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Obediencia para niños

¿Por qué no hacen caso?
Funcionar según un programa.
Hace ya bastantes años, unos científicos rusos hicieron el siguiente experimento: cada vez que daban de comer a un perro, ponían en acción una campana. Al animal, en espera de la comida, se le hacía la boca agua. Su hambre se vio siempre satisfecha, pero nunca hubo ningún hueso sin sonar al mismo tiempo una campana, de manera que el perro aprendió a asociar la campana con la comida. Al cabo de un tiempo, el mero sonar de la campana le provocaba la misma típica salivación que normalmente los perros sólo experimentan cuando comen o esperan la comida. Se trata del famoso perro de Pavlov; habían inventado el «reflejo condicionado». El reflejo fisiológico de la salivación se había convertido en un reflejo psicológico *.
De ello se puede deducir que, si la acción A va siempre asociada a la acción B, el individuo llega a reaccionar de la misma forma tanto ante A como ante B.
En mi casa nos estamos aprovechando de este conocimiento con nuestros gatos Castor y Pólux, aunque no es la saliva la que nos interesa en este caso. Hacemos sonar una campanilla cuando les damos de comer, para que no se pierdan y acudan siempre a casa cuando la oigan. Queremos que asocien la acción A de comer (que es agradable) con la acción B de sonar una campanilla (que en sí se supone indiferente para unos gatos).
¿Funciona este sistema también con los niños?
De forma natural e inconsciente lo estamos aplicando todos los días. Si nuestro hijo hace algo que nos gusta le sonreímos y le mostramos nuestra alegría; si lo que hace nos parece mal. le mostramos nuestro desagrado. Con el tiempo aprende que determinados comportamientos son deseados y que otros no lo son. Esto reza también para el comportamiento entre adultos, aunque con alguna salvedad. Si veo que a mi marido le molesta que lleve vestidos rojos, pongamos por caso, trataré de evitar los vestidos rojos en su presencia. Sin embargo, si le molesta que lea en la cama o que visite a mi madre, cosas que me importan mucho y a las que no quiero renunciar, discuto el asunto con él para llegar a un acuerdo.
De estos descubrimientos se desarrolló más tarde la «reflexologia», una rama de la psicología que pretende reducir todo comportamiento humano a unos reflejos heredados (incondicionados) o aprendidos (condicionados). Esta rama está emparentada con el «behaviorismo» o «conductismo», fundada por J. B. Watson. que también rechaza la autoobservación y transmisión de experiencias, basando la psicología exclusivamente en el comportamiento observable objetivamente y cambiante según las influencia del medio ambiente. Aunque en la psicología general no se ha podido imponer este punto de vista, se utiliza todavía en la psicología infantil y animal.

Zurdera en niños

Zurdera.
No es una señal de alarma, aunque algunos padres todavía lo tomen como tal. Simplemente en los zurdos está más desarrollado el hemisferio derecho del cerebro, y en los diestros el izquierdo (esto, aunque parezca contradictorio, no lo es, pues las correspondientes vías nerviosas se cruzan en el bulbo raquídeo). Hasta los cuatro o cinco años no se puede saber a ciencia cierta si un niño es zurdo o diestro, porque usa ambas manos casi indistintamente. Pero ya está programado para ser lo uno o lo otro. Obligarle a usar determinada mano sería un error. Se produciría una confusión entre los dos hemisferios que conduciría a trastornos como el tartamudeo (auténtico) o la dislexia, así como a perturbaciones de carácter emocional.

