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Niño se hace caca

Hacerse caca.
En el lenguaje científico se llama encopresis; es la definición que se da a toda defecación involuntaria habitual en niños mayores de tres años. Suele preocupar mucho a los padres, y efectivamente, se trata de un síntoma más grave que el de la enuresis. Igual que ésta, también la encopresis se divide en primaria y secundaria, pero en cuanto a la gravedad, ocurre al revés: la encopresis secundaria, es decir, el volver a hacerse caca después de haberse mantenido ya limpio, es mucho menos preocupante. Generalmente, se ha producido un cambio brusco en la relación con la madre —el nacimiento de un hermano, el comienzo de la escuela— situación que el niño experimenta como un abandono. Si los padres comprenden cuál es el motivo del trastorno de su hijo y logran que se restablezca la confianza, la encopresis secundaria desaparece sin necesidad de ayuda psicológica.
No ocurre lo mismo en la encopresis primaria. El niño maj’or de tres años que siempre se ha hecho caca encima tiene una relación muy perturbada con la madre. Siente una gran agresividad contra ella, pero al mismo tiempo una profunda dependencia. Toda la relación niño-madre-familia presenta un cuadro tan complicado que sólo se puede resolver con una terapia adecuada. Iniciando el tratamiento psicológico a tiempo, se obtienen buenos resultados.

Errores en la educación

Cuando se cometen errores en la educación, buscar culpas y perderse en remordimientos siempre resulta infructuoso, pues con ellos no se cambia nada. Pero sí se puede aprender a reconocer las señales de alarma, no sólo en el niño, sino también en la propia persona. La terapia de Pedro tuvo éxito, pero en el relato no se dice si la madre también se sometió a un tratamiento. Si hubiera sabido reconocer a tiempo que algo en ella iba mal, que se sentía triste y deprimida, además de incapaz de tratar con cariño y paciencia a ese niño tan inquieto, seguramente habría buscado ayuda a tiempo. Al menos podía haber hablado con su marido o con una amiga de confianza, para hacer su problema más consciente.
No en todos los casos se necesita ayuda profesional. Muchas veces basta con reconocer las señales de alarma y poner en marcha un programa de «automimos», para ayudarse a sí mismo a sentirse mejor.
Algún desfallecimiento, un día nervioso o incluso ocasionales sentimientos hostiles hacia los hijos los tiene cualquiera, pero si un estado así se prolonga, significa que algo va mal.
Si estás siempre nerviosa, si no sabes por dónde empezar, porque el trabajo se te acumula desmesuradamente, si lloras a menudo, a veces sin saber por qué, lo más seguro es que necesitas una ayuda física. Si los dos no podéis compartir por igual el trabajo de la casa, búscate una asistenta o pide a tu madre, tu suegra u otra persona a tu alcance que venga una temporada a echarte una mano. Olvida tu orgullo y tus propósitos de ser una madre perfecta. Si tienes que recurrir a una asistenta, no pienses más en lo que tenías previsto comprar con ese dinero. Es mejor ser feliz con un abrigo viejo que desgraciada vestida a la última moda. Y es una señal de inteligencia y no de debilidad pedir ayudar a tiempo, pues nadie puede estar en danza las veinticuatro horas del día.

