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Nombra ese gusto

¿Detectas un solo sabor con tu lengua? Puedes hacer algunos juegos muy divertidos en base a esto. Primero, pela algunas frutas y vegetales diferentes, como por ejemplo una pera, una manzana, una zanahoria, una papa y una cebolla, y córtalas en pedazos del tamaño de una goma de borrar. Tápale los ojos a tu hijo con un pañuelo y también la nariz con un broche suave. Pon uno de esos pedazos de comida en su lengua y haz que adivine cuál es. Anota todas sus respuestas. Luego haz que se lave la boca con agua y destápale la nariz. ¿Cómo afecta el sentido del olfato al sentido del gusto?

Jugar a los encuestadores

¿Saben tus hijos cómo los encuestadores pueden predecir, entrevistando sólo a 500 personas, quién será elegido presidente en una elección? Ellos usan cálculos de probabilidades y estadísticas -dos ramas de las matemáticas que ayudan a organizar grandes cantidades de información-. He aquí cómo demostrarlo:

Dibuja un círculo de 20 cm de diámetro en un cartón. Traza dos líneas perpendiculares, dividiendo el círculo en cuatro partes iguales. Colorea dos partes adyacentes con rojo, una con amarillo y la otra con azul. En otro cartón dibuja una flecha de 15 cm de largo por 5 cm de ancho, luego córtala. Haz un agujero pequeño en el centro de la flecha y otro en el centro del círculo, luego une ambas partes con un ganchito para que la flecha gire sobre el círculo.

La flecha debe girar 36 veces; anotar en la lista de qué color se detiene cada vez. De acuerdo con la teoría de las probabilidades, la mitad (18) de las patadas son de color rojo; un cuarto (9) son de color amarillo y un cuarto (9) de color azul. Puede ocurrir que el resultado no sea exactamente así pero será muy aproximado. Después hay que hacerlo girar 72 veces. ¿Te estás acercando a dichas proporciones? Deberías estarlo. Cuanto más grande es la muestra, más grande es la probabilidad esperada.

Se hunde o flota

¿Es siempre el peso el que hace que unos objetos floten y otros se hundan? No, puede ser la densidad, -la cantidad de material que hay en un espacio-. Para ayudar a los chicos a entender esto se puede hacer una pelota con una hoja de aluminio, apretando muy poquito. Luego, se hace otra, con igual cantidad de papel, pero más apretada. Se usa la misma cantidad de papel en cada pelota pero una es más densa que la otra. La más apretada se hundirá, mientras que la otra flotará.

Un poco de paciencia

Los niños pequeños no saben esperar. Esta impaciencia infantil es a veces muy dura de soportar para los padres. Por eso, a partir de los dos o tres años, nuestros hijos deberían ir adquiriendo un poco de paciencia, y nosotros debemos ayudarlos a que lo logren. Noción de tiempo. Antes de iniciar el aprendizaje hace falta que el niño tenga una mínima noción del tiempo. Sólo si sabe que “media hora” es menos que un día, pero más que un minuto, podrá soportar un tiempo de espera de determinada duración.

De improviso. No conviene anunciar un acontecimiento con demasiada anticipación. Es mejor prometer “mañana vamos al circo” que la “semana que viene vamos a ir al circo”. Cumplir con la palabra. Si en determinado momento no podemos atender al niño y le pedimos que tenga paciencia, luego debemos hacerle caso enseguida. Por ejemplo, la madre que dice “espera que guarde esto, después voy a ver lo que dibujaste”, efectivamente debe ir después a mirar el trabajo de su hijo.

Metas razonables. Esperar que se cocine una torta, cuando se puede observar cómo se va dorando en el horno, resulta fácil. Meter un carozo de durazno en la tierra y darle tiempo hasta que salga el arbolito es insoportable. Salas de espera. Para todas las esperas largas -médico, viajes, colas-, conviene que padres e hijos, con un poco de fantasía, inventen pequeñas estrategias; contar un cuento, ver cuántas personas llevan zapatos negros, jugar al “veo veo”. Por último, no hay que olvidar que la paciencia es como una delicada ñor, de crecimiento lento y muy sensible a las inclemencias, como por ejemplo el sueño o el hambre. Es decir, no podemos esperar demasiado de nuestros pequeños. La verdadera paciencia se adquiere sólo a la edad adulta… y a veces ni siquiera en esa etapa.

El deseo pensando en ellos y en su futuro

Que encuentren un rápido equilibrio interior y no tengan que pasar la mitad de la vida tratando de aprender cómo se hace para ser felices. Y eso tiene más que ver con el equilibrio emocional que con la formación profesional o con la economía… Creo que es allí donde los padres podemos dejar una huella positiva o una realmente negativa. Mi deseo es que no tengan que invertir lo que ganen, media vida en un psicólogo, tratando de desembarazarse de todo lo que nosotros “les pusimos”.
Y, por otro lado, también tengo la certeza de que los padres siempre nos equivocamos en algo. Es algo así como una resignación por anticipado… ¿no? (dice Ménica, y luego sonríe, como aceptando con sabiduría esa dulce fatalidad Al fin de cuentas, errar es humano… todavía).

El sentido de la educación en un hijo

Yo creo que hay que educarlos para la felicidad. Después, si la felicidad de ellos va a estar en el éxito entendido como la performance profesional o económica o en la contemplación religiosa, ellos lo decidirán. Pero creo que lo fundamental es prepararlos para que puedan elegir el camino que les dé mayor felicidad. Y me parece que es imposible que uno no ponga su impronta en todo esto.

