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Libertad de expresión en el niño

Cuando un niño necesita comunicar algo -un sentimiento, una experiencia, un pensamiento- lo puede hacer verbalmente. Pero si se siente incapaz de nombrar lo que le pasa o las palabras le resultan insuficientes, puede expresarse a través de un dibujo. La pintura, el modelado o cualquier otro recurso plástico le permite “tratar” con el mundo en una forma más sencilla.

Jardín de niños y sus miedos sociales

Jardín de niños: precisamente ésta es la edad en que el mundo social del pequeño empieza a salir de los límites del hogar. La entrada en el jardín supone toda una revolución. Las normas que allí imperan son diferentes de las de casa. No sólo es un mundo nuevo y poblado de extraños, sino que debe acostumbrarse a compartir las atenciones de los mayores con otros chicos como él y, por si eso fuera poco, tiene que aprender a convivir y a controlarse. No es raro que a causa de toda esa presión, esté por un tiempo algo insoportable o que ocurra algún retroceso temporal en forma de caprichos con la comida, descontrol de necesidades fisiológicas o alteraciones del sueño.

Sobre la educación de los niños

No se puede retener en la cabeza todo lo que se lee sobre la educación de los niños. El saber teórico puede olvidarse, además de servir bien poco si no está envuelto en un gran amor y un gran respeto por el niño. Si esta condición esencial está dada, puede ocurrir —y de hecho ocurre a menudo— que en una situación difícil, cuando no sabemos qué hacer pero cuando tratamos con todas nuestras fuerzas de ponernos en el lugar de nuestro hijo y comprenderle, el deseo de ayudarle saque a la luz los conocimientos aparentemente olvidados. Como por arte de magia nace de nuestro subconsciente el don de hacer lo justo en el justo momento.

Niños hiperactivos sintomas

Hace poco me escribió una madre que estaba preocupada por lo inquieto y bullicioso que era su hijo. Según sus descripciones posiblemente se trataba de un niño hiperactivo, aunque a distancia, esto naturalmente no se puede diagnosticar. Alguien había sugerido a esta madre llevar a su hijo a un psicólogo infantil, pero a este respecto, ella se mostraba recelosa: «Yo desconfío de las pastillas. Para que me lo dejen bobo en un rincón, le prefiero tal como es. Es un chico muy listo y con el tiempo ya aprenderá».
Aunque tenía una idea muy equivocada de lo que es un psicólogo (en primer lugar, no prescribe pastillas), me gustó muchísimo esta madre. Estaba totalmente del lado de su hijo; le quería tal como era, por muy molesto que esto resultaba para ella. Y tenía fe en él, le creía capaz de mejorar.
Tengo una inmensa confianza en las fuerzas del bien que obran dentro del niño. Un niño quiere agradar, quiere llevarse bien con los que le rodean, quiere estar en armonía con el mundo. Necesita estimarse a sí mismo y que los demás le estimen. Si estos sentimientos positivos se estimulan y refuerzan, si los padres le muestran con sus actos y en su trato diario que su hijo es un ser valioso, digno de ser amado, sientan las bases para que el día de mañana sea una persona feliz y equilibrada.

Personalidad infantil

Un niño de cinco años que pronto va a entrar en la escuela, tiene ya un carácter bastante definido, aunque todavía no se puede saber a ciencia cierta cómo va a ser de mayor. Sin embargo, se ha comprobado en cientos de adultos que un niño que durante sus primeros años ha vivido una relación cálida y amistosa con los padres, tiene muchas más probabilidades de desarrollar los rasgos positivos de su carácter que otro que no ha tenido esta ocasión. Si la base es sólida, las crisis se superan y los errores cometidos pierden importancia. Es cuestión de tener fe en el niño, creerle capaz de hacer cosas buenas, estar siempre de su lado.

