Dos caras de la misma moneda.
Aunque muchos padres siguen «trabajando» con castigos en la educación de sus hijos, parece claro que pasar las conductas indeseadas por alto y reforzar, en cambio, las buenas con elogios y premios, siempre resulta mejor y menos traumatizante para el niño. Pero mirándolo bien, premios y castigos son sólo las dos distintas caras de una misma moneda. Ambas emanan de una posición de fuerza. Son los padres que. desde su superioridad, establecen qué clase de conducta es deseada y cuál es indeseada. Es la autoridad la que guía a los dependientes de ella.
Se nota con especial claridad cuánto tienen que ver los premios con los castigos si pensamos que un premio prometido se convierte automáticamente en castigo si el niño no logra cumplir con esa conducta deseada merecedora de un premio. «Si ordenas rápidamente tu habitación iremos a ver los títeres». Si el niño no logra dejar todo ordenado, sea porque la tarea es superior a sus fuerzas, sea porque su idea del orden es otra que la de la madre, la promesa del premio se convierte en el castigo de «porque eres tan desordenado no te llevo a ver los títeres».
Afortunadamente, los castigos drásticos ya están erradicados de la educación moderna. Ya nadie está a favor de las grandes palizas, antaño consideradas como una medida educativa «normal». Desgraciadamente, aún ocurren, pero no porque los padres las consideren un método bueno, sino, digamos, en contra de su voluntad consciente, porque tienen gravísimos problemas emocionales o viven una situación extremadamente adversa. (Casi dan tanta lástima como los niños maltratados, porque nadie medianamente feliz es capaz de maltratar a un ser indefenso).
Ninguna madre actual encerrará a su tembloroso niño en un cuarto oscuro ni le amenazará con un «verás cuando venga papá», para que éste tome las medidas punitivas que ambos creen oportunas para hacer «entrar en razón» a su hijo.
Sin embargo, aún siguen estando muy en boga castigos como «quedarse sin televisión», «quedarse sin postre», «no salir con los amigos», «ahora te vas a la cama» o «vete porque ya no te quiero». Todos estos castigos salen de la superioridad física o psíquica de los padres. Sería imposible que los impusiera un igual a otro igual. Pero, además de ser autoritarios, su eficacia es más que dudosa. Efectivamente, aplicándolos consecuentemente siempre en la misma situación, se podría lograr que el niño dejase determinada conducta. ¡Pero a qué precio! En primer lugar, no refuerzan precisamente los sentimientos cariñosos de los chicos hacia sus padres. Y además: si un programa televisivo de por sí es malo para el niño, no dejárselo ver no sería un castigo sino una medida de protección. Si es bueno para él, el prohibírselo le dejaría sin un entretenimiento positivo o una enseñanza útil. La prohibición de jugar con los amigos puede hacer que prescinda de pisar los charcos y ensuciarse, pero hasta que el «reflejo condicionado» empiece a funcionar, se habrá quedado tantas veces sin jugar con sus amigos que al final se queda sin ninguno y se convierte en un solitario. El quedarse sin postre o ser recompensado con un dulce da una importancia desmesurada a las golosinas, hasta tal punto que, de adulto, el individuo podría llegar a encontrar en ellas su principal consuelo ante las adversidades de la vida, con todos los problemas psíquicos y de obesidad que esto llevaría consigo. El mandar a un niño a la cama como castigo, le haría asociar la cama con algo desagradable, con la consecuencia de que pronto se presentarían problemas a la hora de acostarse (también es útil conocer el mecanismo de los reflejos condicionados para no aplicarlos). Retirarle el amor a un niño siempre es peligroso, porque no lo relaciona.con la mala acción sino con su persona; no es malo lo que ha hecho sino él es malo.
Miremos el asunto como lo miremos, los castigos o son ineficaces o perjudican al niño. Si se aplican sólo de vez en cuando, no dan resultado (sólo le fastidian); si a determinada acción sigue siempre el mismo castigo, seguramente dejará la acción determinada, pero al precio de quedar trastornado en su personalidad.
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Finalmente, el poder de los padres también se desgasta, volviéndose sus medidas cada vez menos eficaces. El niño pequeño, extremadamente necesitado de todo lo que poseen los padres, obedecerá si se le adiestra adecuadamente. Pero a medida que crezca y se vuelva más independiente, los premios serán cada vez menos atractivos y los castigos cada vez menos aterradores. La amenaza de una bofetada ya no le puede asustar, porque echará a correr, y el retiro de la benevolencia de los padres le conmoverá poco, pues tiene la pandilla de sus amigos o encuentra en la escuela compensaciones a través de otros adultos.