Problemas de la educacion

Los errores de educación realmente graves tienen su raíz en la personalidad de los padres y en sus circunstancias. Como ya se dijo en el primer capítulo: quien no es feliz y no se acepta a sí mismo, difícilmente puede aceptar y hacer feliz a un niño. O como lo expresa A. S. Neill: «Albergo la importante esperanza de que un mayor conocimiento de la naturaleza propia ayudará a los padres a mantener a sus hijos libres de neurosis».
¿Y si uno no es feliz? ¿Si uno no tiene ese conocimiento de la naturaleza propia y no se acepta a sí mismo? Entonces el camino hacia la confianza puede ser largo y penoso. La psicoanalista Diana Rosenbluth* describe el caso de un niño que, por ser especialmente revelador, se presta como buen ejemplo: Pedro era desdichado y agresivo, un niño que rompía todo lo que caía en sus manos y era incapaz de emplear sus cualidades positivas era inteligente y despierto de manera constructiva. «Había nacido poco tiempo después de la muerte de su abuela materna. En esa época su madre estaba profundamente perturbada, abstraída y apática. Su relación con su propia madre había sido difícil. Ahora ella no cesaba de culparse a sí misma por eso y por no haber hecho más por aquella durante los meses en que había estado enferma, que coincidieron con el período de su embarazo. Además, se sentía decepcionada de que Pedro fuera un varón. Había esperado tener una niña y darle el nombre de su madre. Pedro había sido desde el comienzo un bebé muy inquieto. Un niño más plácido y tranquilo quizá hubiera devuelto la seguridad a la madre y le hubiera permitido sentirse más satisfecha con él. En cambio, la intranquilidad de su hijo aumentaba la carencia de confianza en sí misma. Por otra parte, la angustia y la actitud distante de la madre agudizaba la necesidad de Pedro de desplegar constantemente una exagerada actividad, para provocar una respuesta por parte de ella. Así se había establecido entre ellos un círculo vicioso».
A medida en que crecía el niño… «su madre seguía preocupada y distante y no demostraba demasiado cariño hacia su hijo. El padre tampoco podía representar una gran ayuda para Pedro, puesto que estaba muy ocupado y era un hombre al que, de todas maneras, no le interesaban demasiado los pequeños. Ambos progenitores se sentían angustiados pues advertían la infelicidad de Pedro, pero no eran capaces de hacer otra cosa que colmarlo de regalos. El niño los destruía e, inmediatamente, los padres le compraban otros».
Cuando su hijo tenía cuatro años, sus padres se decidieron a buscar ayuda profesional. En el transcurso de la terapia se descubrió que el hecho de regalarle los padres siempre juguetes nuevos después de tirar los rotos a la basura, había incrementado la desesperación del niño. Le confirmaba que nada puede ser reparado, cambiado o mejorado. La tristeza y la actitud distante de la madre, la imagen negativa que tenía de sí mismo como un niño malo, todo seguiría siempre igual, no había mejora posible. La infelicidad del pequeño era total.
¿Quién puede hablar en un caso así de «culpas»? ¿Se puede llamar «culpable» a la madre por su estado de ánimo trastornado por la muerte de su propia madre o por la relación problemática que había tenido con ésta y que seguramente arrastraba desde su infancia? ¿Y quién tenía la «culpa» de que Pedro fuese un niño especialmente inquieto?

Dialogar con sus hijos

Cada niño es distinto y también lo son las circunstancias y el medio-ambiente en que se cría. Por eso la teoría debe desembocar siempre en la práctica y transformarse con ella. Toda educación también es un aprendizaje recíproco; el niño aprende de los padres, pero los padres también aprenden del niño. Después de cinco años de convivencia ambas partes llegan a conocerse bastante bien. Los padres ya saben que aquel hijo necesita unos estímulos especiales para salir de su retraimiento, que a aquel otro hay que dejarlo en paz cuando está enfrascado en sus cosas, y que aquel tercero necesita jugar mucho al aire libre para librar sus emociones y ser un niño equilibrado.
También han aprendido a dialogar con sus hijos: saben escucharles (incluso aquello que no se expresa con palabras) y han comprobado una y otra vez que hablando claro, informándose mutuamente sobre sus intenciones, actos y sentimientos, las cosas marchan mucho mejor. Los errores que aún así pueden cometerse nunca serán muy graves, ya que las bases de la confianza y del entendimiento están sentadas.

