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Ellos prefieren el dedo

Sin embargo, otros niños continúan durante años llevándose algo a la boca cuando están tristes o se sienten intranquilos. Por la noche suelen dormirse succionando algo. Y lo que empezó siendo una necesidad acaba convirtiéndose en una costumbre muy difícil de erradicar.
Costumbre ésta en la que el chupete es lo de menos. Porque la cuestión es chupar. Y cada uno se las arregla a su manera. Algunos se conforman con un trapito, una toalla o un simple trozo de tela. Pero para la mayoría lo más sabroso es, sin duda, el pulgar.

Un curioso estudio realizado por la clínica dental universitaria de Wittcn/Herdecke (Alemania) puso de manifiesto esta preferencia: de los 2.500 niños de jardines de infantes analizados, sólo un 5 por ciento usaba chupete, frente a un 40 por ciento que se chupaba el dedo. Entre los chicos de seis años sólo el 0,3 por ciento prefería el chupete, mientras que los aficionados al pulgar seguían alcanzando un altísimo porcentaje. Nada menos que un 38 por ciento.

Las explicaciones de esta predilección son varias. En primer lugar, porque cuesta mucho más quitarles ese hábito. Por razones obvias: el chupete puede desaparecer, no así el pulgar. Además, a los niños les es posible meterse cl dedo en la boca de una forma discreta, casi a escondidas; por ejemplo, colocándose la mano delante para disimular. Y esta costumbre no provoca burlas en el colegio.

Tan grande y con chupete

Chupar es una necesidad innata que los niños practican incluso antes de nacer. En el vientre materno descubren una sensación muy agradable al meterse el pulgar en la boca. Y, algo más tarde, es precisamente el instinto de chupar lo que les asegura la supervivencia. Además de calmar el apetito, la succión satisface también su necesidad de consuelo, porque al amamantar notan la cercanía y el calor de la madre, se sienten seguros y protegidos.

Sin embargo, esta costumbre no termina con la época de lactancia. Al principio, los labios y la lengua ayudan al bebé a descubrir las cosas que están a su alcance, sabores y texturas hasta entonces desconocidos. Después, durante el segundo año de vida, remite esa urgencia por chuparlo todo y prefiere utilizar las manos para analizar los objetos. Además. los niños aprenden enseguida que hay otras formas de procurarse consuelo y tranquilidad. Por ejemplo, abrazándose a mamá cuando están asustados. Esta es la razón por la que muchos niños abandonan en forma voluntaria su afición a chupar.

La escarlatina no ha desaparecido

La escarlatina produce una súbita elevación de la Fiebre, dolor de garganta, malestar general y una erupción rojo brillante en toda la cara y cuerpo, menos alrededor de la boca.
Se combate muy bien con penicilina, que debe tomarse durante diez días seguidos, aunque la fiebre y el característico color escarlata ya hayan desaparecido. Si se interrumpe la medicación, el niño puede sufrir graves complicaciones. El pequeño enfermo necesita aproximadamente dos semanas para reponerse. Después de este tiempo podrá incorporarse otra vez a sus clases.

Cómo ayudarlos en su esfuerzo

Si nuestro hijo no cumple este programa, debemos consultar con el pediatra cuanto antes. El nos dirá si el desarrollo del pequeño es correcto o si es necesario estimularlo en algunas áreas.
Un niño que crece sano, en un ambiente lleno de afecto y con abundancia de experiencias, no necesitará nada más para ser feliz. Pero si el médico lo considera oportuno, existen juegos y ejercicios para fomentar sus habilidades menos desarrolladas.
Hay muchas cosas que los padres podemos hacer para ayudar a nuestros pequeños, de manera muy sencilla, y siempre sin sobrecargarlos:
• Para que tomen conciencia de su cuerpo, es bueno frotarlos con una toalla más bien áspera, con un trocito de felpa, una esponja o un cepillo y, al mismo tiempo, ir nombrando y describiendo las partes correspondientes del cuerpo.
• Resulta muy útil también todo tipo de movimientos que impliquen flexiones y estiramientos, especialmente los masajes.
• Los niños pequeños necesitan moverse mucho. Les vendrán bien los aparatos grandes, como toboganes, hamacas, sube y baja, triciclos, carritos, estructuras para trepar, tubos y barriles de gran diámetro para reptar.
• La mayoría de los juegos en grupo al aire libre sirven para estimular y desarrollar su percepción del tiempo y los ayudan a controlar el cuerpo y mantener el ritmo.
• Jugar con ellos a practicar ejercicios muy específicos, como por ejemplo tratar de meter una pelota en un cubo (sin enojarse y sólo si ellos lo desean).
• Para desarrollar la habilidad manual hay un sinfín de posibilidades: hacer construcciones, dibujar en grandes superficies, modelar con barro o plastilina, pintar con pintura de dedos, etc. Muy útil para entrenar las manos resulta también recortar figuras o enhebrar bolitas de madera, perlas, etc.
• Los niños ya más grandes deberían practicar algún o algunos deportes.
Por supuesto, no habrá que olvidar felicitarlos efusivamente cada vez que consigan superar una nueva meta. Su mejor estímulo es nuestro cariño.

