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Niños con temores infundados

Está claro que estos niños rehuyen el contacto físico por miedo a salir mal parados. A veces, sin quererlo, provocan altercados y malentendidos, y en vez de defenderse, prefieren batirse en retirada.

Y los padres sufren casi tanto como sus hijos. Repentinamente los invade el temor de que el pequeño nunca aprenda a defenderse y, sobre todo, de que el día de mañana se convierta en un adulto que no pueda hacerse valer, incapaz de decir “esta boca es mía”.
Sin embargo, no hay motivos para alarmarse. A esta edad, los chicos se enojan con facilidad y, a menudo, resuelven sus conflictos de la única forma que saben: pegándose.

Pero como no todos los niños son iguales, no todos, como es lógico, sienten afición por las peleas. Mientras la mayoría disfruta midiendo sus fuerzas, a algunos les da miedo participar en estas contiendas y, sencillamente, evitan, por todos los medios a su alcance, el encontronazo físico. Lo cual no determina, en absoluto, su futuro como personas capaces de hacerse oír y respetar por los demás.

Tiene que aprender a defenderse

No es nada fácil compor-tarse de modo pacífico. Ser tolérame, paciente, algo miedoso o, simplemente, un “buenazo”, supone convertirse, muchas veces, en el blanco perfecto de los pequeños camorristas que se dan cita en la plaza o en el recreo, siempre dispuestos a molestar al más indefenso.
Es como si llevaran colgado de la espalda un cartelito que dijera “soy débil e inofensivo”. Se trata, en su mayoría, de niños tranquilos y bonachones, con pinta de “mosquita muerta”, que además de estar expuestos a las burlas, amenazas y agresiones de sus compañeros, han de soportar los reproches de sus papas: “¿Por qué no te defiendes? ¿Por qué dejas que se metan contigo?”.

Es una situación dolorosa. También para los padres. A nadie le gusta ver cómo su hijo es intimidado por un chico mucho más pequeño que él. o cómo se deja arrebatar los juguetes sin oponer resistencia, o cómo corre lloroso a nuestro lado en busca de prolección cada vez que las cosas se ponen feas.
“Mi hijo Darío no quiere ni oír hablar de peleas”, cuenta Raúl, padre de un chico de cinco años. “No sé cómo lo hace, pero no puedo dejarlo solo ni un momento. En cuanto lo pierdo de vista, sin comerla ni bebería, se ve envuelto en líos de los que no sabe salir airoso. Al final, siempre tengo que ayudarlo”.

Los bebés despiertos

Son bebés “incómodos”, sobre todo para los padres, que habían pensado que un recién nacido duerme la mayor parte del día, despertándose sólo para comer. Ningún niño se duerme sólo porque sus padres lo deseen. Por ello, la única forma de poder tener una vida medianamente normal consiste en llevar la cuna allá donde se encuentren los padres. Por lo general, será intranquilo y vivaracho también cuando sea mayor… O tal vez no. Pero, en cualquier caso, los padres deben estar preparados para aceptar que su hijo tiene una personalidad única.

Bebés volubles

Las características que pueda mostrar un bebé durante sus primeros meses no constituyen un destino fatal. La futura manera de ser del niño depende también de las reacciones de sus padres, especialmente de la madre. Un bebé somnoliento puede convertirse en un niño flemático, nervioso o tranquilo, según los estímulos que reciba -escasos, exagerados o justos-. Por ello es tan importante aprender a conocer realmente a cada hijo y comprender lo que necesita, sin olvidar que un niño no es una máquina que, programándola adecuadamente, siempre da los resultados deseados. Las interacciones entre niño, padres, genética y medio ambiente son tan múltiples que siempre será verdad aquello de “cada persona es un mundo.”

El fiel de la balanza

Para Marcela, adulta y profesional, ser la del medio es eso: estar en el medio de todo. Los otros se encuentran siempre más cerca del padre y de la madre; el del medio se queda ahí, en la mitad. Sin llegada directa a quien debe guiarlos y acompañarlos. Considera que los que ocupan este lugar siempre se destacan y que, generalmente, son muy estudiosos.
Para ella, existen alianzas entre el mayor y el menor por la protección que el primero le brinda al otro y por la admiración del más chico por su hermano más grande que, a veces, funciona como sustituto de los padres.
También cree que el del medio es propenso a buscar salidas opuestas a las de los demás miembros de la familia. Si se trata de un grupo expansivo e inclinado hacia afuera, posiblemente él se dedique más a su interior o a lo reflexivo y viceversa.
El hijo mayor y el menor tienen una posición cuantifi-cable y concreta: son lo más grande o lo más chico. El del medio suele sentirse la mitad de lo que es el mayor para sus padres y el doble de lo que es el menor. Su posición es inamovible y se comporta como el fiel de la balanza, el que establece el equilibrio para que los platillos (representados por los otros dos) puedan subir o bajar, tener más o menos presencia según los acontecimientos de la vida. El fiel es el que está siempre presente.