Así llegan a una edad en la que los padres pierden toda influencia sobre sus hijos. «Ya no tenemos ninguna autoridad», se lamentan muchos padres de hijos adolescentes. Pero no se empieza de repente a ser «el mejor amigo» de un chico si durante los quince años anteriores se ha sido una autoridad absoluta.
Hay otro punto que habla en contra del sistema del adiestramiento: la terrible incomodidad que supone para los padres. Igual que el domador de tigres que no puede permitirse flaquezas y siempre tiene que darles un trozo de carne cuando saltan por el aro, y siempre debe propinarles un latigazo cuando no lo hacen, los padres que quieren que su sistema de premios y castigos sea eficaz, nunca pueden hacer la vista gorda. Necesitan ser consecuentes en todo momento. Si hoy el niño es castigado con un cachete cuando toca el televisor, y mañana se pasa el hecho por alto —sea porque los padres están ocupados en otra cosa, sea que están cansados de decir lo mismo por enésima vez o simplemente no se han dado cuenta— al chico nunca se le creará un buen reflejo condicioado de «tocar el televisor = castigo».
Para el niño pequeño, los padres son inmensamente poderosos. Los cree mucho más sabios, fuertes, capaces e inteligentes de lo que son en realidad. Desde su punto de vista no hay nada que los padres no sepan. Además, están en posesión de todo lo que el niño necesita, desde la comida hasta las caricias. Y todo ello ya de por sí, sin que los padres tengan que reforzar en nada su posición aventajada.
Desde luego, la tentación de aprovecharse de esta autoridad es grande. Resulta tan fácil decir: «Si no terminas tu plato, no vas a ver la televisión». O por el contrario: «Si terminas pronto tu plato, te voy a leer un cuento». Hasta se comprende la preocupación de los padres de que su hijo esté bien alimentado. Sin embargo, forzar a un niño con premios o castigos a hacer algo que es de exclusiva incumbencia suya —tener hambre o no: gustarle un alimento o no— resulta lisa y llanamente un abuso de poder. Mediante una autoridad autoadjudicada, se obliga al niño a algo que no quiere, sin preocuparse por sus motivaciones. ¿Quizá está incubando una enfermedad y no tiene apetito? ¿Le habrá dado la abuela unas galletas a media mañana? ¿El sabor de las espinacas le resulta repugnante?
Sin embargo, los premios y castigos siguen estando casi tan extendidos como en el siglo pasado, cuando nadie podía imaginar una educación infantil sin un rígido adiestramiento.
Además de ser un abuso de poder, el sistema de la «programación» de los niños también acuña determinado carácter, aunque no siempre es previsible cómo reaccionará el niño. Algunos se vuelven tímidos, miedosos, siempre pendientes de la reacción que su comportamiento despierta en el educador; otros, en cambio, se rebelan, llegando a odiar a sus padres. Y más tarde, es muy dudoso que se conviertan en adultos equilibrados y felices.
Y esto es lo que el niño precisamente no puede hacer, porque se encuentra extremadamente dependiente de los padres. Desde luego, es posible inducir a un niño pequeño a hacer lo que queramos que haga. Con un programa consecuente de premios para las «buenas» acciones y de castigos para las «malas», los padres pueden conseguir hasta que baile sobre una cuerda floja. Después de algún tiempo ni siquiera harán falta los premios y los castigos; bastará con anunciarlos. Si veinte veces ha recibido una bofetada por hablar con la boca llena y otras veinte veces un premio por comportarse bien en la mesa, sólo hará falta la promesa del premio o la amenaza del castigo para que el niño actúe de la forma deseada. Finalmente se le habrá creado el «reflejo condicionado» de «hay que comportarse bien en la mesa».
A pesar de que este adiestramiento efectivamente tiene buenos resultados —al menos en el caso de algunos comportamientos— no me parece el mejor camino de tratar a un niño.
Primero, porque significa un abuso de poder. Llevado al mundo de los adultos sería comparable a la esposa extremadamente dependiente de su marido, que ante la amenaza de abandonarla —o en espera de una palabra amable de la que está necesitada por carecer de otras compensaciones— se apresura a cumplir con todo lo que éste desee. También lo podríamos comparar con el comportamiento de un trabajador que accede a todas las exigencias de un patrón despótico porque necesita el sueldo para alimentar a su familia y vive en una situación en que no encontraría otro trabajo y en que no hubiera sindicatos para protegerle.
¿Por qué no hacen caso?
Funcionar según un programa.
