Archivo para la Categoría » educacion de los niños «

¿Es preferible que se lleven mucho o poco?

La diferencia de edad entre ambos hermanos evita la existencia de celos y en este caso ha mejorado aún más las relaciones entre el padre y los hijos. Según Antonio, «para mi hijo mayor ha supuesto una reafirmación de la relación de afecto y cariño que teníamos. Él está encantado con tener un hermano pequeño y esto ha despertado otra forma de ternura y un sentimiento de protección que ahora está experimentando con el bebé. La llegada del pequeño ha sido muy benéfica para el mayor».

Cuando la diferencia de edad es amplia, los hermanos mayores suelen ayudar en las tareas de cuidado y entretenimiento de los pequeños.
Sara, quien lo conoce todo (es madre de una niña de diez, un niño de nueve y otro de dos), no se atreve a dar una opinión tajante: «Todo tiene sus pros y sus contras. Dos de edades parecidas te vuelven loca, para los baños, las comidas, la hora de acostarlos, las peleas…, pero también te agrada verlos crecer juntos». Para Marisa, que combina el trabajo en su salón de belleza con la crianza de dos niñas de cinco y siete años, «es el ahora o nunca y por mucho trabajo que dé tenerlos seguidos, es mejor.
Lo mismo dice Eva, madre de dos niños que se llevan 11 meses: «No lo queríamos así, fue un accidente, pero bendito sea, al principio resultó duro, pero ahora da gloria».

«Yo lo prefiero, porque haces una pausa en tu vida profesional -cuenta Miriam, con una excedencia laboral de cinco años y dos niños de dos y cuatro años-, los crías y luego vuelves a trabajar».
En este caso, también el costo económico que supone criar al segundo hijo resulta más reducido porque se aprovechan los juguetes, la ropa y otros enseres que han quedado del mayor. Marisa bromea con su marido sobre su hija Claudia como «el saco de las herencias de su hermana Lucía», y añade: «A veces pensamos en su reacción cuando de mayor vea fotos suyas de cuando era bebé con todas las cosas de su hermana».

Los celos del mayor tienen su lado bueno

Uno de los puntos más preocupantes para los padres es el comportamiento celoso que pueda tener su primer hijo ante la llegada de un hermano o hermana, sobre todo cuando la diferencia de edad es poca.
Esta reacción surge, según la psicóloga infantil Mercedes Navarro, «porque el niño se siente amenazado en su territorio. Es la primera vez que tiene que compartir lo más valioso para él, que son sus padres y el tiempo que pasa con ellos». Pero, según la psicóloga, tener hermanos tiene sus ventajas: «El hijo mayor sufre un proceso de maduración, con pequeñas responsabilidades, aprende a elegir y a tomar decisiones por sí mismo; mientras que para el pequeño la existencia del hermano mayor supone una estimulación continua y un modelo de referencia que acelera el aprendizaje».

Las envidias, en ocasiones, se deben a la falta de tacto por parte de los padres y los amigos. Para Concha O. V., que acaba de tener su tercer hijo, «la gente hace muy mal, porque sólo se fijan en el bebé y no le prestan ninguna atención al hermano mayor».
En el caso de Antonio García su primogénito no tiene celos, al contrario: «está encantado». Su segundo hijo llegó ocho años después que el primero.

Libertad de expresión en el niño

Cuando un niño necesita comunicar algo -un sentimiento, una experiencia, un pensamiento- lo puede hacer verbalmente. Pero si se siente incapaz de nombrar lo que le pasa o las palabras le resultan insuficientes, puede expresarse a través de un dibujo. La pintura, el modelado o cualquier otro recurso plástico le permite “tratar” con el mundo en una forma más sencilla.

Jardín de niños y sus miedos sociales

Jardín de niños: precisamente ésta es la edad en que el mundo social del pequeño empieza a salir de los límites del hogar. La entrada en el jardín supone toda una revolución. Las normas que allí imperan son diferentes de las de casa. No sólo es un mundo nuevo y poblado de extraños, sino que debe acostumbrarse a compartir las atenciones de los mayores con otros chicos como él y, por si eso fuera poco, tiene que aprender a convivir y a controlarse. No es raro que a causa de toda esa presión, esté por un tiempo algo insoportable o que ocurra algún retroceso temporal en forma de caprichos con la comida, descontrol de necesidades fisiológicas o alteraciones del sueño.

Sobre la educación de los niños

No se puede retener en la cabeza todo lo que se lee sobre la educación de los niños. El saber teórico puede olvidarse, además de servir bien poco si no está envuelto en un gran amor y un gran respeto por el niño. Si esta condición esencial está dada, puede ocurrir —y de hecho ocurre a menudo— que en una situación difícil, cuando no sabemos qué hacer pero cuando tratamos con todas nuestras fuerzas de ponernos en el lugar de nuestro hijo y comprenderle, el deseo de ayudarle saque a la luz los conocimientos aparentemente olvidados. Como por arte de magia nace de nuestro subconsciente el don de hacer lo justo en el justo momento.