Un par del mayor, protector del menor

Leandro, también hijo del medio, considera su posición como más beneficiosa que la de su hermano mayor. Supone que, en general, los padres se equivocan con el primero y corrigen con el segundo. Así es aún más favorable la condición de hijo menor.
No le molestó dejar de ser el más chico con la llegada del tercero y se siente un “par” del mayor, con el que tiene dos años de diferencia, y “protector” del menor, con quien lo separan seis años. No se considera prejuicioso ni “enredado”, cree sacar conclusiones objetivas desde el lugar que le tocó. Sus dos hermanos no compartieron el colegio, él sí lo hizo con los dos y participó activamente en la adaptación del menor.
Todos los hombres de su familia juegan al fútbol pero él es el único que lo hizo pro-fesionalmente. No sabe si se esperaba esto de él, sólo reconoce que ese deporte siempre fue su pasión más fuerte. Su papá lo acompañó en todo y su mamá siempre lo escuchó. Por otra parte, él eligió la misma profesión del padre con quien comparte un estudio jurídico. No se siente condicionado por nadie y se reconoce como el más extrovertido de los tres y diferente físicamente de sus hermanos.

La “oveja negra”

Fue la más chica durante cinco años hasta que un gran moño en la ventana le indicó la llegada de “su hermanita”. Desde entonces quiso tenerla cerca y esto continúa hasta el presente en el que las tres ya son adultas. La relación con su hermana mayor quedó cristalizada de la misma manera. Se sentía abandonada por ella porque no le permitía compartir ni una salida al cine, a la playa o en el auto, y por sus padres, vividos como ausentes.
La hermana mayor la consideraba alcahueta y ella hoy lo acepta, ya que su venganza era contar con bronca lo que oía hablar por teléfono para arruinar así aquello que envidiaba. Le cuesta discriminar si es independiente por que quiere o a causa del abandono de los demás. Recuerda a su hermana con novio y amigos y a su mamá ocupada en sus cosas e interesada sólo en su papá.
Sus iniciativas no eran tenidas en cuenta: a los 12 años no la iban a buscar de noche a su clase de judo ni la acompañaban para conocer a su profesor de inglés. Sus padres salían solos y no tenían en cuenta el gusto de sus hijas. Su hermanita pequeña pasó a ser el vínculo afectivo más fuerte. Jugaban juntas y, tanto cuando salían como cuando estaban en casa, ella era la encargada de cuidarla.
Aun en la actualidad, es vista como la oveja negra de. la familia y a nadie le gusta lo que dice o hace. Eligió la carrera de su padre -que su hermana mayor había abandonado- como un intento de complacerlo pero quizá su fluctuación entre sometimiento y rebeldía hace que no pueda ejercerla. Sus reclamos siempre tuvieron como respuesta un gran silencio o una acusación de locura.

Más sensible que sus hermanos

Cecilia se siente diferente del resto de la familia. Sus comentarios y reclamos siempre fueron vistos como “locos”. En sus explosiones denunciaba situaciones que los demás intentaban negar para mantener un equilibrio conveniente para todos, menos para ella.
Sentía que su hermana mayor la evitaba y hoy mantiene muy vivo el recuerdo de un día en el que fue a buscarla a determinado lugar, le negaron su presencia y ella la vio escapándose sigilosamente por una escalera.
Se define como más sensible que sus hermanos. Ante la muerte de su bisabuela, por ejemplo, se sintió muy conmovida y nunca entendió la actitud diferente de su hermana más grande quien, rápidamente, pintó y arregló la habitación que había quedado desocupada, para mudarse y estar sola.
Cuando la más grande se iba al colegio, Cecilia armaba una especie de show en el que “hacía como” que ella también iba. Se escapó varias veces escondida en el asiento trasero del auto de su padre o en la casa de la compañera. Necesitaba que la buscaran; era capaz de resistir y revelarse.

Adaptacion a la guarderia

Adaptacion a la guarderia: Claudia descubrió que su hija Azul toleraba mejor la guardería si, al principio, la dejaba allí sólo por las mañanas: el simple hecho de volver a comer con su abuela hizo que desaparecieran sus caprichos con la comida y, además, permitió llevarla a jornada completa dos meses más tarde. Julia, en cambio, descubrió que su hijo se portaba de un modo más maduro (accedía de mejor gana a quedarse en la escuela) si era papá quien lo llevaba. Marta, en fin, se dio cuenta de que el simple hecho de invitar un día a merendar a la maestra de su hija hizo que ella dejase de rechazar la guardería, ya que así la nena pudo establecer con la educadora la familiaridad que necesitaba.

Castigos para niños y el papel de los padres

Castigos para niños: desde luego, el castigo no es el mejor camino para solucionar el problema, sea cual sea. Ante una conducta inadecuada y repetida, es necesario aunar esfuerzos y extremar la comunicación entre padres y maestros, en vez de buscar una resistencia protectora. Habitualmente, el chico que no atiende a las normas de su maestra suele tener un problema semejante en casa: el que se pelea con otros chicos en la escuela, a menudo se enfrentará también a sus hermanos. Hay mucho en común, entonces, a la hora de buscar soluciones a las posibles malas conductas de los niños. Y la charla constante y fluida entre padres y maestras debe ser el mejor método de educación.