Los pedagogos no se cansan de repetir que los padres deben jugar con sus hijos tan frecuentemente como puedan. Ahora bien, eso no significa que deban dedicarles todo su tiempo. Hay veces en que uno está ocupado, cansado, distraído…. y no hay que culpabilizarse por eso. El problema radica en que es relativamente fácil decir no si uno está alterado; en cambio, cuesta mucho negarse cuando hay tiempo para jugar, pero no ganas. Y tampoco se puede esperar que ellos lo acepten con agrado. ¿Alguien puede imaginar a su hijito diciendo algo así: “Mamá, te noto cansada, deberías acostarte un rato en la cama?”. No pasa nada si alguna vez tienes que contrariar a tu hijo. Pero es importante hacerlo sin que se sienta mal por haber preguntado.
No es lo mismo despacharlo con un malhumorado “¡No puedo!”, que decir: “Se que quieres jugar conmigo, pero ahora tengo que preparar la cena” (o “ahora me gustaría leer el diario”). Si le hablas con naturalidad, sin dar explicaciones exageradas ni pedir perdón, el mensaje que recibe es que todo el mundo necesita tiempo para sí mismo. Además, si habitualmente juegas con él, no le importará tanto que alguna vez le des un no por respuesta. (No olvides que ese rato de juego debe ser de dedicación exclusiva: nada de telefonear a una amiga ni mirarla tele).Y si tu hijo se empecina en jugar siempre a lo mismo, justo a eso que tanto te cansa, deberás proponerle otras actividades que puedan ser atractivas para ambos.