Niños creciendo

Los niños son como relojes: no se les debe dar cuerda siempre; también hay que dejarles andar.
Dejar crecer la semilla
También podríamos decir que los niños son como flores que hay que dejar crecer. Hemos preparado la tierra, hemos puesto la semilla, la hemos regado y cuidado. Hemos hecho todo lo posible y tenemos derecho a relajarnos un poco. Todavía habrá que seguir regando, también brotarán algunas malas hierbas que habrá que arrancar. Pero el trabajo principal está hecho. Al terminar la primera infancia y entrar el niño en edad escolar, las bases están sentadas. Todo lo que ha vivido y experimentado durante estos primeros años constituye un bagaje que es definitivo para toda su vida futura.
¿Hemos cometido errores? Por supuesto. Y la conciencia de estos errores es a veces bien amarga. Si hubiera sabido antes… Si hubiéramos superado mejor aquella crisis que tanto perjudicó a nuestro hijo… Sé por experiencia propia cuánto puede pesar sobre la conciencia todo lo que se ha hecho mal. Son sentimientos que comparten todos los padres que quieren a sus hijos.

Muchos de estos errores son fruto de la inexperiencia. Nadie nace sabiendo educar, ya que no se trata de un talento natural como la musicalidad o el don de saber pintar. Existen muchas características que ayudan a ser un buen educador, como la paciencia, la tolerancia, la creatividad, la equidad, y de hecho hay personas que «por naturaleza» parecen tener una buena mano con los niños. Pero por sí solas estas cualidades no bastan. ¿Se puede aprender de libros cómo educar bien a un niño? Al menos se pueden adquirir ciertos conocimientos. Saber cómo trascurren las distintas etapas del desarrollo evita «pedir peras al peral en flor» y forzar al niño a hacer algo para lo que todavía no está preparado. También se aprende a reconocer los errores cometidos y encontrar un camino para subsanarlos. Pero sobre todo, una vez metidos en el tema, se empieza a reflexionar sobre la educación. Los ejemplos incitan a pensar y buscar paralelas.

Niños que orinan en la cama

Otra cosa distinta es que un niño ya haya permanecido seco y de pronto vuelva a mojar la cama (enuresis secundaria). Aquí se trata de una señal de alarma que hay que descifrar. Todos los padres saben que un niño puede volver a hacerse pis después de nacer un hermanito. Pero no siempre reciben la señal como una petición de ser atendido igual que el pequeño intruso. «No creo que tenga nada que ver con el bebé, porque lo adora. Nunca se ha mostrado celoso». Esto es muy frecuente y totalmente lógico desde el punto de vista del niño. Mostrar celos está mal visto y puede enfadar a los padres. Pero mojar la cama por la noche, cuando está dormido y por lo tanto no es responsable de sus actos, no puede enfadar a nadie. Sólo quiere decir: «Soy tan pequeño c indefenso como mi hermano; quiero que me cuides igual que a él». Una o dos horas extras cada día. en que la madre, el padre o ambos se dediquen totalmente al hijo mayor, sin interferencias del bebé, terminará rápidamente con el problema.
Pero no siempre es tan fácil dar con las causas de la enuresis. El niño puede sentirse desatendido por otras razones. Puede sentirse amenazado por unas discusiones que han tenido los padres, temiendo que uno o ambos le abandonen. El mensaje sería en este caso: «Os necesito a los dos. Mirad lo pequeño que soy todavía». En algunos casos puede tratarse de una reacción tardía a una enseñanza prematura de usar el orinal. En otros, la rebelión contra unos padres demasiado severos: «Me podéis mandar y controlar en todo, pero en esto no». En los chicos se trata a veces de una preocupación por el sexo, porque hay algo que han entendido mal; en los niños pequeños de un insconsciente sentimiento de envidia porque los padres duermen juntos y ellos están excluidos de su intimidad. Por último, tampoco hay que descartar las causas físicas, como una infección de las vías urinarias (a veces causada por una fimosis), lombrices, una afección renal y otras más que sólo el médico puede detectar.
Existe todo un abanico de posibles causas. Los padres han de reflexionar sobre la relación que mantienen con el niño, hablar entre sí para ayudarse a encontrar una pista. Si no encuentran ninguna causa, convendría una visita al psicólogo infantil. Una persona ajena y más profesional, a menudo ve las interrelaciones familiares más claras y encuentra con asombrosa rapidez el quid del problema.

