Adaptacion a la guarderia: Claudia descubrió que su hija Azul toleraba mejor la guardería si, al principio, la dejaba allí sólo por las mañanas: el simple hecho de volver a comer con su abuela hizo que desaparecieran sus caprichos con la comida y, además, permitió llevarla a jornada completa dos meses más tarde. Julia, en cambio, descubrió que su hijo se portaba de un modo más maduro (accedía de mejor gana a quedarse en la escuela) si era papá quien lo llevaba. Marta, en fin, se dio cuenta de que el simple hecho de invitar un día a merendar a la maestra de su hija hizo que ella dejase de rechazar la guardería, ya que así la nena pudo establecer con la educadora la familiaridad que necesitaba.
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Pensemos si nosotros mismos no estamos alimentando la regresión. Hay mamas que están a punto de llorar al dejar a su hijo en la guardería, con lo que le están dificultando la separación. Otros padres hablan a sus hijos en el mismo lenguaje inmaduro de éstos o incluso en un lenguaje que el propio chico ya ha dejado atrás (“¿Nene tere calle? ¡Nene apo!”) y después se extrañan de que el lenguaje del pequeño no progrese. Quizás nos resistimos a que nuestro hijo abandone una edad que nos parecía encantadora o quizás nos duele que crezca porque somos nosotros mismos los que tenemos problemas para “independizarnos” de él. En estos casos, no viene mal hacer examen de conciencia.
Elsa Bornemann incursionó en sus comienzos, en este género con El libro de los chicos enamorados, de 1977, y retornó con su original colección Palabracadabra 1 y Pa-labracadabra 2, un juego de barajas que se basa en la memorización de los “versicuentos”, como la misma autora los llama. Para bien de hijos y padres, desde el año pasado existe una nueva colección de editorial Sudamericana, El Ombligo, que intenta rescatar a la poesía del olvido en que se encuentra. Lo hace mediante la publicación de poemas de destacados escritores de hoy: Versos de Bakelita de Beatriz Ferro, Un bosque en cada esquina de María Cristina Ramos y Canción y pico de Laura Devetach, los tres primeros títulos.
No es casual que los grandes autores de nuestra literatura para niños hayan creado poemas hermosísimos que invitan a ser saboreados una y otra vez. Javier Villafañe, Conrado Nalé Roxlo, Olegario V. Andrade, Alfredo Búfano, Luis Cañé, Juan Carlos Dávalos, Baldomero Fernández Moreno o Rafael Obligado, dedicaron versos a los niños. ¿Cómo olvidar el entrañable Sapito Glo Glo Glo de José Sebastián Tallón, precursor de la literatura infantil nacional, autor de los libros La garganta del sapo (1925) y Las torres de Nü-remberg (1927)?
Con María Elena Walsh, las cosas cambiaron y la poesía destinada a los más pequeños alcanzó uno de sus mejores momentos. Los libros Tutu Matamba, Zoo Loco, El reino del revés y Versos para cebollitas proveen los poemas de la escritora argentina más citados por varias generaciones, y no sólo de nuestro país.
Aprender hablar: los niños encuentran poesía en todas parles. Está en los remates con que cerramos los cuentos (“Y colorín colorado/ este cuento se ha terminado”). También aparece en los juegos de los chicos: “Ta-te-ti,/ suerte para mí,/ si no fuera para mí/ sería para ti:/ ta-te-ti”; “Pisa pisuela/ color de ciruela…”; “En la casa de Pinocho/ todos cuentan hasta ocho…” Surge en las antiguas canciones tradicionales que, a pesar del progreso y los cambios, todavía perduran entre nuestros hijos: “Estaba la Catalina/ sentada bajo un laurel/ mirando la frescura/ de las aguas al correr”, o “Estaba la paloma blanca/ sentada en un verde limón…” Y cómo no mencionar las hermosas letras de las “nanas” y canciones de cuna.