Niños hiperactivos sintomas

Hace poco me escribió una madre que estaba preocupada por lo inquieto y bullicioso que era su hijo. Según sus descripciones posiblemente se trataba de un niño hiperactivo, aunque a distancia, esto naturalmente no se puede diagnosticar. Alguien había sugerido a esta madre llevar a su hijo a un psicólogo infantil, pero a este respecto, ella se mostraba recelosa: «Yo desconfío de las pastillas. Para que me lo dejen bobo en un rincón, le prefiero tal como es. Es un chico muy listo y con el tiempo ya aprenderá».
Aunque tenía una idea muy equivocada de lo que es un psicólogo (en primer lugar, no prescribe pastillas), me gustó muchísimo esta madre. Estaba totalmente del lado de su hijo; le quería tal como era, por muy molesto que esto resultaba para ella. Y tenía fe en él, le creía capaz de mejorar.
Tengo una inmensa confianza en las fuerzas del bien que obran dentro del niño. Un niño quiere agradar, quiere llevarse bien con los que le rodean, quiere estar en armonía con el mundo. Necesita estimarse a sí mismo y que los demás le estimen. Si estos sentimientos positivos se estimulan y refuerzan, si los padres le muestran con sus actos y en su trato diario que su hijo es un ser valioso, digno de ser amado, sientan las bases para que el día de mañana sea una persona feliz y equilibrada.

Personalidad infantil

Un niño de cinco años que pronto va a entrar en la escuela, tiene ya un carácter bastante definido, aunque todavía no se puede saber a ciencia cierta cómo va a ser de mayor. Sin embargo, se ha comprobado en cientos de adultos que un niño que durante sus primeros años ha vivido una relación cálida y amistosa con los padres, tiene muchas más probabilidades de desarrollar los rasgos positivos de su carácter que otro que no ha tenido esta ocasión. Si la base es sólida, las crisis se superan y los errores cometidos pierden importancia. Es cuestión de tener fe en el niño, creerle capaz de hacer cosas buenas, estar siempre de su lado.

Tipos de castigos para niños

Un autor norteamericano recomienda en su libro el siguiente procedimiento para ayudar a un niño cnurético: Cada vez que el chico amanece con la cama seca, la madre pega una estrellita dorada en la fecha correspondiente del calendario. Ver cómo aumentan las estrellitas ya constituye de por sí un aliciente para el niño, pero, además, cada diez estrellas obtiene un premio especial. Según el autor, en muy poco tiempo el niño aprendería a no mojar la cama. Lo que no dice es qué pasa si el chaval no logra obtener ninguna estrella o si sólo consigue una muy de tarde en tarde. Tampoco queda claro si se trata de una enuresis primaria o secundaria. En la primaria, el niño aún no ha aprendido a controlar su vejiga porque en este área el desarrollo de su sistema nervioso está retrasado. Es difícil imaginarse que unas estrellitas vayan a acelerar su desarrollo, puesto que no depende de su voluntad. Tampoco premiamos a un niño pequeño por decir por primera vez «mamá» o porque ya ha aprendido a andar (mostrar alegría sobre estos logros es otra cosa).
Si se tratase de una enuresis secundaria, cuando el niño ya ha permanecido seco y por alguna causa vuelve a hacerse pis, las estrellitas por sí solas no investigarían qué problema o trastorno emocional ha llevado al niño a refugiarse en esta conducta regresiva. Se ocuparían de los síntomas sin preguntar por la causa (quizá de todos modos este sistema ayudaría al niño, pero no por los premios sino por dedicarse la madre intensamente a él, eliminando así la posible causa —el sentirse desatendido— que le ha llevado a mojar la cama).
Igual que en el caso de los castigos, también hay recompensas «naturales». La alegría por algo bien hecho, las sonrisas y el buen humor cuando todos están contentos, son premios que nunca coaccionan al niño ni le inducen al chantaje. Esto no quita que, a veces, también puedan ser materiales. «Gracias a vuestra ayuda hemos terminado todo el trabajo, así que podemos aprovechar la tarde para ir a la cafetería y comernos un helado». «Estoy tan contenta con vosotros que os he traído a todos un regalo».