Niños que orinan en la cama

Otra cosa distinta es que un niño ya haya permanecido seco y de pronto vuelva a mojar la cama (enuresis secundaria). Aquí se trata de una señal de alarma que hay que descifrar. Todos los padres saben que un niño puede volver a hacerse pis después de nacer un hermanito. Pero no siempre reciben la señal como una petición de ser atendido igual que el pequeño intruso. «No creo que tenga nada que ver con el bebé, porque lo adora. Nunca se ha mostrado celoso». Esto es muy frecuente y totalmente lógico desde el punto de vista del niño. Mostrar celos está mal visto y puede enfadar a los padres. Pero mojar la cama por la noche, cuando está dormido y por lo tanto no es responsable de sus actos, no puede enfadar a nadie. Sólo quiere decir: «Soy tan pequeño c indefenso como mi hermano; quiero que me cuides igual que a él». Una o dos horas extras cada día. en que la madre, el padre o ambos se dediquen totalmente al hijo mayor, sin interferencias del bebé, terminará rápidamente con el problema.
Pero no siempre es tan fácil dar con las causas de la enuresis. El niño puede sentirse desatendido por otras razones. Puede sentirse amenazado por unas discusiones que han tenido los padres, temiendo que uno o ambos le abandonen. El mensaje sería en este caso: «Os necesito a los dos. Mirad lo pequeño que soy todavía». En algunos casos puede tratarse de una reacción tardía a una enseñanza prematura de usar el orinal. En otros, la rebelión contra unos padres demasiado severos: «Me podéis mandar y controlar en todo, pero en esto no». En los chicos se trata a veces de una preocupación por el sexo, porque hay algo que han entendido mal; en los niños pequeños de un insconsciente sentimiento de envidia porque los padres duermen juntos y ellos están excluidos de su intimidad. Por último, tampoco hay que descartar las causas físicas, como una infección de las vías urinarias (a veces causada por una fimosis), lombrices, una afección renal y otras más que sólo el médico puede detectar.
Existe todo un abanico de posibles causas. Los padres han de reflexionar sobre la relación que mantienen con el niño, hablar entre sí para ayudarse a encontrar una pista. Si no encuentran ninguna causa, convendría una visita al psicólogo infantil. Una persona ajena y más profesional, a menudo ve las interrelaciones familiares más claras y encuentra con asombrosa rapidez el quid del problema.

Niños que se orinan en la cama

Mojar la cama.
No conozco a ningún adulto que se haga pis en la cama. Quiero decir con esto que, más tarde o más temprano, todo el mundo aprende a mantenerse seco. Naturalmente es una molestia para los padres si la cama de su hijo aparece todas las mañanas mojada, pero no están solos con su problema. A los tres años, uno de cada cuatro niños todavía no ha aprendido a controlar sus esfínteres durante la noche; a los cinco años es todavía uno de cada diez. Los médicos llaman a este fenómeno «enuresis primaria». Igual que en el caso de aprender a andar o a hablar, unos niños son más rápidos y otros más lentos. En algunos pocos se trata de un problema físico, así que si os parece que vuestro hijo tarda mucho en aprender a mantenerse seco, consultadlo con el pediatra.
Cuando el niño ya es algo mayor, para él puede ser tan molesto despertarse cada mañana en un charco como para la madre. No hay que reforzar su sensación de rabia y vergüenza mostrándole enfado o resentimiento («Por ti tengo tanto trabajo. Si al menos lo intentaras»). Los padres pueden ayudarle en el aprendizaje, pero con tanta objetividad como si le enseñaran a montar en bicicleta. Pueden proponerle que beba menos por la tarde, para que la vejiga no esté tan llena. También pueden preguntarle si quiere que le despierten por la noche. Estas medidas en sí. no suelen servir de mucho, sobre todo si el niño nota cierta angustia tras ellas. Pero si las toma como una ayuda en un aprendizaje que a él le interesa tanto como a los padres, pueden ser un paso hacia la primera noche seca. En todo caso, siempre hay que trasmitirle la tranquilizadora sensación de que ya lo aprenderá, y en pocos meses el problema habrá dejado de serlo.