Tipos de castigos para niños

Un autor norteamericano recomienda en su libro el siguiente procedimiento para ayudar a un niño cnurético: Cada vez que el chico amanece con la cama seca, la madre pega una estrellita dorada en la fecha correspondiente del calendario. Ver cómo aumentan las estrellitas ya constituye de por sí un aliciente para el niño, pero, además, cada diez estrellas obtiene un premio especial. Según el autor, en muy poco tiempo el niño aprendería a no mojar la cama. Lo que no dice es qué pasa si el chaval no logra obtener ninguna estrella o si sólo consigue una muy de tarde en tarde. Tampoco queda claro si se trata de una enuresis primaria o secundaria. En la primaria, el niño aún no ha aprendido a controlar su vejiga porque en este área el desarrollo de su sistema nervioso está retrasado. Es difícil imaginarse que unas estrellitas vayan a acelerar su desarrollo, puesto que no depende de su voluntad. Tampoco premiamos a un niño pequeño por decir por primera vez «mamá» o porque ya ha aprendido a andar (mostrar alegría sobre estos logros es otra cosa).
Si se tratase de una enuresis secundaria, cuando el niño ya ha permanecido seco y por alguna causa vuelve a hacerse pis, las estrellitas por sí solas no investigarían qué problema o trastorno emocional ha llevado al niño a refugiarse en esta conducta regresiva. Se ocuparían de los síntomas sin preguntar por la causa (quizá de todos modos este sistema ayudaría al niño, pero no por los premios sino por dedicarse la madre intensamente a él, eliminando así la posible causa —el sentirse desatendido— que le ha llevado a mojar la cama).
Igual que en el caso de los castigos, también hay recompensas «naturales». La alegría por algo bien hecho, las sonrisas y el buen humor cuando todos están contentos, son premios que nunca coaccionan al niño ni le inducen al chantaje. Esto no quita que, a veces, también puedan ser materiales. «Gracias a vuestra ayuda hemos terminado todo el trabajo, así que podemos aprovechar la tarde para ir a la cafetería y comernos un helado». «Estoy tan contenta con vosotros que os he traído a todos un regalo».

Castigos para niños desobedientes

En los castigos «naturales» también pueden incluirse las muestras de enfado por parte de los padres. No es lo mismo mandar a un niño, desde nuestra altura de omnipotentes autoridades, a su cuarto porque «ya no queremos verle» que ponerle mala cara porque nos está fastidiando o decirle que nos molesta el que coja siempre nuestros bolígrafos. ¿No haríamos lo mismo con un amigo o con nuestro compañero? Hasta un ocasional cachete puede darse de forma amistosa y no autoritaria, como muestra el ejemplo del totalmente antiautoritario A. S. Neill, quien en una ocasión que él mismo relata corrió tras unos chavales para zarandearlos cuando éstos habían bombardeado su sombrero con unas durísimas bolas de nieve. Hizo exactamente lo mismo que hubiera hecho un chico de la misma edad de sus atacantes. No obró desde su altura de educador sino como un igual.
También los premios pueden emanar tanto de una posición de autoridad como de otra de amistad. Los premios autoritarios siempre están acoplados a una condición: si haces esto, te daré lo otro. Dinero para la hucha, un regalo, una salida especial, un caramelo… Uno de los peligros que encierran los premios y recompensas es que con el tiempo los niños ya no quieran hacer nada sin ellos, y la inicial promesa de «si haces esto, te compro…» se convierta en el chantaje de «¿si hago esto, me compras…?».
También pueden ser injustos, sobre todo si hay varios hermanos. Cada uno tiene sus virtudes y defectos, pero para los padres, una virtud puede ser más útil que otra, o un defecto menos molesto que otro. Pongamos que quieren reforzar con premios el sentido del orden en sus hijos. Quien recoge todas las tardes sus juguetes recibirá un duro para la hucha. Sería una medida totalmente injusta si uno de sus hijos fuese un pequeño metódico a quien le guste ver todos sus coches puestos en fila, mientras que la virtud del otro consistiese en dibujar maravillosos paisajes. Al primero le costaría muy poco esfuerzo ser ordenado, y su hucha se llenaría rápidamente. El saber dibujar, en cambio, no proporciona ningún beneficio inmediato a los padres, con lo que el segundo hijo se quedaría siempre corto. Siendo una característica tan buena como la otra, una sería premiada y la otra no.
Por otra parte, utilizar los premios como refuerzo para fijar determinada conducta o fomentar determinado aprendizaje constituye un sistema que a menudo no llega al quid de la -cuestión.