Los premios y castigos como sistema educativo son ideales para favorecer las jerarquías. Cada uno en su sitio y todos obedeciendo al gran jefe. Para crear el ciudadano perfecto de un Estado policial puede servir, pero no para establecer unas condiciones de amistad y compañerismo dentro de la familia, ni para formar seres libres y responsables.
Porque valores como la amistad, la sinceridad, la solidaridad, el respeto por las opiniones ajenas no se aprenden con un adiestramiento mediante premios y castigos, sino sólo a través de una convivencia amistosa.
Si el estar con tus hijos ya no te hace ninguna gracia, si no te proporciona ninguna alegría emprender algo ¡unto con ellos, si te sientes como en una trampa, atada de pies y de manos, probablemente necesitas volver a trabajar en tu antigua profesión o dedicarte a algo exclusivamente tuyo. Busca una buena guardería o consigue una persona que se quede al menos algunas horas a la semana con los niños. En estas horas haz sólo lo que realmente te satisface, sin ninguna clase de remordimientos.
Si piensas que eres una mala madre porque no logras ser siempre paciente, bondadosa y alegre, habla con otras madres. Además de intercambiar experiencias (seguro que te comprenden mejor que tu marido), quizá también os podéis ayudar en lo práctico, organizando juntas juegos, excursiones, tardes de pintura y de trabajos manuales o cualquier otra cosa con vuestros hijos.
Si los dos, madre y padre, tenéis la impresión de que los niños son el centro del mundo y ya no existe ninguna otra cosa fuera de ellos y el trabajo, procuraros por lo menos una tarde a la semana para hacer aquello que habéis dejado a causa de los niños, como ir al cine, pasear, salir con los amigos o, ¿por qué no? pasar una noche en un hotel como una pareja de recién enamorados.
Si ninguna de estas medidas de «automimos» surte efecto, si todo sigue gris en gris, si ya te levantas cansada y sin ganas de hacer nada, es posible que tengas una depresión que requiere un tratamiento. Todo antes de que la situación se endurezca y el círculo vicioso se establezca definitivamente. (Además, cuanto más se espera, más larga y costosa será la terapia).
Sin embargo, aún siguen estando muy en boga castigos como «quedarse sin televisión», «quedarse sin postre», «no salir con los amigos», «ahora te vas a la cama» o «vete porque ya no te quiero». Todos estos castigos salen de la superioridad física o psíquica de los padres. Sería imposible que los impusiera un igual a otro igual. Pero, además de ser autoritarios, su eficacia es más que dudosa. Efectivamente, aplicándolos consecuentemente siempre en la misma situación, se podría lograr que el niño dejase determinada conducta. ¡Pero a qué precio! En primer lugar, no refuerzan precisamente los sentimientos cariñosos de los chicos hacia sus padres. Y además: si un programa televisivo de por sí es malo para el niño, no dejárselo ver no sería un castigo sino una medida de protección. Si es bueno para él, el prohibírselo le dejaría sin un entretenimiento positivo o una enseñanza útil. La prohibición de jugar con los amigos puede hacer que prescinda de pisar los charcos y ensuciarse, pero hasta que el «reflejo condicionado» empiece a funcionar, se habrá quedado tantas veces sin jugar con sus amigos que al final se queda sin ninguno y se convierte en un solitario. El quedarse sin postre o ser recompensado con un dulce da una importancia desmesurada a las golosinas, hasta tal punto que, de adulto, el individuo podría llegar a encontrar en ellas su principal consuelo ante las adversidades de la vida, con todos los problemas psíquicos y de obesidad que esto llevaría consigo.
