la madre está embarazada con el segundo hijo, hay que explicar al mayor todo lo que necesita saber para prepararse emocionalmente: que la mamá va a traer un bebé; que todavía no se sabe si va a ser niño o niña; que al principio aún no podrá jugar con él porque es muy pequeño, pero más tarde sí…
También conviene que el mayor ayude en los preparativos, recalcando siempre lo mayor que es ya y lo valiosa que nos resulta su ayuda. Huelga decir que también es el momento ideal para explicarle cómo nacen los niños y que él también ha estado en la tripa de su madre.
No es fácil determinar en qué mes del embarazo hay que empezar a preparar al mayor. Para un niño pequeño, nueve meses son una eternidad; no puede pensar tan lejos. Desde este punto de vista, el mejor momento sería dos o tres meses antes del nacimiento, cuando la madre ya está gorda y él puede escuchar los movimientos del bebé en su vientre. Pero se han dado casos de niños que empezaban a mostrar trastornos de conducta cuando la madre apenas había quedado embarazada. De algún modo intuían que ella ya no estaba concentrada exclusivamente en el hijo mayor.

El hijo primogenito

No quiero un hermanito…
Se trata de un conflicto muy conocido; casi todos los padres saben que la llegada de un nuevo bebé puede significar un trauma para el primogénito o, al menos, causarle algún trastorno. Algunos psicólogos van tan lejos que afirman que ningún niño debería ser «destronado» de su papel de «rey de la casa» antes de los cinco años. A esta edad ya se suelta por sí solo del apego a los padres y da más importancia a sus relaciones con otros niños. Efectivamente, cuando el primogénito ya tiene cinco o seis años no suele presentar reacciones de rechazo cuando llega un hermanito. Ya se siente parte del mundo de los mayores y, a menudo, se erige en cuidador y protector del pequeño.
Pero esto no puede ser razón para que espaciemos el nacimiento de nuestros hijos de cinco en cinco años. Los niños apenas podrían jugar juntos, y el tiempo dedicado a la crianza se haría desmesuradamente largo para la madre. Una mujer que hubiera decidido quedarse en casa hasta que sus hijos fueran al colegio, no podría volver a su trabajo hasta después de diez o quince años. Y este tiempo, evidentemente, es excesivamente largo como para volver a coger el hilo en el mundo laboral. Por otra parte, no podemos ni debemos ahorrar a nuestros hijos absolutamente todas las frustraciones. Lo que sí debemos hacer es ayudar al primero para que la frustración de ser destronado no sea tan grande que ensombrezca toda su vida.