Niños con problemas de sueño

El problema del sueño.
Junto con el de la inapetencia, el problema del sueño es el que más preocupa a los padres. «Mi hijo se despierta todas las noches». «Mi niña sólo se duerme si me siento a su lado». «Cada noche me levanto por lo menos diez veces».
En primer lugar, no hay fuerza humana capaz de hacer dormir a un niño que no tiene sueño. En algunas tablas sobre el desarrollo de los niños se indica cuántas horas tienen que dormir a cada edad, pero esta es una información muy sucinta. Cada niño es distinto desde pequeño y cada uno tiene ‘sus propias necesidades. Conviene observar cuántas hora duerme el niño por término medio y adaptar o bien nuestro ritmo de vida a estas horas, o bien estas horas a nuestro ritmo. En la práctica, esto significa que el primer año, cuando el niño echa todavía varios sueños diurnos, puede ser conveniente que la madre se acueste siempre al mismo tiempo (en vez de aprovechar el tiempo para los trabajos domésticos) para prevenir así la posibilidad—casi segura— de tener que levantarse por la noche. Al niño mayor se le acostará según las necesidades de la familia y las suyas propias: si todo el mundo madruga porque hay que ir a trabajar y llevar al niño a la guardería, las ocho o las nueve son una buena hora para irse a la cama. En cambio, si tenemos la costumbre de dormir hasta las nueve o las diez de la mañana, convieneque el niño se acueste lo suficientemente tarde como para no despertarnos a las seis de la madrugada.
Sin embargo, con estas medidas todavía no se evita que el niño se despierte de noche, llorando y llamándonos. Es un hecho que durante los tres, cuatro y aún más años, el sueño infantil es un tanto agitado.
Todos los seres humanos pasamos cada noche por períodos de sueño más o menos profundos. En las etapas de sueño ligero es cuando soñamos (aunque de día no lo recordemos); estamos muy cerca del estado de vigilia, pero normalmente, si no es que padecemos de insomnio, volvemos a sumirnos enseguida en un sueño profundo. Se supone que los niños todavía no saben enlazar bien estas etapas de sueño profundo y ligero, y por eso se despiertan. Como, además, muchas veces han soñado algo que les inquieta, lloran o nos llaman a gritos. Sabiendo esto, quizá les resulte más fácil a los padres aceptar estas constantes interrupciones de su sueño nocturno; su hijo no quiere fastidiarles sino que todavía está «aprendiendo» a dormir. Es normal que se despierte.
Sin embargo, también es normal que los padres necesiten dormir. Si su hijo se vuelve a amodorrar enseguida después de haber bebido un poco de agua y después de haberse cerciorado de que sus padres están ahí y todo está en orden, no será demasiado difícil superar estos años inquietos. Pero también hay padres que tienen que llevar a su hijo en brazos, pasillo arriba, pasillo abajo, durante varias horas. Otros chicos, ya mayorcitos, reclaman que se les cante o se les cuente cuentos. En estos casos, los padres han «sobreactuado» en alguna ocasión y el niño trata de procurarse cada noche de nuevo ese placer de ser «sobreatendido». Cuando por la noche el niño se despierta sobresaltado, efectivamente necesita ser consolado y tranquilizado. Pero también es cierto que la noche es para dormir y no para pasearnos por los pasillos o para leer un cuento tras otro. Por eso los padres han de atender a sus hijos callados y lo más tranquilamente posible. Darle de beber, quedarse un momento a su lado, tomarle la mano murmurando palabras cariñosas… todo lo demás convierte la noche en un jolgorio demasiado tentador para el niño.
Si estas medidas no surten efecto o si los padres están tan cansados que el levantarse y quedarse junto al niño les parece demasiado pesado, será mejor que le dejen venir a su cama. Y no sólo los bebés (véase el capítulo «La satisfacción de las necesidades crea confianza») sino también los mayorcitos. El amor de los padres no es algo que se imparte a determinadas horas. Es cuestión de reconciliar dos necesidades: la de los padres que necesitan descanso y la del niño que busca cercanía. Al calorcito de la cama común el pequeño noctámbulo volverá a dormirse rápidamente. Poco a poco sus incursiones se harán más espaciadas y pronto emigrará sólo cuando ha tenido una pesadilla o está enfermo.