Castigos para niños

Sin embargo, aún siguen estando muy en boga castigos como «quedarse sin televisión», «quedarse sin postre», «no salir con los amigos», «ahora te vas a la cama» o «vete porque ya no te quiero». Todos estos castigos salen de la superioridad física o psíquica de los padres. Sería imposible que los impusiera un igual a otro igual. Pero, además de ser autoritarios, su eficacia es más que dudosa. Efectivamente, aplicándolos consecuentemente siempre en la misma situación, se podría lograr que el niño dejase determinada conducta. ¡Pero a qué precio! En primer lugar, no refuerzan precisamente los sentimientos cariñosos de los chicos hacia sus padres. Y además: si un programa televisivo de por sí es malo para el niño, no dejárselo ver no sería un castigo sino una medida de protección. Si es bueno para él, el prohibírselo le dejaría sin un entretenimiento positivo o una enseñanza útil. La prohibición de jugar con los amigos puede hacer que prescinda de pisar los charcos y ensuciarse, pero hasta que el «reflejo condicionado» empiece a funcionar, se habrá quedado tantas veces sin jugar con sus amigos que al final se queda sin ninguno y se convierte en un solitario. El quedarse sin postre o ser recompensado con un dulce da una importancia desmesurada a las golosinas, hasta tal punto que, de adulto, el individuo podría llegar a encontrar en ellas su principal consuelo ante las adversidades de la vida, con todos los problemas psíquicos y de obesidad que esto llevaría consigo.
Pero también existen «castigos» contra los que no hay nada que objetar, porque en realidad no lo son. Me refiero a las consecuencias naturales que tienen determinados actos y a los que también los adultos estamos sometidos. Si el niño no quiere comer, pues que no coma, pero naturalmente no habrá golosinas ni ningún otro «extra» hasta la comida siguiente. Si llega tarde a la mesa, tomará la comida fría o terminará el plato solo, cuando los demás yñ se han levantado. Si se empeña en salir sin anorak, aun después de haberle prevenido de que seguramente va a llover, se mojará, igual que un adulto que ha olvidado su paraguas. No son los padres sino la vida misma la que imparte estos castigos. Naturalmente hay que tomar en cuenta la edad del chico. Un niño de dos años no prevé las consecuencias de sus actos igual que otro de cinco. Tampoco se debe llevar la filosofía de los castigos naturales tan lejos como para dejar a un niño remolón siempre sin comer, o como para permitir a un pequeño fanático de su independencia personal que salga desnudo a la nieve. De todas formas, en un niño cuyas relaciones afectivas con los padres no están trastornadas, estos extremos no ocurren. Para ello es demasiado fuerte su instinto de supervivencia. Ya comerá cuando tenga hambre y ya vendrá a cobijarse cuando tenga frío o esté mojado. Sólo a un niño perturbado en su afecto hacia los padres se le podría ocurrir salir desnudo al frío, para «castigar» a los padres («Ya verán si cojo una pulmonía y me muero. Entonces se arrepentirán de todo lo que me han hecho»). Pero estos son casos especiales, fuertes señales de alarma que en cualquier caso necesitan ser tratados por un profesional.

Educar a nuestros hijos

Hay otro punto que habla en contra del sistema del adiestramiento: la terrible incomodidad que supone para los padres. Igual que el domador de tigres que no puede permitirse flaquezas y siempre tiene que darles un trozo de carne cuando saltan por el aro, y siempre debe propinarles un latigazo cuando no lo hacen, los padres que quieren que su sistema de premios y castigos sea eficaz, nunca pueden hacer la vista gorda. Necesitan ser consecuentes en todo momento. Si hoy el niño es castigado con un cachete cuando toca el televisor, y mañana se pasa el hecho por alto —sea porque los padres están ocupados en otra cosa, sea que están cansados de decir lo mismo por enésima vez o simplemente no se han dado cuenta— al chico nunca se le creará un buen reflejo condicioado de «tocar el televisor = castigo».