Niños que se orinan en la cama

Mojar la cama.
No conozco a ningún adulto que se haga pis en la cama. Quiero decir con esto que, más tarde o más temprano, todo el mundo aprende a mantenerse seco. Naturalmente es una molestia para los padres si la cama de su hijo aparece todas las mañanas mojada, pero no están solos con su problema. A los tres años, uno de cada cuatro niños todavía no ha aprendido a controlar sus esfínteres durante la noche; a los cinco años es todavía uno de cada diez. Los médicos llaman a este fenómeno «enuresis primaria». Igual que en el caso de aprender a andar o a hablar, unos niños son más rápidos y otros más lentos. En algunos pocos se trata de un problema físico, así que si os parece que vuestro hijo tarda mucho en aprender a mantenerse seco, consultadlo con el pediatra.
Cuando el niño ya es algo mayor, para él puede ser tan molesto despertarse cada mañana en un charco como para la madre. No hay que reforzar su sensación de rabia y vergüenza mostrándole enfado o resentimiento («Por ti tengo tanto trabajo. Si al menos lo intentaras»). Los padres pueden ayudarle en el aprendizaje, pero con tanta objetividad como si le enseñaran a montar en bicicleta. Pueden proponerle que beba menos por la tarde, para que la vejiga no esté tan llena. También pueden preguntarle si quiere que le despierten por la noche. Estas medidas en sí. no suelen servir de mucho, sobre todo si el niño nota cierta angustia tras ellas. Pero si las toma como una ayuda en un aprendizaje que a él le interesa tanto como a los padres, pueden ser un paso hacia la primera noche seca. En todo caso, siempre hay que trasmitirle la tranquilizadora sensación de que ya lo aprenderá, y en pocos meses el problema habrá dejado de serlo.

Trastornos del sueño en bebes

Un problema menos grave es el de no querer irse a la cama. Normalmente, un niño que está sano, que ha podido jugar al aire libre todo lo que le ha dado la gana, que nunca ha sido enviado a la cama por castigo, al que no se impone un horario de sueño demasiado largo, que no está sobreexcitado por la televisión o alguna visita y que no teme perderse algo interesante, suele acostarse tan a gusto como un adulto después de una larga jornada de trabajo. Unas costumbres fijas que se repiten cada noche —baño, cuento, nana, acostar los muñecos, un rato de luz para mirar un libro— convierten el irse a la cama en algo tan natural e inevitable como la salida del sol todas las mañanas. Al contrario de las interrupciones nocturnas del sueño, los problemas a la hora de acostarse se deben casi siempre a un error en la educación cometido por los padres, por ejemplo, un horario irregular, frecuentes visitas a la hora de acostar a los niños, un final de jornada inquietante (televisión, discusiones, juegos violentos) o también la impaciencia de los padres por deshacerse del niño, para tener, por fin, un poco de paz.
Pero a veces, también se puede esconder una «señal» importante tras estos problemas. El ya mencionado Tilomas Gordon describe el caso impresionante de un chico de ocho años que desde los cinco tenía dificultades para dormirse. Al principio, los padres lo habían atribuido a problemas en el colegio, tratando de ayudar a su hijo en este sentido. Pero una noche, cuando el niño se negaba rotundamente a irse a dormir, la madre probó a hablar con él utilizando el método de Gordon de los «abrepuer-tas». Poco a poco salió a la luz que durante todos estos años el chaval había tenido miedo de ahogarse y morir por la noche. A raíz de una pequeña alergia que le obstruía la nariz, un amigo mayor y muy admirado le había dicho que era necesario respirar por la nariz porque la boca no se le abría automáticamente durante el sueño. Todas las noches el pobre se había acostado con un miedo atroz de que durante el sueño se le podría taponar la nariz. Después de explicarle la madre que el respirar por la boca es algo tan natural y automático como el bombeo de la sangre por el corazón, las dificultades del chico para conciliar el sueño desaparecieron como por arte de magia.
En este caso fue el amor y la inteligencia de la madre lo que ayudó al niño, pero un psicólogo infantil quizá hubiera dado antes con la raíz del problema, ahorrándole muchos años de sufrimiento.
Otras señales que pueden requerir ayuda profesional serían las pesadillas frecuentes (tener una pesadilla de vez en cuando es normal en cualquier niño) y el sonambulismo pertinaz.
Un trastorno del sueño del que los padres no se quejan casi nunca, sea porque es menos frecuente, sea porque molesta menos, es que el niño duerma demasiado. Esta señal puede indicar una enfermedad física, pero también el principio de una depresión. El mundo es tan hostil o tan aburrido para el pequeño que se evade de él refugiándose en el sueño.