Castigos para niños desobedientes

En los castigos «naturales» también pueden incluirse las muestras de enfado por parte de los padres. No es lo mismo mandar a un niño, desde nuestra altura de omnipotentes autoridades, a su cuarto porque «ya no queremos verle» que ponerle mala cara porque nos está fastidiando o decirle que nos molesta el que coja siempre nuestros bolígrafos. ¿No haríamos lo mismo con un amigo o con nuestro compañero? Hasta un ocasional cachete puede darse de forma amistosa y no autoritaria, como muestra el ejemplo del totalmente antiautoritario A. S. Neill, quien en una ocasión que él mismo relata corrió tras unos chavales para zarandearlos cuando éstos habían bombardeado su sombrero con unas durísimas bolas de nieve. Hizo exactamente lo mismo que hubiera hecho un chico de la misma edad de sus atacantes. No obró desde su altura de educador sino como un igual.
También los premios pueden emanar tanto de una posición de autoridad como de otra de amistad. Los premios autoritarios siempre están acoplados a una condición: si haces esto, te daré lo otro. Dinero para la hucha, un regalo, una salida especial, un caramelo… Uno de los peligros que encierran los premios y recompensas es que con el tiempo los niños ya no quieran hacer nada sin ellos, y la inicial promesa de «si haces esto, te compro…» se convierta en el chantaje de «¿si hago esto, me compras…?».
También pueden ser injustos, sobre todo si hay varios hermanos. Cada uno tiene sus virtudes y defectos, pero para los padres, una virtud puede ser más útil que otra, o un defecto menos molesto que otro. Pongamos que quieren reforzar con premios el sentido del orden en sus hijos. Quien recoge todas las tardes sus juguetes recibirá un duro para la hucha. Sería una medida totalmente injusta si uno de sus hijos fuese un pequeño metódico a quien le guste ver todos sus coches puestos en fila, mientras que la virtud del otro consistiese en dibujar maravillosos paisajes. Al primero le costaría muy poco esfuerzo ser ordenado, y su hucha se llenaría rápidamente. El saber dibujar, en cambio, no proporciona ningún beneficio inmediato a los padres, con lo que el segundo hijo se quedaría siempre corto. Siendo una característica tan buena como la otra, una sería premiada y la otra no.
Por otra parte, utilizar los premios como refuerzo para fijar determinada conducta o fomentar determinado aprendizaje constituye un sistema que a menudo no llega al quid de la -cuestión.

Castigos para niños

Sin embargo, aún siguen estando muy en boga castigos como «quedarse sin televisión», «quedarse sin postre», «no salir con los amigos», «ahora te vas a la cama» o «vete porque ya no te quiero». Todos estos castigos salen de la superioridad física o psíquica de los padres. Sería imposible que los impusiera un igual a otro igual. Pero, además de ser autoritarios, su eficacia es más que dudosa. Efectivamente, aplicándolos consecuentemente siempre en la misma situación, se podría lograr que el niño dejase determinada conducta. ¡Pero a qué precio! En primer lugar, no refuerzan precisamente los sentimientos cariñosos de los chicos hacia sus padres. Y además: si un programa televisivo de por sí es malo para el niño, no dejárselo ver no sería un castigo sino una medida de protección. Si es bueno para él, el prohibírselo le dejaría sin un entretenimiento positivo o una enseñanza útil. La prohibición de jugar con los amigos puede hacer que prescinda de pisar los charcos y ensuciarse, pero hasta que el «reflejo condicionado» empiece a funcionar, se habrá quedado tantas veces sin jugar con sus amigos que al final se queda sin ninguno y se convierte en un solitario. El quedarse sin postre o ser recompensado con un dulce da una importancia desmesurada a las golosinas, hasta tal punto que, de adulto, el individuo podría llegar a encontrar en ellas su principal consuelo ante las adversidades de la vida, con todos los problemas psíquicos y de obesidad que esto llevaría consigo.
Pero también existen «castigos» contra los que no hay nada que objetar, porque en realidad no lo son. Me refiero a las consecuencias naturales que tienen determinados actos y a los que también los adultos estamos sometidos. Si el niño no quiere comer, pues que no coma, pero naturalmente no habrá golosinas ni ningún otro «extra» hasta la comida siguiente. Si llega tarde a la mesa, tomará la comida fría o terminará el plato solo, cuando los demás yñ se han levantado. Si se empeña en salir sin anorak, aun después de haberle prevenido de que seguramente va a llover, se mojará, igual que un adulto que ha olvidado su paraguas. No son los padres sino la vida misma la que imparte estos castigos. Naturalmente hay que tomar en cuenta la edad del chico. Un niño de dos años no prevé las consecuencias de sus actos igual que otro de cinco. Tampoco se debe llevar la filosofía de los castigos naturales tan lejos como para dejar a un niño remolón siempre sin comer, o como para permitir a un pequeño fanático de su independencia personal que salga desnudo a la nieve. De todas formas, en un niño cuyas relaciones afectivas con los padres no están trastornadas, estos extremos no ocurren. Para ello es demasiado fuerte su instinto de supervivencia. Ya comerá cuando tenga hambre y ya vendrá a cobijarse cuando tenga frío o esté mojado. Sólo a un niño perturbado en su afecto hacia los padres se le podría ocurrir salir desnudo al frío, para «castigar» a los padres («Ya verán si cojo una pulmonía y me muero. Entonces se arrepentirán de todo lo que me han hecho»). Pero estos son casos especiales, fuertes señales de alarma que en cualquier caso necesitan ser tratados por un profesional.