Pero también existen «castigos» contra los que no hay nada que objetar, porque en realidad no lo son. Me refiero a las consecuencias naturales que tienen determinados actos y a los que también los adultos estamos sometidos. Si el niño no quiere comer, pues que no coma, pero naturalmente no habrá golosinas ni ningún otro «extra» hasta la comida siguiente. Si llega tarde a la mesa, tomará la comida fría o terminará el plato solo, cuando los demás yñ se han levantado. Si se empeña en salir sin anorak, aun después de haberle prevenido de que seguramente va a llover, se mojará, igual que un adulto que ha olvidado su paraguas. No son los padres sino la vida misma la que imparte estos castigos. Naturalmente hay que tomar en cuenta la edad del chico. Un niño de dos años no prevé las consecuencias de sus actos igual que otro de cinco. Tampoco se debe llevar la filosofía de los castigos naturales tan lejos como para dejar a un niño remolón siempre sin comer, o como para permitir a un pequeño fanático de su independencia personal que salga desnudo a la nieve. De todas formas, en un niño cuyas relaciones afectivas con los padres no están trastornadas, estos extremos no ocurren. Para ello es demasiado fuerte su instinto de supervivencia. Ya comerá cuando tenga hambre y ya vendrá a cobijarse cuando tenga frío o esté mojado. Sólo a un niño perturbado en su afecto hacia los padres se le podría ocurrir salir desnudo al frío, para «castigar» a los padres («Ya verán si cojo una pulmonía y me muero. Entonces se arrepentirán de todo lo que me han hecho»). Pero estos son casos especiales, fuertes señales de alarma que en cualquier caso necesitan ser tratados por un profesional.
Hay otro punto que habla en contra del sistema del adiestramiento: la terrible incomodidad que supone para los padres. Igual que el domador de tigres que no puede permitirse flaquezas y siempre tiene que darles un trozo de carne cuando saltan por el aro, y siempre debe propinarles un latigazo cuando no lo hacen, los padres que quieren que su sistema de premios y castigos sea eficaz, nunca pueden hacer la vista gorda. Necesitan ser consecuentes en todo momento. Si hoy el niño es castigado con un cachete cuando toca el televisor, y mañana se pasa el hecho por alto —sea porque los padres están ocupados en otra cosa, sea que están cansados de decir lo mismo por enésima vez o simplemente no se han dado cuenta— al chico nunca se le creará un buen reflejo condicioado de «tocar el televisor = castigo».
Dos caras de la misma moneda:
Aunque muchos padres siguen «trabajando» con castigos en la educación de sus hijos, parece claro que pasar las conductas indeseadas por alto y reforzar, en cambio, las buenas con elogios y premios, siempre resulta mejor y menos traumatizante para el niño. Pero mirándolo bien, premios y castigos son sólo las dos distintas caras de una misma moneda. Ambas emanan de una posición de fuerza. Son los padres que. desde su superioridad, establecen qué clase de conducta es deseada y cuál es indeseada. Es la autoridad la que guía a los dependientes de ella.
Se nota con especial claridad cuánto tienen que ver los premios con los castigos si pensamos que un premio prometido se convierte automáticamente en castigo si el niño no logra cumplir con esa conducta deseada merecedora de un premio. «Si ordenas rápidamente tu habitación iremos a ver los títeres». Si el niño no logra dejar todo ordenado, sea porque la tarea es superior a sus fuerzas, sea porque su idea del orden es otra que la de la madre, la promesa del premio se convierte en el castigo de «porque eres tan desordenado no te llevo a ver los títeres».
Afortunadamente, los castigos drásticos ya están erradicados de la educación moderna. Ya nadie está a favor de las grandes palizas, antaño consideradas como una medida educativa «normal». Desgraciadamente, aún ocurren, pero no porque los padres las consideren un método bueno, sino, digamos, en contra de su voluntad consciente, porque tienen gravísimos problemas emocionales o viven una situación extremadamente adversa. (Casi dan tanta lástima como los niños maltratados, porque nadie medianamente feliz es capaz de maltratar a un ser indefenso).
Ninguna madre actual encerrará a su tembloroso niño en un cuarto oscuro ni le amenazará con un «verás cuando venga papá», para que éste tome las medidas punitivas que ambos creen oportunas para hacer «entrar en razón» a su hijo.
