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El chupete calma al bebe

El uso del chupete es siempre muy cuestionado. Para algunos es una forma sana de calmar al bebe. Para otros puede perjudicar la lactancia y crear hábitos. Saber hasta cuándo usar el chupete y en qué circunstancias recurrir a ellos, parece ser la cuestión de este dilema.

El primer encuentro entre madre e hijo

Madre e hijo: todas las madres realizan el mismo rito en los primeros contactos con su hijo recién nacido. Cuando están solas con el bebé aún desnudito, tocan sus dedos, le dan un suave masaje en el tronco a base de palmaditas acompasadas y después centran toda la atención en sus ojos. Miradas de amor. El 70 por ciento de las primeras frases que la nueva madre dedica a su bebé (una vez que ha sido vestido y ocupa un lugar en la cama junto a ella) están relacionadas con el órgano de la visión y son similares a éstas: “Déjame ver tus ojitos”, “Mírame”… Muy atento. La madre sitúa sus ojos en el mismo plano vertical que los del bebé, y él, que tiene un excelente control de la motilidad ocular, la sigue también con su mirada. En la primera hora u hora y media de vida, si la mujer no ha sido anestesiada durante el parto, él estará alerta y responderá a los mensajes que recibe. Los padres no deben desperdiciar la oportunidad que ofrece este momento para establecer las primeras relaciones con su hijo recién nacido.

Respetar la intimidad de los padres

Y tenemos que ser nosotros, sus padres, quienes empecemos a “predicar con el ejemplo”. Pedirles permiso cada vez que tomemos algo que les pertenece. Llamara la puerta de su dormitorio antes de entrar. No revisar sus cuadernos ni carpetas sin que ellos nos den su aprobación. No hurgar en sus cajones ni leer sus notitas. No irrumpir en el cuarto de baño cuando se están duchando. Y si alguna vez los vemos buscando algo en nuestra cartera, en el maletín de su papá, en el placar o en las mesitas de luz del dormitorio matrimonial, no se trata de armarles un escándalo. Simplemente hay que hacerles notar que han hecho algo incorrecto: se han entrometido en nuestra intimidad.

Resolucion de conflictos en niños

Cuando el niño presenta una conducta extraña e indesea-da solemos pensar que es el chico el que debe cambiar. Nuestro hijo es terriblemente desordenado, su cuarto está siempre hecho un caos. Así que tenemos que enseñarle a ser más ordenado; ha de cambiar esta conducta indesea-da por otra deseada. Pero, ¿qué tal si pensáramos alguna vez que lo que tiene que cambiar no es el niño sino nosotros o el ambiente que le rodea? Puede ser que la madre sea excesivamente pulcra, entendiendo por orden una esterilidad de sanatorio. O que el niño tenga tantos juguetes que es superior a sus fuerzas tenerlos siempre bien ordenados. En el primer caso tendría que cambiar la madre, en el segundo, el medio ambiente.
Cambiar el ambiente para conseguir una “convivencia pobre en conflictos resulta relativamente fácil. Sólo hay que reflexionar un poco y pensar qué necesita nuestro hijo en cada momento. A veces hace falta enriquecer el ambiente, otras, simplificarlo; a veces el niño necesita más estímulos, en otras ocasiones, menos. En el caso del niño desordenado, la solución sería guardar la mitad de los juguetes. Naturalmente no a hurtadillas; los juguetes son suyos y nadie tiene el derecho de «robárselos». No, el chico mismo puede escoger aquellos que de momento le interesen menos y meterlos en una maleta. Cuando despues de medio año vuelven a aparecer (para guardar la otra mitad) vivirá un día maravilloso, como si fuera cumpleaños. Reyes y Navidad, todo a la vez.
En otros casos, habría que obrar al revés. Quizá el niño «da la lata» porque se aburre. Necesita juguetes creativos (y un lugar donde dedicarse a ellos): pinturas, plastilina, revistas para recortar, una casa de muñecas o un teatro de títeres… Y también amigos para compartir todas estas actividades.