Dos caras de la misma moneda:
Aunque muchos padres siguen «trabajando» con castigos en la educación de sus hijos, parece claro que pasar las conductas indeseadas por alto y reforzar, en cambio, las buenas con elogios y premios, siempre resulta mejor y menos traumatizante para el niño. Pero mirándolo bien, premios y castigos son sólo las dos distintas caras de una misma moneda. Ambas emanan de una posición de fuerza. Son los padres que. desde su superioridad, establecen qué clase de conducta es deseada y cuál es indeseada. Es la autoridad la que guía a los dependientes de ella.
Se nota con especial claridad cuánto tienen que ver los premios con los castigos si pensamos que un premio prometido se convierte automáticamente en castigo si el niño no logra cumplir con esa conducta deseada merecedora de un premio. «Si ordenas rápidamente tu habitación iremos a ver los títeres». Si el niño no logra dejar todo ordenado, sea porque la tarea es superior a sus fuerzas, sea porque su idea del orden es otra que la de la madre, la promesa del premio se convierte en el castigo de «porque eres tan desordenado no te llevo a ver los títeres».
Afortunadamente, los castigos drásticos ya están erradicados de la educación moderna. Ya nadie está a favor de las grandes palizas, antaño consideradas como una medida educativa «normal». Desgraciadamente, aún ocurren, pero no porque los padres las consideren un método bueno, sino, digamos, en contra de su voluntad consciente, porque tienen gravísimos problemas emocionales o viven una situación extremadamente adversa. (Casi dan tanta lástima como los niños maltratados, porque nadie medianamente feliz es capaz de maltratar a un ser indefenso).
Ninguna madre actual encerrará a su tembloroso niño en un cuarto oscuro ni le amenazará con un «verás cuando venga papá», para que éste tome las medidas punitivas que ambos creen oportunas para hacer «entrar en razón» a su hijo.

Consejos de educacion infantil

Para el niño pequeño, los padres son inmensamente poderosos. Los cree mucho más sabios, fuertes, capaces e inteligentes de lo que son en realidad. Desde su punto de vista no hay nada que los padres no sepan. Además, están en posesión de todo lo que el niño necesita, desde la comida hasta las caricias. Y todo ello ya de por sí, sin que los padres tengan que reforzar en nada su posición aventajada.
Desde luego, la tentación de aprovecharse de esta autoridad es grande. Resulta tan fácil decir: «Si no terminas tu plato, no vas a ver la televisión». O por el contrario: «Si terminas pronto tu plato, te voy a leer un cuento». Hasta se comprende la preocupación de los padres de que su hijo esté bien alimentado. Sin embargo, forzar a un niño con premios o castigos a hacer algo que es de exclusiva incumbencia suya —tener hambre o no: gustarle un alimento o no— resulta lisa y llanamente un abuso de poder. Mediante una autoridad autoadjudicada, se obliga al niño a algo que no quiere, sin preocuparse por sus motivaciones. ¿Quizá está incubando una enfermedad y no tiene apetito? ¿Le habrá dado la abuela unas galletas a media mañana? ¿El sabor de las espinacas le resulta repugnante?
Sin embargo, los premios y castigos siguen estando casi tan extendidos como en el siglo pasado, cuando nadie podía imaginar una educación infantil sin un rígido adiestramiento.
Además de ser un abuso de poder, el sistema de la «programación» de los niños también acuña determinado carácter, aunque no siempre es previsible cómo reaccionará el niño. Algunos se vuelven tímidos, miedosos, siempre pendientes de la reacción que su comportamiento despierta en el educador; otros, en cambio, se rebelan, llegando a odiar a sus padres. Y más tarde, es muy dudoso que se conviertan en adultos equilibrados y felices.
Finalmente, el poder de los padres también se desgasta, volviéndose sus medidas cada vez menos eficaces. El niño pequeño, extremadamente necesitado de todo lo que poseen los padres, obedecerá si se le adiestra adecuadamente. Pero a medida que crezca y se vuelva más independiente, los premios serán cada vez menos atractivos y los castigos cada vez menos aterradores. La amenaza de una bofetada ya no le puede asustar, porque echará a correr, y el retiro de la benevolencia de los padres le conmoverá poco, pues tiene la pandilla de sus amigos o encuentra en la escuela compensaciones a través de otros adultos.
Así llegan a una edad en la que los padres pierden toda influencia sobre sus hijos. «Ya no tenemos ninguna autoridad», se lamentan muchos padres de hijos adolescentes. Pero no se empieza de repente a ser «el mejor amigo» de un chico si durante los quince años anteriores se ha sido una autoridad absoluta.