¿Y si ya hubiera ocurrido algo?

La prevención es vital, pero una protección absoluta contra los abusos sexuales no existe. Frente a un adulto o un adolescente, el menor se encuentra siempre en inferioridad de condiciones. Por ello debe quedar muy claro que la niña o el niño nunca tienen la culpa de nada.
Dado que los agresores sexuales obligan a sus víctimas a guardar silencio, es sumamente importante que nuestros hijos sepan distinguir entre buenos y malos secretos. Un buen secreto sería, por ejemplo, un regalo primorosamente envuelto que se guarda para el cumpleaños del abuelo. Tiene suspenso, da alegría y, tarde o temprano, se revela su contenido. Los malos secretos pesan como una losa, dan miedo y producen vergüenza. Sólo contárselo a alguien procura alivio. El pequeño o la pequeña deben saber que esto no significa traicionar, y que tampoco va a tener las terribles consecuencias anunciadas.
En la mayoría de los casos, la persona de más confianza será la madre, aunque algunos menores pueden preferir hablar con un profesor o con una profesora.

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