Debemos enseñarles a saber esperar

Tampoco pasará nada si les respondemos que dentro de un ratito les contestaremos.
Es esencial que los padres guarden coherencia entre sus respuestas y sus actuaciones.
-Papá, ¿por qué no le puedo pegar a Julián?
-Porque es tu hermanito y tenes que quererlo, no pegarle.
-¿Y por qué tú le diste un chirlo el otro día?
-Bueno, era en broma…

Ni que decir tiene que cualquier forma de agresión está totalmente desaconsejada en la educación, pero este ejemplo sirve muy bien para ilustrar la incoherencia que puede haber, a veces, entre nuestras palabras y nuestras acciones. Nuestro ejemplo es el mensaje que de verdad les llega, por muchas charlas que les demos.
El mecanismo de preguntas y respuestas es notoriamente enriquecedor para los chicos. A través de él, descubren que existen diferencias de entonación. También nutren su lenguaje y amplían su vocabulario con las respuestas y explicaciones que reciben de los adultos. Y por encima de todo, ¡se divierten!

Disfrutan muchísimo en cuanto descubren que después de sus preguntas viene enseguida una respuesta. Tienen la misma sensación que cuando pulsaban el botón rojo de su granja de juguete y salía una vaca o tocaban el verde y salía la gallina. Es uno de los juegos más divertidos. ¿Y contestar para los padres? También, aunque a veces terminemos exhaustos, aprenden y al final saber esperar. Pero ésa es otra canción: la de ser padres día a día y tratar de hacerlo lo mejor posible manteniendo una actitud pedagógica.

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