Niños con problemas de sueño

El problema del sueño.
Junto con el de la inapetencia, el problema del sueño es el que más preocupa a los padres. «Mi hijo se despierta todas las noches». «Mi niña sólo se duerme si me siento a su lado». «Cada noche me levanto por lo menos diez veces».
En primer lugar, no hay fuerza humana capaz de hacer dormir a un niño que no tiene sueño. En algunas tablas sobre el desarrollo de los niños se indica cuántas horas tienen que dormir a cada edad, pero esta es una información muy sucinta. Cada niño es distinto desde pequeño y cada uno tiene ‘sus propias necesidades. Conviene observar cuántas hora duerme el niño por término medio y adaptar o bien nuestro ritmo de vida a estas horas, o bien estas horas a nuestro ritmo. En la práctica, esto significa que el primer año, cuando el niño echa todavía varios sueños diurnos, puede ser conveniente que la madre se acueste siempre al mismo tiempo (en vez de aprovechar el tiempo para los trabajos domésticos) para prevenir así la posibilidad—casi segura— de tener que levantarse por la noche. Al niño mayor se le acostará según las necesidades de la familia y las suyas propias: si todo el mundo madruga porque hay que ir a trabajar y llevar al niño a la guardería, las ocho o las nueve son una buena hora para irse a la cama. En cambio, si tenemos la costumbre de dormir hasta las nueve o las diez de la mañana, convieneque el niño se acueste lo suficientemente tarde como para no despertarnos a las seis de la madrugada.
Sin embargo, con estas medidas todavía no se evita que el niño se despierte de noche, llorando y llamándonos. Es un hecho que durante los tres, cuatro y aún más años, el sueño infantil es un tanto agitado.
Todos los seres humanos pasamos cada noche por períodos de sueño más o menos profundos. En las etapas de sueño ligero es cuando soñamos (aunque de día no lo recordemos); estamos muy cerca del estado de vigilia, pero normalmente, si no es que padecemos de insomnio, volvemos a sumirnos enseguida en un sueño profundo. Se supone que los niños todavía no saben enlazar bien estas etapas de sueño profundo y ligero, y por eso se despiertan. Como, además, muchas veces han soñado algo que les inquieta, lloran o nos llaman a gritos. Sabiendo esto, quizá les resulte más fácil a los padres aceptar estas constantes interrupciones de su sueño nocturno; su hijo no quiere fastidiarles sino que todavía está «aprendiendo» a dormir. Es normal que se despierte.
Sin embargo, también es normal que los padres necesiten dormir. Si su hijo se vuelve a amodorrar enseguida después de haber bebido un poco de agua y después de haberse cerciorado de que sus padres están ahí y todo está en orden, no será demasiado difícil superar estos años inquietos. Pero también hay padres que tienen que llevar a su hijo en brazos, pasillo arriba, pasillo abajo, durante varias horas. Otros chicos, ya mayorcitos, reclaman que se les cante o se les cuente cuentos. En estos casos, los padres han «sobreactuado» en alguna ocasión y el niño trata de procurarse cada noche de nuevo ese placer de ser «sobreatendido». Cuando por la noche el niño se despierta sobresaltado, efectivamente necesita ser consolado y tranquilizado. Pero también es cierto que la noche es para dormir y no para pasearnos por los pasillos o para leer un cuento tras otro. Por eso los padres han de atender a sus hijos callados y lo más tranquilamente posible. Darle de beber, quedarse un momento a su lado, tomarle la mano murmurando palabras cariñosas… todo lo demás convierte la noche en un jolgorio demasiado tentador para el niño.
Si estas medidas no surten efecto o si los padres están tan cansados que el levantarse y quedarse junto al niño les parece demasiado pesado, será mejor que le dejen venir a su cama. Y no sólo los bebés (véase el capítulo «La satisfacción de las necesidades crea confianza») sino también los mayorcitos. El amor de los padres no es algo que se imparte a determinadas horas. Es cuestión de reconciliar dos necesidades: la de los padres que necesitan descanso y la del niño que busca cercanía. Al calorcito de la cama común el pequeño noctámbulo volverá a dormirse rápidamente. Poco a poco sus incursiones se harán más espaciadas y pronto emigrará sólo cuando ha tenido una pesadilla o está enfermo.

