VÍNCULO HUMANO.
Ningún niño estará en condiciones de alimentar afectivamente a un hermano si está hambriento de cuidados, por más que sea mucho mayor en relación al pequeño o porque sus padres se lo demanden. De nada vale teorizar sobre el bien y el mal ni sermonear sobre lo que es correcto o lo que no es correcto hacer, ya que cada niño podrá asumir espontáneamente el amor hacia los hermanos, sólo si realmente siente que el amor abunda a su alrededor. Y en todos los casos, es sobre nosotros, los padres, sobre los que recae el deber y la responsabilidad de la verdadera nutrición amorosa desde el primer momento, desde que una nueva vida se gesta. Los padres, sólo ellos, son los encargados de entregar amor con generosidad, sin límites ni diferencias. Amar a los hermanos no es un tema menor, al contrario, de ello depende gran parte de nuestra felicidad. Cuando tenemos la dicha de vivir la experiencia de la hermandad dentro de nuestra propia casa, luego podemos trasladarla fácilmente a los demás vínculos humanos y sentir que casi cualquier persona puede constituirse en un hermano del alma. Y si es nuestro hermano del alma, no dudaremos en dar la vida por él. Ese derroche de amor y generosidad brotará de nuestro corazón si la hemos aprendido en la sencillez de la infancia
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ESCUCHAR Y COMPRENDER.
Si insistimos en nombrar una y otra vez que tal es obsesivo, el otro es enfermo o el último es alegre, sólo lograremos provocar distancia-miento entre los hermanos, ya que se sentirán demasiado diferentes los unos de los otros. En cambio, si nos interesa ayudarlos a instalar la hermandad, será menester escuchar y comprender a cada hijo. Luego podremos traducir con palabras sencillas lo que hemos entendido acerca de ellos, acercando esos pensamientos al resto de nuestros hijos. De ese modo colaboraremos para que cada niño incorpore otros puntos de vista, otras vivencias y otros registros y pueda entonces amar a sus hermanos porque los comprende. La hermandad se instala entre los hermanos si los padres trabajan a favor de ella. La hermandad surge de la proximidad afectiva, del cariño, del deseo de ayudar, sostener, acompañar y nutrir. La hermandad se construye desde el día en que un niño ha nacido si los hermanos se saben imprescindibles para el recién nacido. Los niños mayores serán capaces de desviar sus intereses hacia el más pequeño de la casa, sólo si sus necesidades básicas de protección, cuidados, cariño y miradas, han sido totalmente satisfechas. Nuestros hijos aprenderán a amar a sus hermanos si los incluimos en el mismo circuito de amor y dicha, si demostramos la felicidad por la nueva presencia, si participamos todos en los cuidados del niño más pequeño, si respondemos a su vez a las demandas y necesidades específicas de los niños mayores y muy especialmente, si.esos niños mayores están acostumbrados a ser mirados y escuchados genui-namente por sus padres.
¿ES NORMAL QUE LOS HERMANOS SE PELEEN?
Tratar de saber si algo es “normal” o no, no sirve para gran cosa, salvo para tranquilizarnos si la respuesta es positiva, pero no resuelve lo que nos preocupa. Cada pelea, cada enfado, cada rabieta tiene un motivo. Si los hermanos se pelean entre sí, es porque en ese ámbito está habilitada la pelea y porque les sucede algo, aunque no lo comprendamos. Los niños quedan solos y atrapados, ya que no tienen otros recursos para solucionar el problema que tienen. Somos los adultos quienes deberíamos tener herramientas para preguntar, enterarnos, acercar posiciones, traducir lo que les pasa a unos y otros, y permitirles encontrar maneras más felices de vincularse.