Saber escuchar a un niño

En el fondo, saber escuchar a un niño no es más que ponerse en su pellejo. Si nosotros estamos enfadados con alguien tampoco queremos que nos digan cosas como que es mejor vivir en paz con la gente, que podíamos haber reaccionado de otra manera, o que vayamos a disculparnos. Todo ello ya se nos ocurrirá más tarde; de momento sólo queremos desahogarnos. Un amigo que en este momento nos viniera moralizando, pronto dejaría de serlo. Pues igual le pasa a un niño. Sólo que un niño no habla tan claro como un adulto. Sus mensajes son, a veces, extrañamente cifrados, como si quisiera tantear antes el terreno de si puede confiar en nosotros. Muchas buenas ocasiones de mostrar a nuestro hijo nuestro amor y comprensión se nos escapan porque somos demasiado rápidos en nuestras interpretaciones. A la larga se pueden formar así conflictos que, una vez consolidados, son muy difíciles de resolver. Como el famoso «conflicto generacional», tan extendido que casi parece una cosa natural, surgiendo tan inevitablemente como los granos en los jóvenes y las primeras canas en sus padres.

Educar nuestros hijos

Gordon repite el diálogo entre Juan y su madre, mostrando cómo ella podría haber ayudado a su hijo a encontrar una solución a su problema:
«Juan: Tomás no quiere jugar conmigo. Siempre quiere hacer otra cosa que yo.
Madre: Parece que estás enfadado con Tomás (captar el mensaje).
Juan: Sí, mucho. No voy a jugar más con él. Ya no es mi amigo.
Madre: Te ha fastidiado tanto que nunca más quieres jugar con él (estar a la espectativa). Juan: Sí, eso (pausa). Pero si Tomás no es mi amigo, ¿con quién voy a jugar?
Madre: No te gustaría estar sin amigos (dar pie para una solución).
Juan: No. claro. Si no fuera tan tonto haría las paces con él.
Madre: Te gustaría hacer las paces con Tomás, pero estás demasiado enfadado con él (dar pie). Juan: Es que antes no era así. Antes hacía siempre lo que yo decía. Creo que él también quiere mandar alguna vez.
Madre: Ahora él también quiere mandar (estar a la especia tiva).
Juan: Sí, porque ya no es tan pequeño. Ahora los dos tenemos ideas.
Madre: Y eso te parece más interesante (dar pie). Juan: Sí, creo que es más interesante. Pero también me gusta mandar. A lo mejor le dejo mandar a él alguna vez. Madre: Piensas que mandando alguna vez tú y otra vez él, os vais a llevar mejor (confirmar su idea). Juan: Sí, quizá. Voy a probarlo».
En el primer caso, el niño tenía la impresión de que su madre estaba en contra de él. Le regañaba y le decía cómo debía de comportarse. En el segundo caso, no le quitaba el derecho de estar enfadado. Respetaba sus sentimientos y le transmitía la impresión de que le comprendía. La solución del problema no vino de ella sino del niño.
Cuando por primera vez leí de esta «técnica», me parecía convincente en la teoría, pero muy poco natural en la práctica. No me veía hablando con un niño repitiendo prácticamente sus mismas palabras. Hasta me parecía un poco ridículo y pensaba que quitaría espontaneidad al diálogo. Pero una vez puesto en práctica se convierte rápidamente en costumbre. Hay que olvidar que es una «técnica» (por cierto, parecida a la que emplea un psicote-rapeuta para «escuchar» a sus pacientes) y pensar sólo en el niño y en el mensaje que nos quiere transmitir.

El niño rechaza a su papa

Rechaza a su papá.
Pregunta: Desde hace un tiempo, mi hija, de dos años, no quiere hacer nada con su papá. No tole ra que la bañe ni que la acueste y tampoco quiere jugar con él. En cambio a mí me reclama constantemente. ¿Por qué?

Respuesta:
Muchos chicos pasan por épocas en las que manifiestan descarada predilección por uno ele sus padres. La mamá suele ser la favorita, ya que con frecuencia tiene un trato más directo y frecuente con los hijos. Algunos padres lo aceptan con naturalidad, pero otros se sienten frustrados y rechazados. Es mejor que el papá acepte y respete la preferencia de la nena por su mamá y no trate de bañarla, acostarla, etc. en contra de su voluntad. Para estrechar lazos con la pequeña, puede interesarse por las cosas que le gustan y tratar de “seducirla” con actividades divertidas. Es conveniente que se ofrezca para jugar, aprovechando los ratos en que la nena está de mejor humor.
El rechazo suele ser pasajero y sin importancia. No hay que enojarse ni ofenderse por eso. La mamá puede y debe ayudar a reconducir el cariño de la hija hacia el padre, fomentando una imagen positiva de él delante de la nena y animándola a quererlo.