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Cada paso a su tiempo

Algunos niños, cuando empiezan a dar sus primeros pasitos, no vuelven jamás a gatear. Es como si dijeran: “ahora que conocí lo bueno, no vuelvo a lo anterior”. Otros, sin embargo, van alternando entre caminata y gateo, y no abandonan este último sino hasta que la nueva habilidad está bien aprendida. Si bien el promedio de edad en la que los bebés aprenden a caminar es de 12 meses, hay quienes lo hacen antes y quienes no “se largan” hasta los 15. Lo más importante es estar atentos a su desarrollo, y no forzar al niño a realizar un salto importante en su vida para el cual quizás todavía no está preparado. Una consulta al pediatra puede ayudar a calmar ansiedades -de los padres, por supuesto-; sólo el médico es el indicado para opinar sobre el avance del bebé en esta materia, y no hay que dejarse llevar por comentarios ajenos ni por estadísticas frías. Cada bebé es un mundo.

Humano, demasiado humano

¿Cómo lograr la integración? Obviamente no es una tarea sencilla. Requiere un gran esfuerzo de todos. Supone un imperativo aceptar que no sólo la belleza, la inteligencia, la armonía hacen a lo humano. Y aceptar que a lo humano también pertenece lo feo. lo no inteligente, lo no armónico. Que una silla de ruedas es una posibilidad tan humana como el andar, que un cociente intelectual bajo es tan humano como uno brillante, que la angustia más profunda es tan humana como el equilibrio emocional.

Un célebre pensador escribió “Humano, demasiado humano”. Y en definitiva, la discapacidad no es otra cosa que algo “humano, demasiado humano”. Posiblemente, cuando podamos superar sentimientos como la negación, el miedo, el prejuicio, la angustia o el rechazo aparezcan otros sentimientos tan humanos como la comprensión, la aceptación y la solidaridad. Tal vez debamos recordar a Martin Buber que sabiamente enseñaba: “No hay que olvidar el Tú, que es el Yo dicho por los otros”.

Sociedad y discapacidad en el niño

Vivimos en una sociedad atrapada en sus imágenes y en sus eslogans. Basta con encender el televisor y un sinfín de imágenes se apoderan de nuestro entendimiento y nuestra sensibilidad. De igual modo, los medios masivos de comunicación emiten mensajes que saturan el espacio social. Sea joven, rico e inteligente parece ser un mandato inevitable. No supere los 20 años, tenga la piel dorada, mida un metro setenta, pese 55 kilos y derrame sensualidad ante cualquier cosa suele ser otro. Las imágenes, poderosos mensajes, nos marcan cierto “deber ser”. Belleza, inteligencia y riqueza se presentan como condiciones indispensables para “ser”.

¿Cómo “ser” si uno no cae dentro de este modelo? La contradicción es grande. Por un lado, aparece esta presión; por el otro, los gobiernos, las organizaciones internacionales gubernamentales y no gubernamentales, las leyes y las normas solicitan un espacio para “lo distinto”, “lo diferente”. Y aparecen por la pantalla del televisor campañas televisivas que, inteligentemente, nos muestran cómo sería el mundo al revés. Así, este año, el esfuerzo internacional está puesto en la integración social del discapacitado.

Un chico diferente

La discapacidad nos sorprende y jamás está en nuestros planes. No hemos construido espacio para ella, salvo en el recinto de los fantasmas, que se expresan a través del temor, la angustia, la negación, el miedo, la culpa… La discapacidad irrumpe y es un invitado indeseable. Es molesta, artera, extraña…a veces insoportable. Daña nuestra propia tiesta y pone límites. Aparece ahí y se instala de manera inapelable.
La discapacidad aparece de múltiples formas: vía gestación, accidente, enfermedad… A Leandra una meningitis la marcó para siempre. El accidente de Tomás lo dejó en una silla de ruedas. Un síndrome de Down estigmatizó el nacimiento de Florencia. 1.a sordera de Matías fue diagnosticada al tiempo de nacer. Poco o casi nada entendían los padres de estos chicos. Lo que había ocurrido no pertenecía a sus proyectos, no estaba incluido en sus esperas. Algo se había roto dentro y fuera de ellos. Los inundaba el desconcierto, la angustia, la impotencia, la bronca, el desconsuelo, la culpa y hasta el rechazo. Se les “rompía el modelo de hjjo” y “se rompían ellos” con él. En estos casos, la vida se detiene para los padres, se han destruido las reglas del juego y, lo que es peor, se las han cambiado. No alcanzan las lágrimas y el dolor. Todas son preguntas, se esfumaron las certezas.