Sin embargo, tener hermanos no es garantía de que esos lazos de amor y proximidad emocional se instalen. La hermandad en su sentido profundo podrá desarrollarse siempre y cuando los padres sean capaces de atender las necesidades de unos y otros sin etiquetarlos, sin encerrar a cada hijo en un personaje determinado, sin considerar que uno es bueno y otro malo, uno inteligente y otro tonto, uno veloz y el otro lento. Esas afirmaciones aparentemente inocentes que los adultos perpetuamos durante la crianza de los niños, las utilizamos sin darnos cuenta para asegurarnos un rol estático para cada uno. No obstante, no conviene en absoluto. Cuando un niño comprende que según sus padres es inteligente, o responsable o distraído o agresivo o terrible, intentará asumir ese papel a la perfección. Es decir, será el más terrible de todos o el más valiente de todos. Cada hermano tendrá asignado entonces un “personaje” para representar, alejándolo de ese modo de su propio ser esencial y distanciándolo también del ser esencial de cada uno de sus hermanos. Por eso, es a los padres a quienes nos corresponde estar atentos y observarlos limpiamente, en lugar de interpretar cómo creemos que son cada uno de ellos según nuestra propia perspectiva.
CRECER CON HERMANOS.
Un hermano es un regalo. Para que esto se viva así. como una experiencia afectiva de valor incalculable, los padres debemos nutrir de amor a la familia, y sacudirnos miedos y viejos estereotipos.
A las mujeres nos sucede con frecuencia que, embarazadas por segunda vez, tenemos la sensación y el temor de que no podremos amar a un “otro” tan profundamente como amamos a nuestro hijo ya nacido. Es tal la potencia del amor, la vivencia completamente nueva desde que hemos devenido madres, que creemos que será irrepetible tamaña intensidad Sin embargo, el corazón de las madres no se divide, sino que se multiplica con cada hijo que nace. Esto lo comprobamos cuando el segundo hijo ya ha nacido y el amor se instala con la naturalidad y el derroche de antaño.
TEMORES INFUNDADOS:
Una vez hemos comprobado que no hay peligro, que podemos amar a dos hijos, luego a tres o a cuatro hijos… desplazamos ese temor en nuestros propios pequeños: suponemos que “ellos” no podrán amar a otro. Y que la presencia de un hermano será en detrimento de no sabemos bien qué, y que se vivirá como un hecho negativo. A partir de ese momento, cualquier actitud molesta del niño, cualquier rabieta, llanto, enfermedad, mal humor, enfado, o inquietud, lo interpretaremos desde el punto de vista del dolor o la incomodidad que supuestamente le ocasiona el hermano. Sin embargo, todos sabemos internamente que no hay nada más maravilloso que el nacimiento de un hermano, que es el ser más cercano, más “hermanado”, que tendremos en la vida.
12 MESES.
A los 12 meses ya reconoce su nombre y se gira si lo llamamos; tiene, pues, conciencia de sí mismo como ser individual. Sin embargo, el ser humano es social y debe relacionarse gracias a la comunicación. Debemos hablarle. Cuando lo hacemos le estamos enseñando a razonar, a utilizar su inteligencia para resolver los retos que la vida le plantea Es importante utilizar cualquier juego para ampliar su lenguaje, ya que a esta edad es capaz de acumular muchos conceptos y nombres. Le gustará que le contemos cómo funcionan las cosas pero a la vez hemos de darle la oportunidad de expresar su fantasía y de imitar lo que ha aprendido con nosotros. Cuando pone y saca cosas de una caja, aporrea un pequeño piano o lanza una pelota, debemos aprovechar para ayudarle a comprender las consecuencias de dicho funcionamiento, que a veces son divertidas (¡hace música!) y otras veces, frustrantes (hace daño). Por supuesto, siempre debemos procurar que el entorno donde se desarrolle el juego sea seguro.
A los cinco años, los niños entran en una fase especialmente equilibrada y armoniosa. Si hasta entonces el niño tímido o introvertido ha tenido dificultades para relacionarse con otros, los padres deberían tratar de nuevo de fomentar una amistad entre su hijo y un compañero de juegos que le resulte simpático.
En general, cualquier niño en edad preescolar juega mejor o con un solo amigo o en un grupo más grande. Las amistades entre tres son muy difíciles. Sólo los niños mayores de siete años son capaces de soportar los altibajos emocionales que suele conllevar una amistad entre tres.
Para ayudar a un niño retraído, los padres necesitan menos unos conocimientos concretos que una cierta sabiduría. Necesitan saber valorar la gravedad del problema e interpretar los pequeños progresos. Tampoco deben olvidar que pueden existir dificultades en el aprendizaje, disminuciones físicas o deficiencias sensoriales, en cuyo caso el niño necesitaría ayuda profesional.