Problemas emocionales en niños

Señales de alarma que no siempre lo son.
Un niño está sentado en un rincón de su cuarto, sin ganas de hacer nada. La madre le anima, le propone algún juego, pero nada es capaz de levantarle el ánimo. Está mustio y parece dispuesto a seguir estándolo toda la tarde. Hasta que la madre le toca la frente: ¡pero si tiene fiebre!
Seguramente, meterá a su hijo en la cama, le dará algo para beber, le mirará la garganta y le preguntará si le duele algo. Por lo demás, esperará a ver que pasa. Si al día siguiente la fiebre no ha bajado o si durante la noche sube alarmantemente, llamará al médico. Pero si después de haber dormido, el niño se levanta tan campante, la vida vuelve a la normalidad. A lo mejor se había excitado mucho en los juegos o quizá le había atacado algún microbio que su organismo supo dominar tras un buen descanso.
Igual que la fiebre puede ser el aviso de un trastorno físico, determinados comportamientos pueden ser la señal de que algo psíquico no ande bien. Hay infinidad de señales que pueden indicar que el niño tiene algún problema emocional. Algunos pasan inadvertidos a los padres, otros les molestan y unos terceros les preocupan seriamente. En ningún caso son tan fáciles de reconocer como la fiebre. Sin embargo, tienen algo en común con las enfermedades físicas: a veces se puede esperar y otras hay que actuar inmediatamente. No llamamos al médico por cada constipado; existen muchos remedios naturales que curan estupendamente las indisposiciones de los niños. En otros trastornos, conviene acudir al médico, pero si no lo hacemos, el enfermo sanará igual, gracias a sus defensas naturales y nuestros cuidados. Sin embargo también existen enfermedades que requieren urgentemente la intervención de un profesional. Si no le llamáramos, pondríamos en grave peligro la vida de nuestro hijo.

Cambios del niño

Niños que antes eran “un torbellino” o “muy movidos”, ahora son “hiperactivos”. Hay padres que se han acostumbrado a ver problemas donde simplemente ¡hay un niño!
LA EXPERIENCIA, UN GRADO.
Los padres también tienden a ser más severos con su primer hijo, porque no recuerdan bien su propia infancia. Decimos “yo obedecía sin rechistar, yo me lo comía todo, yo no le levantaba la voz a mi padre…” y nos estamos acordando de lo que hacíamos a los ocho años, o más probablemente, a los doce. Esperamos que nuestros hijos de dos o tres años se comporten como uno de doce. Con los siguientes hijos solemos ser más condescendientes: ¿cómo pretender que la niña de dos años recoja los juguetes.

Cambios en los niños

¿Seré yo el raro? ¿Habrá habido siempre unos terribles dos y yo simplemente me enteré tarde? Por si acaso, le pregunto a mi esposa. “¿Tú habías oído hablar de los terribles dos años?”. “No, ¿quién dice esto7′ “Los americanos”. “Pues sí que empezamos mal. Si los padres creen que son terribles, cualquier cosa que vean… Los dos años eran la edad del ‘por qué’ pero de terribles nada”.
CAMBIOS EN LOS NIÑOS.
¿Qué ha ocurrido con los niños españoles en estas últimas décadas para que se vuelvan terribles? ¿Será que los niños se comportan exactamente igual que antes y los padres responden igual que antes, pero nuestra percepción ha cambiado simplemente porque nos han dicho que son “terribles”? ¿Será que los niños se comportan igual, pero sus padres son menos pacientes? ¿Será que realmente los niños se comportan de otro modo, son más agresivos, o más llorones, o más exigentes que antes? Pues seguramente habrá un poco de todo, dependiendo de los casos. Para empezar, seguro que muchos padres siguen opinando que sus hijos de dos años no tienen nada de terribles. También hay muchos padres que ven un problema simplemente porque les han dicho que hay un problema. Niños que antes eran “de poco dormir”, “muy movidos” o “traviesos”, ahora pueden tener “insomnio infantil”, “hiperactividad” o “transtornos de conducta”. Ese mismo cambio de lenguaje puede hacer que los padres respondan de otra manera; los padres se sienten bajo presión para “diagnosticar precozmente” y “tratar” con profesionali-dad cosas que antes eran “chiquilladas” o “niñerías”. Vaya, que se crea un problema donde no lo hay.