Los bebés nerviosos

A estos bebés no les conviene dormir en una cuna grande. Se sienten menos perdidos en un espacio más reducido o, incluso, envueltos en una manta. Nunca hay que levantarlos inesperadamente, sin dedicarles antes unas palabras tranquilizadoras. Algunos bebés pertenecientes a este grupo detestan que se los desnude, como si con cada prenda se les arrebatara un poco de seguridad. Por lo general, se sienten más protegidos y relajados si al moverlos, alimentarlos o pasearlos, permanecen envueltos en su mantita.

Tanto los bebés nerviosos como los tristes necesitan más tiempo que otros para adaptarse al mundo exterior, es decir, no es muy probable que conserven estas características durante toda la infancia. Pero los padres han de prestarles una atención especial, para comprender sus necesidades específicas y ayudarlos poco a poco a asentarse en la vida.

Una lesión bucal insidiosa

Pueden padecerlas desde niños hasta adultos, y tanto varones como mujeres. Se manifiestan como una pérdida de sustancia. Son dolorosas, agudas y se localizan en las mucosas no queratinizadas (mucosa bucal, labios, piso de la boca y cara ventral de la lengua).
Las que abarcan una extensión inferior a 10 mm. Son comunes y suelen curarse en ocho a diez días.
Las que miden entre 10 y 30 mm, duran de semanas a meses y, al curarse, dejan cicatrices porque son muy profundas.
Las llamadas herpetiformes. Son poco comunes y tienen un tamaño de 1 a 3 mm. Pueden existir hasta cien en forma simultánea.

Factores que intervienen en la pubertad

■ Carga genética de la familia. Esto hace que en una misma familia la mayoría de las mujeres presente su primera menstruación en edades similares.
■ Alimentación recibida desde el nacimiento. Déficit de nutrientes por mala alimentación, ya sea por falta de aporte o en forma voluntaria como en la anorexia nerviosa.
■ Diferencias raciales.
■ Vivir a diferentes alturas en relación al nivel del mar.
■ Alteraciones emocionales.
■ Si hay práctica de deportes intensos como es el caso de las gimnastas deportivas, suele estar retrasada.
■ Calidad de vida.
■ Factores climáticos.

Todos los cambios que experimentan las adolescentes por acción de las hormonas se llama pubertad. En la mujer, estos cambios se producen en general entre los 8 y los 16 años de edad (más frecuentemente de 10 a 14), y por supuesto que dentro de ellos está incluida la menarca.
Es importante señalar que al hablar de desarrollo puberal en la mujer no significa tan sólo la aparición de la primera menstruación sino que hay que hacer referencia a un sinfín de cambios dentro de los cuales está presente la menarca.
Para una mejor comprensión de estos eventos, Marshall y Tanner dividen estos cambios en cinco estadios distintos de maduración. La duración de cada estadio es variable y, si bien todo parece ser guiado por un patrón genético, es indudable que los factores nutricionales, emocionales y de salud física y mental inciden básicamente en la culminación de cada uno.

En la niña, el primer signo de inicio puberal es el aumento de la velocidad de crecimiento, luego aparece el botón mamario (a partir del cual se desarrollará toda la glándula mamaria) y ocurre generalmente dos a tres años antes de que se produzca la primera menstruación. Este signo, carácter sexual secundario, es casi siempre de comienzo unilateral, para luego de varios meses hacerse bilateral.
Por lo general, después del inicio del crecimiento mamario, comienza el desarrollo del vello pubiano que también se irá modificando a medida que pase el tiempo.

Como consecuencia de los cambios nutricionales, socio-culturales, ecológicos, etc., la edad de la menarca en nuestro país y en otros con características semejantes, fue descendiendo a través de las décadas, llegando en este momento a una edad promedio de 12.5 años, con una variación normal entre los nueve y los catorce años.
Después de la primera menstruación, la niña continuará creciendo durante aproximadamente tres años más, pero a un ritmo mucho menor, pudiendo alcanzar 5 a 8 centímetros más de altura.

De estas batallitas, ¿quién se ha librado?