Hace ya bastantes años, unos científicos rusos hicieron el siguiente experimento: cada vez que daban de comer a un perro, ponían en acción una campana. Al animal, en espera de la comida, se le hacía la boca agua. Su hambre se vio siempre satisfecha, pero nunca hubo ningún hueso sin sonar al mismo tiempo una campana, de manera que el perro aprendió a asociar la campana con la comida. Al cabo de un tiempo, el mero sonar de la campana le provocaba la misma típica salivación que normalmente los perros sólo experimentan cuando comen o esperan la comida. Se trata del famoso perro de Pavlov; habían inventado el «reflejo condicionado». El reflejo fisiológico de la salivación se había convertido en un reflejo psicológico *.
De ello se puede deducir que, si la acción A va siempre asociada a la acción B, el individuo llega a reaccionar de la misma forma tanto ante A como ante B.
En mi casa nos estamos aprovechando de este conocimiento con nuestros gatos Castor y Pólux, aunque no es la saliva la que nos interesa en este caso. Hacemos sonar una campanilla cuando les damos de comer, para que no se pierdan y acudan siempre a casa cuando la oigan. Queremos que asocien la acción A de comer (que es agradable) con la acción B de sonar una campanilla (que en sí se supone indiferente para unos gatos).
¿Funciona este sistema también con los niños?
De forma natural e inconsciente lo estamos aplicando todos los días. Si nuestro hijo hace algo que nos gusta le sonreímos y le mostramos nuestra alegría; si lo que hace nos parece mal. le mostramos nuestro desagrado. Con el tiempo aprende que determinados comportamientos son deseados y que otros no lo son. Esto reza también para el comportamiento entre adultos, aunque con alguna salvedad. Si veo que a mi marido le molesta que lleve vestidos rojos, pongamos por caso, trataré de evitar los vestidos rojos en su presencia. Sin embargo, si le molesta que lea en la cama o que visite a mi madre, cosas que me importan mucho y a las que no quiero renunciar, discuto el asunto con él para llegar a un acuerdo.
De estos descubrimientos se desarrolló más tarde la «reflexologia», una rama de la psicología que pretende reducir todo comportamiento humano a unos reflejos heredados (incondicionados) o aprendidos (condicionados). Esta rama está emparentada con el «behaviorismo» o «conductismo», fundada por J. B. Watson. que también rechaza la autoobservación y transmisión de experiencias, basando la psicología exclusivamente en el comportamiento observable objetivamente y cambiante según las influencia del medio ambiente. Aunque en la psicología general no se ha podido imponer este punto de vista, se utiliza todavía en la psicología infantil y animal.
Fobias.
En el niño pequeño se presentan a veces extrañas fobias que nadie se explica. De repente tienen miedo al agua, a determinada prenda o a alguna persona. En ocasiones, los padres encuentran la causa, otras veces el problema se resuelve por sí solo y, en algunos pocos casos, se convierte en una fobia persistente que, en todo caso, necesita tratamiento.
He conocido a una niña que lloraba siempre que veía a su abuela; un niño gritaba muerto de miedo cuando se ponía en marcha la batidora (aunque los ruidos de los demás electrodomésticos le dejaban frío); otra niña no podía ver a su madre en una fotografía; y dos hermanos (que en una tormenta fuerte se reían y daban palmas) gritaban de terror cuando el agua de la bañera se iba por el desagüe formando un remolino.
Ignoramos lo que pasa por la cabeza de un niño. No podemos saber qué recuerdos tiene de sus primerísimos días o incluso de su vida intrauterina. Generalmente, se puede esperar tranquilamente, sin regañar al niño ni reírse de él, a que estas extrañezas se le pasen. Pero si se convierten en un problema continuo que envenena toda su vida —el terror a quedarse en una habitación cerrada o el miedo a cruzar una plaza, son fobias reales— urge una psicoterapia para devolver al niño la alegría de vivir.
Autoagresión.
Aunque se trate de una conducta indeseada, en cierto modo se comprende al niño que se muestra agresivo hacia otros. Pero si su agresividad se vuelve contra sí mismo, los padres se sorprenden y se preocupan.
En principio, la agresividad es algo normal en el niño. Con ella demuestra que él es alguien, que tiene cierto poder en el mundo, una fuerza que le permite superar los obstáculos con que se encuentra. Cuando no puede expresar esta agresividad, cuando no puede jugar y pelearse, aparecen síntomas como arrancarse los cabellos o golpearse la cabeza contra la pared. Esto se agrava si los padres son muy severos o prohibitivos. El niño no puede expresar su rabia contra ellos, pero tampoco encuentra una válvula de escape en las peleas con otros niños. No siempre se daña a sí mismo de forma clara. También puede sufrir un accidente tras otro, una forma aún más velada de mostrar que se siente poco querido o inhibido por las múltiples prohibiciones que le infligen.