Importancia del desarrollo del niño

ETAPAS MALDITAS: SÓLO EXISTEN SI LAS CREAMOS.
Durante los últimos años, y por influencia de aquellos que acostumbran a señalar siempre los “problemas” -a veces más imaginados que reales- y nunca las “virtudes”, ha existido cierta tendencia a tildar algunas etapas de la vida como “malditas”: que si “los terribles dos”, que si la adolescencia… Incluso hay padres, los que más temen la adolescencia, que comentan: “De pequeños son tan monos… Lástima que luego crezcan”. Escuché por primera vez este comentario cuando era un padre joven; a mi esposa y a mí nos escandalizó. Estábamos plenamente convencidos de que nuestros hijos serían monos a cualquier edad. Tal vez por eso !o fueron.
Existe la tendencia de tildar como”difíciles” ciertas etapas como los dos años, la adolescencia… que no son más que períodos naturales y normales del desarrollo humano.

Conductas agresivas en niños

La tercera premisa para que el niño se encuentre seguro, aceptado y protegido en su familia es que se sienta parte de ella. Esto parece casi una perogrullada; ¿cómo los hijos no van a formar parte de la familia? Sin embargo, los padres a menudo los excluyen sin darse cuenta e incluso a veces con la mejor intención.
Un sábado, el padre y la madre han decidido limpiar los estantes de la librería, casi mil volúmenes. Su hijo Carlos, de cuatro años, les está ayudando. Va y viene llevando un libro tras otro a la terraza, donde la madre los está desempolvando. El padre, subido a una escalera, los vuelve a colocar en su sitio. Carlos está alegre, como ocurre con todos los niños cuando están ayudando en algo. El padre quiere expresar su satisfacción, y le promete al chico: «Cuando termines te daré cinco duros para la hucha». Carlos se pone contento, pero poco a poco empieza remolonear. El padre tiene que esperar cada vez más hasta que le alcance los libros. Primero le apremia, luego le regaña. Finalmente padre y madre siguen trabajando solos porque Carlos se aburre. De repente el niño da un empujón a una pila de libros colocada sobre la mesa. Los padres se enfadan con él y le mandan a la cama.
La razón del mal comportamiento de Carlos estribaba en el premio que le prometió su padre. (Volveremos a hablar de los premios en el capítulo «Dos caras de la misma moneda»). A primera vista esto parece increíble. ¡Si se lo había prometido con la mejor intención! Pero la razón por la que Carlos estaba tan contento era precisamente por su participación en la vida de los adultos. Ayudando en un trabajo en bien de toda la familia se sentía parte del grupo y como tal disfrutaba del éxito de la labor. Cuando su padre le prometió un premio, su lógica infantil le decía que un «asalariado» no pertenece de la misma forma al grupo que los demás. Igual que los adultos le estropearon su alegría, él estropea ahora el trabajo de ellos, tirando los libros al suelo. Naturalmente no pensó en todo ello. Si la lógica de los niños funcionase igual que la de los adultos, Carlos hubiera previsto que el castigo le excluiría aún más de la comunidad. Simplemente, las finas antenas que tienen todos los niños le hacían captar que con la promesa del premio todo había cambiado. El padre también podría haberse callado o haber reconocido la ayuda del pequeño con unas palabra amistosas como: «Entre todos terminaremos pronto». Tambien podrás ver articulos interesantes sobre la conducta de los bebes entre otras pautas en embarazo sintomas esperemos lo visites.
Este «entre todos» hubiera reforzado su sensación de formar parte del grupo. Los niños sienten muy pronto que el bienestar del grupo familiar es el suyo propio. Con cada acción compartida se les refuerza la noción del «nosotros» y el sentido de la solidaridad.