La verdad es que todo este asunto no lo toma a nadie por sorpresa. Los padres son los primeros en entender a sus hijos porque, a su edad, también ellos hicieron de las suyas. Alejandro, de 34 años, recuerda las bromas que urdía con los amigos de su infancia: “Si veíamos a las nenas jugando al elástico, lo primero que pensábamos era en molestarlas. Nos subíamos a caballo y, cuando menos se lo esperaban, las asaltábamos al galope”.
A la hora de enfocar la situación, lo mejor que se puede hacer es actuar con espontaneidad, aceptando sus reacciones como normales. En definitiva, restar importancia a su comportamiento y dejar actuar a la naturaleza.

Cuando les compremos juguetes, podemos plantearnos cómo los utilizarán en sus relaciones personales: algunos sólo les facilitarán el trato con los de su mismo sexo. Conviene que entre sus objetos habituales incluyamos también construcciones, puzzles, plastilinas o pinturas. Así, cuando vengan a nuestra casa visitas del otro sexo, tendrán más posibilidades de entenderse todos juntos.

Tienen claro a qué grupo pertenecen

Lo que ocurre es que ya empiezan a tener conciencia de su imagen pública y no pueden permitirse ningún desliz delante de los compañeros del colegio. Pero en privado el asunto cambia y no les importa tanto hacer migas con el que se ponga adelante.
¿Y cómo se llevan los varones con sus propios compinches? ¿Y las nenas con sus congéneres? A decir verdad, las relaciones internas también difieren bastante. Los tópicos dicen que los chicos son más desinteresados. Pero hoy son los mejores compañeros del mundo y mañana pueden pegarse “a lo loco”. Ellas -siempre hablando de generalidades- son muy sensibles y les molesta que su amiga preferida no les ofrezca un poco de gaseosa o no les preste la Barbie.

¿Es inevitable que se comporten de esta manera? En realidad, sí; porque las peleas y el distanciamiento tienen su origen en la etapa evolutiva por la que están atravesando. Hacia los seis años empiezan a pensar en lo que les deparará el futuro. Ya comprenden que pertenecen a un sexo definido y que algún día se convertirán en adultos. En cierta forma se sienten más cerca de papá o de mamá.
Detrás de estas peleas y querellas, a esta edad, se producen complejos emocionales. Para la teoría psicoanalí-tica, estamos en los finales del trayecto que constituye el complejo de Edipo. La larga elaboración de éste supone, por lo menos, dos grandes consecuencias. Primero, la aceptación de una Ley -la que prohibe el incesto-, que funciona como la ordenadora de los intercambios sexuales entre las personas. Segundo, la identificación con el padre del mismo sexo. En este momento, el chico confirma su sexo biológico, es decir, que no sólo es vardn-cito o nena por su anatomía sino que lo es desde el sentirse hombre o mujer. Es muy probable que ésta sea la conquista que defiende con las actitudes antes descriptas. Conquistar su sexualidad -emocionalmente confirmada-, ha sido un largo y trabajoso camino (que completará en la adolescencia) de ahí, tal vez la necesidad de ubicarse a rajatabla en la diferencia.

Una guerra sin tregua y sin cuartel

Las peleas están a la orden del día. Además, cada clan tiene su propio -y muy depurado- estilo. A ellas les encanta perseguir a los muchachos, y los varones se defienden arrojando bichos (hormigas, arañas…) a sus adversarias. Si a alguien se le ocurre preguntar por los otros, su opinión siempre es definitiva: o los chicos son unos salvajes o las chicas, unas “hinchas”. Los elogios brillan por su ausencia.

Se están haciendo grandes, y su carácter ha empezado a cambiar. Las nenas, por ejemplo, se vuelven más coquetas. En cambio, los varones se muestran más competitivos e inquietos. Les gusta jugar a descubrir quién es el más fuerte, el más grande o el más rápido. No les importa mancharse la ropa y están siempre dispuestos a correr. También es cierto que las chicas de esta edad suelen haber alcanzado una mayor habilidad lingüística que sus compañeros y se divierten construyendo juegos simbólicos en los que la fantasía desempeña un papel fundamental.

Dentro del aula la cosa cambia poco. Los dos grupos tienen tendencia a sentarse con los de su mismo sexo. Tal vez se junten alguna vez para trabajar con plastilina o hacer ejercicio a la hora de gimnasia, pero estas treguas suelen ser consecuencia de la mediación del maestro. En general, los profesores tratan de reunidos y sentarlos cerca para favorecer un cierto contacto en clase. Sin embargo, es significativo que, aunque los dos sexos no se mezclen en el colegio, a veces sí juegan juntos en privado. Es cuando hay un vecino de la misma edad o en esas ocasiones en que salen de visita con sus papis; entonces, parecen tener menos prejuicios…