Como en todos los síntomas de alarma, existen muchos matices. El niño que sólo ocasionalmente se lastima en una rabieta, superará su frustración más tarde o más temprano. En casos más graves, los padres deben preguntarse si su hijo tiene la necesaria libertad para desenvolverse o si le prohiben o le frenan demasiado.
Morderse las uñas.
La reacción menos adecuada es regañar al niño, pegarle en la mano o, como antes se aconsejaba a veces, embadurnar las uñas con una sustancia amarga.
El morderse las uñas suele ser una reacción nerviosa a la angustia o a presiones desde fuera. Muchos niños empiezan con ello al entrar en la escuela o cuando asisten a un jardín de infancia con normas demasiado rígidas. También las prohibiciones y las amonestaciones de «estáte quieto», pueden llevar al niño a roerse las uñas, ya que no le permiten expresar su vitalidad por otros cauces.
En cualquier caso, conviene dejarle más libertad y brindarle la oportunidad de desfogarse al aire libre.
Otra cosa que podemos hacer para sosegar a un niño inquieto es jugar de vez en cuando a «escuchar el silencio». Elisabeth Plattner describe una escena con sus hijos: «En la casa de al lado hay un enfermo grave: es sábado y todos los niños del vecindario andan alborotando en la calle, entre ellos los míos. Les llamo y les digo que se sienten todos en círculo. Me miran intrigados, a ver qué nuevo juego es ése. Les digo susurrando: “Vamos a ver qué es lo más silencioso que podemos oír. Cuando levante la mano todo el mundo se tiene que callar y escuchar, cuando la baje me vais a decir qué habéis oído, pero en voz muy baja”. Primero hay carraspeos, uno se rasca, otro tose. “Hasta ahora sólo habéis oído los sonidos que vosotros mismos habéis producido. Pero si estáis muy quietos, podréis oír muchos más”. Entonces los niños escuchan los quedos sonidos del silencio: el viento en los árboles, el lejano ruido de la carretera, una avispa que pasa… El silencio nunca es total, los niños descubren cada vez más sonidos que antes nunca habían oído. Después de media hora, les cuento que el vecino está enfermo y que vamos a jugar a algo muy silencioso. Les doy papel y lápices de colores y todos se ponen a pintar. El nuevo juego de «escuchar el silencio» y la sensación de paz y tranquilidad había producido un sosiego en los niños que les facilitaba cumplir con mi deseo de que dejasen de alborotar».
En esta historia se trata de una situación especial, además de que esta madre poseía unas dotes pedagógicas —y un espíritu de solidaridad— extraordinarios (si hemos de ser sinceros, ¿cuántas de nosotras hubiéramos hecho lo mismo por un vecino enfermo?).
Pero también en situaciones normales se puede «jugar al silencio», quizá no en plena ciudad, pero sí los domingos, cuando vamos al campo o al bosque. Los niños hacen ruido porque no saben escuchar. Si les enseñamos a escuchar la naturaleza —los ríos, los árboles, los pájaros y los insectos— dejarán tras sí la inquietud y volverán a casa más sosegados.
Sin embargo, tener hermanos no es garantía de que esos lazos de amor y proximidad emocional se instalen. La hermandad en su sentido profundo podrá desarrollarse siempre y cuando los padres sean capaces de atender las necesidades de unos y otros sin etiquetarlos, sin encerrar a cada hijo en un personaje determinado, sin considerar que uno es bueno y otro malo, uno inteligente y otro tonto, uno veloz y el otro lento. Esas afirmaciones aparentemente inocentes que los adultos perpetuamos durante la crianza de los niños, las utilizamos sin darnos cuenta para asegurarnos un rol estático para cada uno. No obstante, no conviene en absoluto. Cuando un niño comprende que según sus padres es inteligente, o responsable o distraído o agresivo o terrible, intentará asumir ese papel a la perfección. Es decir, será el más terrible de todos o el más valiente de todos. Cada hermano tendrá asignado entonces un “personaje” para representar, alejándolo de ese modo de su propio ser esencial y distanciándolo también del ser esencial de cada uno de sus hermanos. Por eso, es a los padres a quienes nos corresponde estar atentos y observarlos limpiamente, en lugar de interpretar cómo creemos que son cada uno de ellos según nuestra propia perspectiva.