Primeros pasos, primeras caídas

A más tardar, entre los meses 15 y 16, los bebés aprenderán a mantenerse de pie. y luego a caminar. Un niño de 15 meses ya sabe beber de una taza. Con 16 meses, es capaz de agacharse y volver a erguirse, aunque se lleve algún que otro porrazo. Ahora ya no se siente tan apegado a su mamá, quiere avanzar e investigar por sí solo. Se defiende con el idioma; seguro que sabe decir lo esencial. Al año y medio consigue colocar dos taquitos de madera de su juego de construcciones, uno encima de otro, y algo realmente difícil: dar unos pasitos hacia atrás sin ayuda. Con 20 meses imita lo que ve hacer en la casa; además le encanta pintarrajear en cualquier parte -nada está a salvo de su arte- y es capaz de dar una patada a una pelota sin tener que sujetarse. Con 21 meses una nueva habilidad se suma a las demás: el niño ha aprendido a quitarse los zapatos y las medias, aunque todavía no sabe ponérselos. Además es capaz de bajar las escaleras sin ayuda. Al final del segundo año de su vida consigue hacer una torre con, por lo menos, cuatro taquitos de su juego de construcciones.

El año más intenso de la vida

Parece desvalido e inútil, pero poco tiempo después de nacer el bebé ya es capaz de girar la cabeza hacia ambos lados; normalmente hacia la ventana, esto es, en dirección a la luz. Hacia el final del primer mes. estando acostado boca abajo, podrá levantar ya la cabeza y mantenerla erguida unos tres segundos. Probablemente, a los dos meses nos regale su primera sonrisa. A los tres llegará a controlar su cuerpo bastan-té bien: si está de costado, podrá dejarse caer de espaldas: si se lo pone boca abajo, levantará con fuerza la cabeza y, al al/arlo, sabrá mantenerla erguida. Con cuatro meses y medio alargará la mano para tomar algo; probablemente pueda ya agarrar el sonajero, si se lo ponemos a su alcance, y llevárselo a la boca.

A los cinco meses hará un gran descubrimiento: sus pies, un juguete muy divenido. Sobre los seis o siete meses empezará a sentarse, y se mantendrá erguido un momcntito… luego, seguro, se desnivelará. Con nueve meses conseguirá pasar un objeto de una mano a la otra. Y un mes más tarde ya habrá aprendido a sostener algo con el pulgar estirado y el dedo índice, agarrándolo como si fueran unas tenazas. Con doce meses sabe agarrar las cosas con el pulgar y el índice, pero con un avance importante: puede curvar los dedos. Quizá aún no consiga caminar; no importa, no hay por qué tener apuro, pero ya tiene que mantenerse en pie agarrado a un mueble.

Aprendiendo a ser mayor

Hasta que ese desvalido bebé, inca-paz siquiera de ponerse su chupete, se convierta en un niño independiente, van a pasar muchos años. Sin prisa pero sin pausa, irá alcanzando nuevas metas.
Cada niño crece a su manera. Unos llaman la atención por lo mucho que les cuesta mantener el equilibrio, mientras que otros, a la misma edad, son expeitos en baile moderno. Que nuestro bebé se destaque en uno u otro terreno no significa nada. Ni tampoco el que esté retrasado con respecto a los demás… Pero claro, dentro de una lógica.
Los padres tenemos la obligación de controlar que su evolución sea la correcta, no comparando a nuestro hijo con el del vecino, sino sabiendo qué podemos esperar de él o en qué aspectos debemos darle todavía un margen de tiempo.

Chuparse el pulgar el riesgo es mayor

Para los odontólogos, el uso del chupete es sólo un mal menor, comparado con la costumbre de chuparse el pulgar. En primer lugar, porque el dedo es mucho más duro que una tetina, de manera que la presión ejercida sobre el paladar y los dientes suele ser mucho mayor (si bien todo depende de cómo y cuánto chupetee el chico). Además, este hábito es más difícil de modificar y suele prolongarse durante más tiempo. Y esto por razones obvias: mientras que el chupete desaparece tarde o temprano, el dedo acompaña al pequeño de por vida y está siempre “a mano”.

Dentadura del niño y el odontólogo

Dentadura del niño: en cualquier caso, es importante que los mayores de dos años que aún sigan chupeteando acudan al odontólogo para que éste examine su dentadura y determine si su evolución es la correcta. Así es posible detectar a tiempo cualquier defecto incipiente. En estas visitas de control, el especialista suele dar a los padres normas de carácter preventivo, así como consejos para deshabituarlo.

Chuparse el dedo y sus consecuencias

Chuparse el dedo: para evitarlo, se recomienda que los chicos dejen de chupar cuanto antes, de ser posible entre los 18 meses y los dos años, antes de que se complete la primera dentición y, por lo tanto, cuando aumenta el riesgo de que se deformen los dientes. No obstante, si todavía continúan con esa costumbre algún tiempo, no hay que alarmarse. En caso de producirse alguna anomalía, suele corregirse en forma espontánea, siempre que abandonen el hábito antes de los tres años. Por el contrario, si éste persiste, pueden necesitar tratamiento de ortodoncia.