Tener amigos es bueno, y antes de empezar la época escolar el niño debe haber aprendido a relacionarse con los demás. Normalmente, no habrá dificultades, aunque sí matices. Para el niño introvertido no es ninguna desgracia ser como es. Algún empujoncito por parte de los padres le ayudará a salir de su mundo solitario pero feliz, para tomar contacto con el exterior. El niño inhibido, el «quiero pero no puedo», necesitará más ayuda, en casos graves incluso la de un terapeuta.
Tanto el niño inhibido como el introvertido necesitan ayuda especial, el primero para que sea más feliz y logre lo que en el fondo de su ser desea y el segundo, porque en este mundo se necesita un mínimo de sociabilidad. En primer lugar, ambos necesitan ingresar urgentemente en un jardín dé infancia. Como mínimo, a los tres años un niño necesita entrar en contacto con otros chicos. Pero con el pequeño tímido hay que tomar algunas precauciones. Si su timidez se debe a fracasos vividos anteriormente hay que prepararle, no vaya a ser que nuevos fracasos refuercen su timidez. Conviene que sepa comer solo, ponerse el abrigo, ir al servicio… depende un poco de la clase de centro al que asista. Si hay niños más pequeños, más torpes que él. no son tan necesarias estas cualidades. Cualquier cosa que sepa hacer tan bien o mejor que los demás reforzará su ego. Por otra parte, por supuesto no estaría bien adiestrarle a toda prisa en estas habilidades exteriores para que vaya pronto al jardín de infancia y se haga independiente. No, los padres deben observar a su hijo, reflexionar sobre él, ponerse en su pellejo. Un niño tiene que haber tenido ocasión de ponerse en contacto con otros chicos en presencia de su madre o de su padre para poder soltarse de ellos e integrarse en un grupo. Normalmente, esto ocurre de todas formas, pero si el niño es muy retraído conviene que sus padres fomenten alguna pequeña amistad. Para ello han de saber que un niño de tres años entra más fácilmente en contacto con otros fuera de casa, por ejemplo, en un parque infantil. Si la madre observa que su hijo juega más con determinado niño que con un grupo más grande, conviene volver en cada paseo al mismo lugar, para que los dos tengan ocasión de verse todos los días. Más tarde podría hablar con la madre para que los niños se viesen también en las respectivas casas. Si hubiera ocasión de enviarles al mismo jardín de infancia, aún mejor. A esta edad ya se observan auténticas amistades. Una madre me contó: «Siempre que llevaba a mi hijo Jorge al jardín de infancia hubo lágrimas al despedirme de él. Pero si ya había venido Sara, una niña de su misma edad, podía marcharme tranquilamente. Los dos empezaban a jugar juntos y se olvidaban de todo lo demás».
En los niños pequeños todavía no se distingue muy bien si son introvertidos por naturaleza o si su timidez se debe a una causa concreta.
Más tarde, en el colegio, los introvertidos suelen ser buenos estudiantes y esta ventaja sobre sus hermanos más «populares» les revaloriza a los ojos de sus padres, lo que, a su vez, logra hacerles más sociables (aunque no pierdan por ello su carácter tranquilo).
Uno de mis hijos, el mediano, ha sido uno de esos niños introvertidos, con un hermano mayor extraordinariamente bullicioso y otro menor que le hacía el juego al mayor. Se me partía el corazón cuando, con la típica crueldad de los niños, estos dos se burlaban de su hermano más dulce y tranquilo que ellos. Todavía me resuena en los oídos una cancioncilla nefasta que se habían inventado y que terminaba con el estribillo: «tííí-mido, tííí-mido, tí-tí-tí-tííímido». Naturalmente los padres les explicábamos que no todas las personas son iguales, pero quien tiene tres hijos sabe que no siempre se puede salir en defensa de uno, además de que con un excesivo proteccionismo sólo se consigue endurecer los frentes. Tratamos de ayudar a nuestro hijo con clases de judo (a ver si la superioridad física le hacía más agresivo), pero como era de esperar, nunca perdió su carácter introvertido. Durante toda la época escolar fue muy buen estudiante y hoy, a sus veinte años, le sigue gustando la lectura, los estudios y la vida tranquila.