Para el niño pequeño, los padres son inmensamente poderosos. Los cree mucho más sabios, fuertes, capaces e inteligentes de lo que son en realidad. Desde su punto de vista no hay nada que los padres no sepan. Además, están en posesión de todo lo que el niño necesita, desde la comida hasta las caricias. Y todo ello ya de por sí, sin que los padres tengan que reforzar en nada su posición aventajada.
Desde luego, la tentación de aprovecharse de esta autoridad es grande. Resulta tan fácil decir: «Si no terminas tu plato, no vas a ver la televisión». O por el contrario: «Si terminas pronto tu plato, te voy a leer un cuento». Hasta se comprende la preocupación de los padres de que su hijo esté bien alimentado. Sin embargo, forzar a un niño con premios o castigos a hacer algo que es de exclusiva incumbencia suya —tener hambre o no: gustarle un alimento o no— resulta lisa y llanamente un abuso de poder. Mediante una autoridad autoadjudicada, se obliga al niño a algo que no quiere, sin preocuparse por sus motivaciones. ¿Quizá está incubando una enfermedad y no tiene apetito? ¿Le habrá dado la abuela unas galletas a media mañana? ¿El sabor de las espinacas le resulta repugnante?
Sin embargo, los premios y castigos siguen estando casi tan extendidos como en el siglo pasado, cuando nadie podía imaginar una educación infantil sin un rígido adiestramiento.
Además de ser un abuso de poder, el sistema de la «programación» de los niños también acuña determinado carácter, aunque no siempre es previsible cómo reaccionará el niño. Algunos se vuelven tímidos, miedosos, siempre pendientes de la reacción que su comportamiento despierta en el educador; otros, en cambio, se rebelan, llegando a odiar a sus padres. Y más tarde, es muy dudoso que se conviertan en adultos equilibrados y felices.
Finalmente, el poder de los padres también se desgasta, volviéndose sus medidas cada vez menos eficaces. El niño pequeño, extremadamente necesitado de todo lo que poseen los padres, obedecerá si se le adiestra adecuadamente. Pero a medida que crezca y se vuelva más independiente, los premios serán cada vez menos atractivos y los castigos cada vez menos aterradores. La amenaza de una bofetada ya no le puede asustar, porque echará a correr, y el retiro de la benevolencia de los padres le conmoverá poco, pues tiene la pandilla de sus amigos o encuentra en la escuela compensaciones a través de otros adultos.
Así llegan a una edad en la que los padres pierden toda influencia sobre sus hijos. «Ya no tenemos ninguna autoridad», se lamentan muchos padres de hijos adolescentes. Pero no se empieza de repente a ser «el mejor amigo» de un chico si durante los quince años anteriores se ha sido una autoridad absoluta.
Desde luego, es posible inducir a un niño pequeño a hacer lo que queramos que haga. Con un programa consecuente de premios para las «buenas» acciones y de castigos para las «malas», los padres pueden conseguir hasta que baile sobre una cuerda floja. Después de algún tiempo ni siquiera harán falta los premios y los castigos; bastará con anunciarlos. Si veinte veces ha recibido una bofetada por hablar con la boca llena y otras veinte veces un premio por comportarse bien en la mesa, sólo hará falta la promesa del premio o la amenaza del castigo para que el niño actúe de la forma deseada. Finalmente se le habrá creado el «reflejo condicionado» de «hay que comportarse bien en la mesa».
A pesar de que este adiestramiento efectivamente tiene buenos resultados —al menos en el caso de algunos comportamientos— no me parece el mejor camino de tratar a un niño.
Primero, porque significa un abuso de poder. Llevado al mundo de los adultos sería comparable a la esposa extremadamente dependiente de su marido, que ante la amenaza de abandonarla —o en espera de una palabra amable de la que está necesitada por carecer de otras compensaciones— se apresura a cumplir con todo lo que éste desee. También lo podríamos comparar con el comportamiento de un trabajador que accede a todas las exigencias de un patrón despótico porque necesita el sueldo para alimentar a su familia y vive en una situación en que no encontraría otro trabajo y en que no hubiera sindicatos para protegerle.