Debemos enseñarles a saber esperar

Tampoco pasará nada si les respondemos que dentro de un ratito les contestaremos.
Es esencial que los padres guarden coherencia entre sus respuestas y sus actuaciones.
-Papá, ¿por qué no le puedo pegar a Julián?
-Porque es tu hermanito y tenes que quererlo, no pegarle.
-¿Y por qué tú le diste un chirlo el otro día?
-Bueno, era en broma…

Ni que decir tiene que cualquier forma de agresión está totalmente desaconsejada en la educación, pero este ejemplo sirve muy bien para ilustrar la incoherencia que puede haber, a veces, entre nuestras palabras y nuestras acciones. Nuestro ejemplo es el mensaje que de verdad les llega, por muchas charlas que les demos.
El mecanismo de preguntas y respuestas es notoriamente enriquecedor para los chicos. A través de él, descubren que existen diferencias de entonación. También nutren su lenguaje y amplían su vocabulario con las respuestas y explicaciones que reciben de los adultos. Y por encima de todo, ¡se divierten!

Disfrutan muchísimo en cuanto descubren que después de sus preguntas viene enseguida una respuesta. Tienen la misma sensación que cuando pulsaban el botón rojo de su granja de juguete y salía una vaca o tocaban el verde y salía la gallina. Es uno de los juegos más divertidos. ¿Y contestar para los padres? También, aunque a veces terminemos exhaustos, aprenden y al final saber esperar. Pero ésa es otra canción: la de ser padres día a día y tratar de hacerlo lo mejor posible manteniendo una actitud pedagógica.

¿Qué quieren averiguar realmente?

El ser humano, a lo largo de su existencia, no deja de buscar explicaciones a todo. Lo que ocurre es que estas ansias de conocimiento se van canalizando y sustituyendo a través del aprendizaje académico.
La primera etapa sobre la indagación acerca de nosotros mismos surge entre los tres y cinco años. Las preguntas que suelen hacer los chicos son numerosas. Es un bombardeo constante que puede dejar extenuado al más fuerte. Sin embargo, detrás de toda esa artillería de porqués, estos persistentes indagadores realmente quieren averiguar tres cosas, los cuestionamientos fundamentales que el ser humano no deja de formularse nunca: “¿De dónde venimos?”, “¿por qué deseamos?” y “¿por qué no todos somos iguales?”.

Una de las preguntas más recurrentes que realizan es la relacionada con las diferencias entre varones y nenas. “No hay que ir a buscar enciclopedias ni perderse en largas y complicadas explicaciones que los pequeños finalmente no comprenderán. Necesitan respuestas cortas y sencillas”, asegura el especialista Guillermo.
Tampoco debemos ir más allá de lo que ellos quieren saber. Lo mejor es limitarse a lo que preguntan y no agobiarlos con muchos argumentos.

Preguntan y preguntan sin parar

Llegan a los tres años y, de repente, se convierten en los diminutos preguntones de la casa. La edad del porqué acaba de llamar a sus puertas y ellos interrogan sin parar sobre el origen y fin de todas las cosas, sin apenas darnos tregua.
A partir de ahora, el comienzo del desayuno puede ser el siguiente:
-Mamá, quiero una manzana.
-Tómala, aquí la tienes.
-Mami, ¿y por qué quiero una manzana?
-Eso lo debes saber tú, no yo.
-¿Y por qué tengo que saberlo?… ¿Por qué?
-Porque fuiste quien pidió la manzana.
-¿Y por qué pedí la manzana?… ¿Por qué?

A la mamá, que aguanta estoicamente como sólo las mamas saben hacerlo, la pequeña Lucía la tiene loca con sus preguntas absurdas.
Sin embargo, esta incipiente exploradora no ha hecho ninguna formulación disparatada. Ella, simplemente, ha querido indagar sobre sí misma: “¿Por qué tengo deseos?”, “¿por qué los siento?”. Y si vuelve a cerrar el círculo preguntón con la misma reflexión del principio es porque, está claro, no ha quedado del todo satisfecha con la respuesta que le han dado.

¿A qué obedece su actitud? Primero, porque a su edad el desarrollo madurativo es insuficiente para poder hallar respuesta al origen del deseo humano; y segundo, porque ésa será una de las preguntas fundamentales que palpitará en su mente durante el resto de su vida.
“Los padres deben saber que, frente a esos continuos porqués, siempre va a quedar un plus de enigma sin resolver y que, además, es positivo que sea así”, opina el psicoanalista Guillermo. “¿Y por qué?”, saltamos inmediatamente los adultos. Porque, gracias a que quedó siempre una duda sin resolver cuando fuimos tan preguntones de chicos, de grandes continuamos con el deseo de indagar. Ese fleco suelto será el motor de nuestro afán de saber.

¿Hago mal dándole un chirlo de vez en cuando?

Hay muchos argumentos contra el chirlo. Para empezar, es fácil que se convierta en hábito; los efectos, sobre todo a esta edad, son fugaces, y tarde o temprano hay que darle otro. Además, sientan un mal precedente en la relación padres-hijos. Los golpes no son un buen ejemplo: los chicos aprenden que se puede imponer la voluntad por la fuerza (y no razonando y dialogando). El castigo físico, por esporádico que sea, es siempre una violación de la dignidad del niño como persona; disminuye su autoestima y lo incita a la violencia. ¿Cuál es la alternativa? Primero, comprender que es normal que no se quede quieto; está aprendiendo y tiene que explorar (levantar, tirar…). Pero también necesita límites y normas. Cuando esté a punto de hacer algo incorrecto, hay que decir no y retirar el objeto (o al niño). Si se hace por sistema, con el tiempo eso no será suficiente para que obedezca.