Los niños y los juegos

Los niños que no están sobrecargados de juguetes y a los que se les ha dejado en paz para desarrollar su fantasía, son capaces de jugar horas enteras (más o menos a partir de los tres años). El juego es algo tan necesario para ellos que siempre encuentran un rato y un lugar para dedicarse a él, incluso si los padres como antes ocurría a veces no son partidarios de que jueguen demasiado y prefieren que se dediquen a algo más provechoso. Debe ser un mecanismo de protección contra una vida prematuramente adulta, que se impone contra viento y marea.
Para los niños que saben jugar solos (porque una educación equivocada no les ha forzado al hastío y aburrimiento), los ratos en que los padres jueguen con ellos se convierten en horas inolvidables. Siempre recordaré las tardes de invierno en que mi madre jugaba con nosotros al parchís y a un juego inventado por ella que se llamaba «snip-snap», igual que los cumpleaños infantiles en que mi padre y mi tío jugaban con toda la chiquillería a las «tinieblas», una especie de escondite a oscuras en que ocurrían las sorpresas más inesperadas. Los padres que tienen recuerdos parecidos sabrán transmitir a sus hijos la alegría y familiaridad que sintieron entonces. A los que no tuvieron la suerte de vivir una infancia tan feliz les costará un poco más de trabajo, pero si lo prueban, verán que disfrutarán tanto como los pequeños.

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