Niños con problemas emocionales

En las señales que indican un problema emocional pasa un poco lo mismo. Hemos de observar al niño, le tenemos que prodigar algunos cuidados especiales, pero no todos los casos son tan graves como para acudir al «médico del alma», el psicólogo. En otros sin embargo puede ser necesario. En las pequeñas enfermedades físicas, el niño necesita una sobredosis de cuidados: la cama, una dieta, unas fricciones… Si sospechamos la existencia de un pequeño desarreglo psíquico, el niño necesita una sobre-dosis de amor y dedicación.
El psicólogo es una figura relativamente reciente en España: la primera promoción de licenciados en psicología salió de las aulas en el año 1971. Antes, los padres tenían que resolver ellos mismos los pequeños problemas emocionales de los niños (lo que pasó con los grandes más vale no tocarlo; quizá estas personas estén ahora en tratamiento o todavía arrastren las consecuencias de sus desgracias infantiles).
Afortunadamente, los padres de hoy tienen la posibilidad de encontrar ayuda profesional. Además de los psicólogos con consulta privada, en la mayoría de las ciudades existen Centros de Salud Mental, dependientes dej los Municipios o las Diputaciones, donde los padres pueden encontrar ayuda. Porque en casos graves, el amor solo, sin unos conocimientos especiales, no basta, igual que en un caso de enfermedad que exige una operación quirúrgica, no bastan los cuidados caseros. Otras veces, aunque las defensas propias finalmente logren vencer la enfermedad —física o psíquica—, ésta hubiera curado mejor y más rápido con la intervención de un especialista.
Muchos padres sienten cierto rechazo por buscar ayuda psicológica, y no sólo porque puede representar un problema económico. Se resisten a creer que su hijo realmente lo necesite. Otros quizá sí, ¿pero el suyo? Y es que, consciente o inconscientemente, se sienten culpables del problema de su hijo. Este rechazo se puede vencer si se acepta la idea de que los profesionales están para ayudar. ¿Acaso alguien se siente culpable de que su hijo tenga sarampión y por ello haya que acudir al médico? ¿Teme ser juzgado como mala madre o mal padre por no haber preservado a su hijo de un virus? De igual manera, también el psicólogo está para ayudar, no para juzgar. Vamos a enumerar las principales preocupaciones que los padres tienen con sus hijos. No todos estos problemas son señales de que algo marche mal. Algunos de estos comportamientos de los niños no constituyen ningún problema sino que son totalmente normales o, al menos, muy extendidos. Es cierto que pueden ser incómodos para los padres. En este caso, el problema es de ellos, no del niño. Pero si insisten, desde luego se puede convertir en un asunto cada vez más grave.